Si algo ha marcado el verano en Aragón han sido los grandes incendios. La comunidad ha vivido una sucesión de fuegos que han calcinado más de 40.000 hectáreas y ha puesto a prueba la capacidad de los servicios de extinción. Detrás de estos fuegos hay un territorio con cada vez más combustible, una vegetación más seca y unas condiciones que favorecen una propagación cada vez más rápida. Los expertos coinciden en que la combinación de estos factores está dando lugar a incendios que, en determinados momentos, quedan fuera de la capacidad de los medios para contenerlos.

El “infierno” empezó en Tamarite de Litera, a finales de junio, después de que el fuego arrasara más de 4.500 hectáreas —muchas de ellas de tierras de cultivo— y provocase el desalojo de cientos de personas. El respiro no duró mucho y, antes de que acabase el mes, se declaró otro incendio en Leciñena, que arrasó unas 3.000 hectáreas.

Un fuego se considera un gran incendio cuando supera las 500 hectáreas calcinadas, por lo que estos dos lo superaron con creces. Pero lo peor estaba por llegar. El fuego comenzó en las inmediaciones de Orés el 15 de julio y su rápido avance marcó desde el principio que no iba a ser un incendio fácil de contener. Llegó a afectar a varias casas de Orés y mantuvo en vilo a cientos de vecinos, mientras las llamas llegaron a amenazar el casco histórico de Uncastillo, uno de los conjuntos históricos más importantes de Aragón. La provincia de Teruel también ha sufrido el fuego: en Ejulve, las llamas arrasaron unas 1.500 hectáreas en una zona que ya había visto sus montes arder en 2009.