Todo lo que se diga del infierno no es el infierno. Sólo quienes lo han atravesado saben cómo quema su ardor en la piel, en el aliento, en los ojos, en los oídos, en la nariz y, sobre todo, en esa imprecisa, inaprensible y dolorosa sustancia de la condición humana que a veces, sublimada más allá de las circunstancias histórico–existenciales, acaso es posible llamarla alma.
Todo lo vivido es definitivo: siempre está, tal vez agazapado, suspendido, silenciado, pero que no deja de estar. Sucede con las historias personales pero también con las de una sociedad. Esta provincia de Córdoba, como esta Argentina, fueron sumergidas en un reino oscuro y clandestino que latía de día y andaba de noche. El reino de un Estado terrorista que se escondía, que nunca fue capaz de dar la cara.
Ese era el subsuelo de la condición humana. Allí se torturaba, violaba y mataba en nombre de una tenebrosa patria. Sólo las víctimas y sus victimarios sabían de qué se trataba; alrededor, había un mundo sordo. Ni siquiera la posibilidad de emerger de las catacumbas y habitar en la claridad alcanzaba para dejar atrás semejantes padecimientos: para el puñado de sobrevivientes que alcanzó la superficie, el manotazo de los represores siempre estuvo acechando.








