La sala del primer piso del edificio de los Tribunales Federales, frente al Parque Sarmiento, estaba repleta. Revestida en madera, parecía un interior inexpugnable, lejos de intromisiones y de sonidos. Pero cuando el presidente del Tribunal N° 1, Jaime Díaz Gavier, después de leer el largo fallo, de pronto levantó sus ojos y apuntó a los ojos de Luciano Benjamín Menéndez, algo demasiado intenso pasó.
Había llegado el momento crucial: las sentencias. El juez, con voz firme, pronunció las palabras: “Prisión perpetua”. Fue entonces cuando el eco de una explosión de miles de voces vino de la avenida Concepción Arenal y las paredes que antes parecían sordas, de pronto fueron franqueadas por la vibración incontenible de un anhelo de décadas.
Aquel jueves 25 de agosto de 2016, el sol derramaba desde el amanecer toda su vocación luminosa. Había en el aire de la mañana fresca, pero fresca de recién nueva, una tibieza de metáfora que vendría a poner un abrigo de sentido final a la memoria de tanto dolor, primero, y de tanto crimen aberrante. Estábamos asistiendo a la agonía de un largo, oscuro, lacerante y frío invierno de cuatro décadas.
La multitud, hecha de militantes de derechos humanos, más ciudadanas y ciudadanos con el pulso agitado por la sed de justicia. En la sala, estaba la inolvidable y maravillosa Sonia Torres, la inmensa Abuela, el gran estandarte. La reunión alcanzaba a más de 10 mil personas que cantaban y enarbolaban sus pancartas, incluyendo las fotos de los que ya no estaban pero que sí habían venido al gran momento señalado. El gran momento de la reparación






