Este verano, Homero está de moda. No es una frase que hubiera esperado escribir alguna vez. Un poeta muerto hace casi tres mil años compite estos días con los grandes fenómenos de la cultura popular. La Odisea de Christopher Nolan ha llenado los cines, mientras las ventas del poema se disparan.Cuando publiqué mi primer libro, hace diez años, dedicado a la lengua griega antigua, más de uno se rio. Otros, más amables, me preguntaron qué pensaba hacer después de semejante suicidio editorial. Tampoco yo habría imaginado un verano en el que aprender griego pudiera convertirse casi en una tendencia y Homero terminara por conquistar la cultura popular.La tentación sería hablar del “regreso de los clásicos”. Pero quizá la expresión sea injusta. Homero nunca se ha ido. Somos nosotros quienes nos alejamos de él y quienes, de vez en cuando, encontramos el camino de vuelta. Cada época ha inventado el Ulises que necesitaba: Virgilio, Dante, Joyce. Ahora le ha tocado a Nolan, que ha convertido el antiguo viaje en una historia contemporánea sobre la guerra, la memoria y la culpa.Hay una libertad de Nolan que me interesa especialmente. En Homero, Ulises nunca olvida Ítaca. Puede naufragar, perder a sus compañeros, escuchar a las sirenas o quedarse siete años con Calipso: nunca deja de querer regresar. En la película, en cambio, llega a olvidar Ítaca, como si la guerra no solo hubiera destruido Troya sino también el camino que llevaba de vuelta a casa. Antes de regresar tiene que recordar que existe un lugar al que volver.Y hay otra cosa moderna en este Ulises: la culpa, tal vez uno de los síntomas secretos de nuestra modernidad. Se nos pide no mirar atrás, pasar página, reinventarnos, abandonar lugares, trabajos, amores y hasta versiones anteriores de nosotros mismos. Pero no todo acepta ser abandonado. Hay decisiones, personas, muertos, errores, incluso vidas que no vivimos, que continúan viajando con nosotros. La culpa viaja sin billete. Ulises ha sobrevivido a Troya, pero no consigue dejarla atrás.Nuestra época sabe mucho de partidas. Nos han enseñado a irnos, a empezar de nuevo. Cambiamos de ciudad, de país, de trabajo, de pareja; somos capaces de llevar una vida entera dentro de un teléfono y una maleta de cabina. Hasta nuestro vocabulario sentimental está lleno de puertas que hay que cerrar, páginas que hay que pasar y naves que hay que quemar. Siempre hacia delante. Como si volver fuera una derrota.La Odisea cuenta algo mucho menos moderno y quizá por eso más necesario. Su héroe no quiere convertirse en otra persona. Quiere volver a ser quien era. No busca una tierra mejor, sino una isla pequeña, áspera y pedregosa que es suya. Ítaca no es el mejor lugar del mundo. Es, sencillamente, el lugar donde su viaje puede terminar.Tal vez nosotros también, después de tanto aprender a partir, hayamos acabado olvidando Ítaca: no el camino de regreso, sino la existencia misma de un lugar al que volver.Por eso quizá no sea tan extravagante que este sea el verano de Homero. El verano siempre ha sido la estación de los viajes, pero también la del regreso. Volvemos al pueblo, a la casa de los abuelos, a una playa conocida, a los amigos que vemos una vez al año. Repetimos carreteras, buscamos una mesa que quizá ya no esté, reconocemos un olor antes incluso de saber que lo recordábamos. Hay algo odiseico en regresar a lugares que ya no existen exactamente como los dejamos y comprobar, quizá con un poco de miedo, que nosotros tampoco.Dentro de unas semanas terminará el verano y llegará septiembre con sus buenos propósitos: empezar de nuevo, cambiar, avanzar, mejorar, convertirnos una vez más en alguien distinto. Homero dejará de estar de moda. No importa. Él sabe esperar. Lleva casi tres mil años haciéndolo. Quizá Ítaca también. Somos nosotros quienes, de vez en cuando, necesitamos volver.