Elena Laguía me recuerda a mí y a otras como yo de aquellos tiempos en los que podíamos enfrentarnos muy pronto a la vida laboral. Recién salidas del horno. Sin másteres, haciendo oficio con la propia experiencia. Me reconozco en esa mezcla de candor y aplomo y quisiera decirle que lo que está viviendo ahora será la base de toda su vida profesional. Ella lo intuye. Cuando Elena estudiaba psicología en Teruel jamás se le pasó por la cabeza especializarse en los vaivenes emocionales de la vejez. A los ancianos se les nutre de pastillas, ya se sabe, la tensión, el colesterol, el sueño, el dolor, pero parece que a cierta edad uno está amortizado y no hay terapia que pueda quebrar la materia rocosa del carácter que se ha forjado durante toda una vida. Pero la Fundación Colisée, que activa proyectos de acción rural contra la soledad no deseada, confió en ella y le encomendó amparar a una serie de ancianos y ancianas que viven solos, en la mayoría de los casos porque los hijos emigraron a la ciudad y no vienen a verlos tanto como ellos esperan. Recuerdo que el eminente psiquiatra Luis Salvador-Carulla me contó hace tiempo las ventajas que tenían las visitas a domicilio en la evaluación de los pacientes y a mí me pareció una utopía. Pero estamos en la España despoblada, en la comarca del Rincón de Ademuz (Comunidad Valenciana), y esta joven con la que estos días visito a Carmen, a Presen o a Braulio, es como un ángel protector que les ha caído del cielo a estos abuelos, que en un principio se sorprendieron de ser elegidos como “beneficiarios”, y ahora la reciben como si fuera una nieta. Elena se mueve con pericia en su cochecillo por estos pueblos que a menudo no superan los 50 habitantes, vestida con un chaleco que le da un aire de operaria de ambulancias, y llama a la puerta de hombres y mujeres que se caracterizan por haber tenido vidas duras, en el campo, en la limpieza de casas en Valencia o Barcelona, que han parido y criado hijos al tiempo que atendían a los animales, que comenzaron a trabajar de los 10 a los 15 años. Se mueven como en vaivenes, con andadores que desafían las cuestas de estos pueblos a menudo empinados, pero su vejez es heroica: no se rinden. Elena se sienta en sus cocinas y deja que los recuerdos que cuelgan de las paredes inspiren la charla, no es extraño que alguna vez comparta el almuerzo y menos aún que salga de la casa con unos mantecados o un tarro de miel. Decir que no a la comida sería desconsiderado. Ella se da cuenta de que conocer el terreno, la tradición y el sentido del humor tan peculiar de la zona la ha ayudado a ganarse la confianza de sus visitados, porque de eso se trata, de escuchar, de entender que la salud de estas personas, comprendida de una manera holística, tiene mucho que ver con el bienestar del espíritu. En invierno, cuando los niños están en la escuela, Elena recoge a sus beneficiarios y los lleva al colegio para que compartan con los críos un huerto. Es el taller que más alegrías le está dando porque ha conseguido que ancianidad e infancia creen un vínculo. Las manos curtidas de los viejos les enseñan cómo se siembra un tomate o una patata. Al final de curso, para celebrarlo, comparten una comida en el chiringuito con los productos de la cosecha. Algunos de estos ancianos trabajaron como mulas en la ciudad y han vuelto para el último acto de su vida a su lugar de arraigo. En las reuniones que pastorea Elena en el centro de día hay ancianos y ancianas que se conocen desde la escuela, hablamos de pupitres de los años 40 abandonados prematuramente. Elena les habla con dulzura y respeto, procura que haya una mínima distancia profesional, no creo que lo consiga, pero jamás los infantiliza usando el tono que emplearía con un niño. Se ha ganado la confianza de los hombres, que son los que más dificultades tienen en expresar unos sentimientos de los que jamás hablaron, así que es muy posible que en esas conversaciones que se producen junto a la estufa en invierno depositen en ella recuerdos jamás verbalizados. Se trata de retrasar al máximo la dependencia, pero está claro que ellos se manejan peor, y que esa soledad a la que les arroja la muerte de la esposa les deja desprotegidos, a menudo enferman. No se hallan en una casa que jamás manejaron.Acompaño a Elena a ver a Carmen, una anciana vitalista, que le ayuda a dinamizar los talleres. Carmen nos enseña su casa, su almacén de licores, que en un tiempo vendió, me cuenta su vida laboral desde los 10 años y me tengo que sentar: bordar, sembrar, limpiar, cuidar cerdos, criar hijos, organizar excursiones como presidenta de los jubilados, vender licores. Nos cuenta que vio el Mundial de fútbol con las amigas de la brisca y que temiendo por la victoria de España rezaron el responso a San Antonio. Ella le tiene mucha ley. No solo le pedía un gol para España, sino que lo metiera un valenciano. Se ve que a Ferran Torres le llegó el encargo. Lo cuento por si no se había contemplado este aspecto de la victoria. Salimos de allí con tres botellas de licor de plátano. Cicerón estaba en lo cierto cuando dijo aquello de “nadie es tan viejo que no crea poder vivir un año más”.
Elena Laguía, la joven que sabía escuchar
La Fundación Colisée confió en ella y le encomendó amparar a ancianos y ancianas que viven solos







