“No entiendo nada. La semana pasada todo era normal en Moscú, y de pronto no hay gasolina y hay que hacer hora y media de cola”. Así se expresaba una de las personas que asistió a un encuentro empresarial celebrado el pasado jueves en Moscú. En el último año, el Kremlin ha perdido la aprobación que ganó entre los rusos al emprender su invasión de Ucrania en 2022, que disparó la adhesión al presidente tanto por unir a ella el futuro del país como por el orgullo que desató al desafiar a Occidente, tres décadas después del final de la Guerra Fría. La crisis económica y el aumento de los ataques ucranios han hecho que la mitad de la población considere hoy que el país no va en la buena dirección, aunque nadie espera protestas. El Kremlin ha reprimido toda oposición y tres de cada cuatro rusos aprueba a su presidente a pesar de que su popularidad haya bajado. La situación es tensa y el ambiente, por momentos, pesimista, y Vladímir Putin tendrá que medir bien cada paso para que el desgaste militar o una debacle económica no tengan consecuencias inesperadas para su régimen.“Cada día que pasa todo es peor. Tenemos la sensación de que algo va a suceder, pero no se sabe qué”, añadía el mismo empresario esta semana, lamentando que “ni Putin ni Ucrania van a parar la guerra”.Todas las encuestas, oficiales e independientes, muestran una fotografía similar del país. Los datos del reputado centro de sondeos Levada apuntan a que un 52% de los rusos cree que su nación va “en la dirección correcta”, uno de los porcentajes más bajos del putinismo en casi dos décadas y el mismo nivel que tenía justo antes de desatar la guerra en febrero de 2022. A principios de 2025, justo antes de que la sobrecalentada economía rusa comenzase a fallar y los lentos avances en el frente se diluyesen, este porcentaje llegó a alcanzar el 75%.La crisis y la escalada de los ataques sobre Rusia también han erosionado ligeramente la popularidad de Putin. Según Levada, la aprobación del dirigente ruso rondó el 76% en junio, frente al 87% de un año antes.Putin sigue contando con la confianza de una inmensa mayoría de sus ciudadanos, pero quienes le rodean no. El Gobierno suspende con una aprobación del 46%, mientras que su partido, Rusia Unida, saca un raquítico 36%. Además, un 62% de la población iniciaría negociaciones de paz serias ya mismo, pese a no haber logrado sus objetivos.Rusia es un país de contrastes, dice una famosa frase, y cuatro años y medio de guerra han acentuado esta situación. En Moscú un centro comercial está abarrotado de productos y artículos de lujo, pero fuera decenas de coches hacen cola para llenar el depósito debido a la escasez de carburante. Cientos de miles de rusos han muerto en la mayor invasión europea que han visto generaciones, mientras cientos de miles más viajan de vacaciones como si los combates fueran una ensoñación. Algo más ha cambiado este año. La gente ha perdido el pudor a opinar en alto de la mala situación económica, la corrupción o su miedo a una hipotética movilización. El silencio lo rompieron varias influencers rusas en primavera. La decisión del Servicio Federal de Seguridad [FSB] de probar el bloqueo total de internet en los teléfonos móviles contra el criterio de la administración presidencial fue la última gota en un vaso colmado principalmente por los problemas económicos de los rusos. La producción militar ha asfixiado a la industria civil y la inflación se ha disparado, comiéndose unos salarios inflados artificialmente por el gasto bélico.“No ganaremos esta guerra de desgaste. Nos engañamos creyendo que todo [en Ucrania] se derrumbará. No se ha derrumbado ni se derrumbará. Nuestros costes aumentan. Las pérdidas por los ataques de las Fuerzas Armadas ucranias contra nuestra infraestructura, puertos, petróleo y gas, complejos químicos, logística, son cada vez mayores”, advirtió en mayo Andréi Klepach, entonces economista jefe del VEB, el Banco Ruso de Desarrollo, y anteriormente viceministro de Desarrollo Económico entre 2008 y 2014. Cuando se filtraron sus declaraciones este mes, fue fulminado del cargo.Los rusos toleran peor las consecuencias de los ataques en sus bolsillos que los bombardeos en sí, salvo en regiones muy castigadas como la fronteriza Bélgorod, que suma más de medio millar de víctimas. Ucrania ha reanudado sus ataques contra las refinerías rusas y han vuelto a aflorar problemas de abastecimiento en las gasolineras. No es el colapso, pero obliga a Rusia a importar carburante de la India, el doble de caro.Kiev también ha puesto la mira en los gigantes de la distribución y el comercio online, en cuyas instalaciones cientos de miles de minoristas almacenan sus productos. Las fuerzas ucranias han lanzado al menos 24 ataques este verano contra las naves de Wildberries, gigante del comercio electrónico, y este sábado han bombardeado por primera vez las instalaciones de su rival Ozon.“Wildberries está al borde de la bancarrota”, afirman fuentes empresariales a este periódico. “Y nadie se va a responsabilizar de las pérdidas de los comerciantes. Es un golpe duro”, agregan.Putin, que ha prometido reconstruir las instalaciones de la compañía, admitió esta semana que estos ataques no tienen “consecuencias graves” pero “sin duda perjudican” al país . “El país está al borde de la recesión”, apuntaba un analista. “El agujero en los presupuestos es cada vez más grande, la recaudación cae, no es sostenible”. El pago de préstamos se come más del 8% del presupuesto ruso, a lo que hay que sumar otro 40% del gasto militar y policial. Con la economía cada vez peor, el Gobierno reconoció este año que contempla acometer recortes en aéreas “prescindibles”. Es decir, ayudas sociales e inversión en infraestructuras.Además de la crisis, la segunda preocupación que flotaba en los cócteles era la temida movilización. Aunque la mayoría tenía dudas de que llegue a realizarse, pues tensaría enormemente la relación entre el Kremlin y la sociedad.A la espera de las eleccionesEn Rusia circula la creencia de que las elecciones legislativas que se celebrarán del 18 al 20 de septiembre serán un punto de inflexión después del cual Putin anunciará decisiones severas para intentar desbloquear una guerra estancada. En particular, una nueva movilización de la población.“No necesitamos una movilización masiva en este momento. No está prevista ni se la espera, que yo sepa”, manifestó esta semana el representante permanente de Rusia ante la ONU, Vasili Nebenzia.Pero una concatenación de indicios ha desatado el nerviosismo. Las cifras de reclutamiento voluntario comenzaron a bajar notablemente desde el año pasado, aunque en verano han repuntado; se han construido nuevos polígonos para reclutamiento y Putin ha firmado una serie de decretos que facilitan una movilización.Por otro lado, las autoridades han intensificado un reclutamiento encubierto. El servicio militar, la mili, es obligatoria en Rusia. En regiones como Penza se están produciendo redadas por las calles para comprobar los papeles de los ciudadanos e intentar forzarles a firmar un contrato con el ejército. Algunos hombres se esconden en sus casas, y se han viralizado vídeos de mujeres bloqueando el autobús al que obligaron a subir a sus maridos. Asimismo, en las universidades se instruye a los profesores a prometer a sus alumnos más rezagados que aprobarán si se alistan en las fuerzas armadas.Si bien es cierto que el ejército ruso ha logrado reforzarse estos años reclutando soldados con enormes salarios, también está claro que el presupuesto no da para más. Y nadie en Rusia confía. Moscú negó que invadiría Ucrania hasta el día antes del ataque, y el portavoz de Putin, Dmitri Peskov, aseguró en septiembre de 2022 que no habría ninguna movilización en Rusia.Este sábado, Putin ha planteado los comicios como un plebiscito a sus planes. “Serán la expresión de la voluntad común de millones de rusos. Confirmarán la estabilidad del Estado, la madurez de nuestro sistema político y su capacidad para resistir cualquier amenaza externa, chantaje o agresión”, ha manifestado en el congreso de su partido, Rusia Unida.En realidad son unos comicios intrascendentes. La oposición moderada, como Borís Nadezhdin o el partido Yábloko, ha sido vetada, y en la cámara baja solo tienen presencia la formación de Putin y partidos leales que aprueban siempre sin un voto en contra lo que exige el Kremlin. Para la administración presidencial estas elecciones son solo una forma de mostrar normalidad institucional.