Nueva Zelanda dio este sábado en el Ellis Park de Johannesburgo el primer golpe en las Greatest Rivalry Series ante Sudáfrica, un menú de cuatro partidos entre las dos mejores selecciones del rugby. Un formato que décadas atrás, cuando no existían los mundiales, servía para optimizar los viajes y que hoy trata de maximizar ingresos de taquilla y televisión. El duelo de gigantes sonrió al viaje de los All Blacks —jugarán dos partidos más en Sudáfrica antes del epílogo en Baltimore (EE UU)— y su asalto al trono planetario, el del Mundial de Australia 2027, ante el campeón de las dos últimas copas con una victoria (16-33) en la que, a diferencia de los anfitriones, canjearon sus fases de dominio en puntos. Los Sprigboks tienen tres oportunidades más para hacer valer su dominio en los últimos años o abrir la puerta al relevo. Los datos secundan el pomposo encabezado de las series. Dos países que ostentan el 70% de los títulos mundiales —cuatro de Sudáfrica, tres de Nueva Zeland—– y que se han alternado casi por defecto el primer puesto del ranking. Lo ocupan los Springboks porque habían ganado a los All Blacks cuatro de sus últimos cinco duelos, incluida la paliza del año pasado en Wellington (10-43). El histórico de la rivalidad, con 110 partidos disputados a lo largo de 105 años, sonríe a los oceánicos —63 victorias por 43 sudafricanas y cuatro empates—, pero las dos finales mundialistas fueron verde y oro. La de 1995, en el mismo templo de Ellis Park donde se citaron este sábado, y la de 2023, en París. La cita entre ambas selecciones ha tumbado el Rugby Championship —el torneo anual que completan Argentina y Australia— de 2026. Los últimos años han dibujado un abismo con los australianos, en claro declive desde que fueran finalistas del Mundial de 2015. Mientras, los Pumas han logrado victorias frecuentes, pero no han cuajado un verano perfecto para llevarse un torneo que, desde su actual denominación —en 2012, con las cuatro naciones— tiene nueve victorias neozelandesas, tres sudafricanas —incluidas las dos últimas ediciones— y una australiana. Así que Springboks y All Blacks se han jugado en solitario lo que antes hacían con compañía. El torneo volverá en 2027, pero el precedente deja la puerta abierta para más formatos en series. No hace tanto que el concepto de rivalidad pendía de un hilo, pues los All Blacks endosaron 57 puntos a los de verde y oro en 2016 y 2017. El seleccionador de Sudáfrica, Rassie Erasmus, transformó en apenas meses al bloque del 57-0 en campeón del mundo; el paso de los años lo ha consolidado como uno de los mejores equipos de la historia. Más allá del ingrediente tradicional de la delantera —el músculo, el dominio en la conquista del balón, el fondo de armario—, tiene mucho más: desde el juego al pie al contraataque de una velocísima trasera. A eso se suma la experiencia, clave en tanto final apretado: ganó por un punto los cuartos, semis y final de 2023. Incluso sin el capitán, Siya Kolisi, al Ellis Park salió un grupo imponente que forzó dos rápidos golpes de castigo de los neozelandeses por retener el balón para abrir el marcador.Ante esa arquitectura granítica, la fórmula de los All Blacks fue siempre el tempo: la precisión para encadenar fases a un ritmo elevadísimo con muy pocos errores desdibujaba a cualquiera y dejaba a las defensas desnudas al contragolpe. Pero las últimas generaciones han perdido el duende de los equipos campeones en 2011 y 2015. Las grietas de los últimos años le costaron el puesto en enero al seleccionador, Scott Robertson; su sucesor, Dave Rennie, ha cosido la defensa, suficiente para un país con talento en cada esquina. Así llegaron los ensayos. Will Jordan, posando junto al córner derecho una rápida liberación del medio-melé y Cam Roigard, con la retaguardia sudafricana sobre su línea de marca. Más paradigmático de su estilo fue el de Josh Moorby, recogiendo la asistencia de Tupou Vaa’i mientras era placado. Con todo, la ventaja visitante era efímera porque Sudáfrica tenía el territorio y la posesión, el sándwich perfecto para las percusiones de gigantes como Andre Esterhuizen; le bastó un placaje a medias para romperlo y ensayar. En esas, los de negro limitaron daños con un par de acciones salvadoras en defensa como el manotazo de Jordie Barrett sobre Malcolm Marx cuando se disponía a poner la guinda a la plataforma local con su posado. Una pequeña redención para el tipo que falló la patada que valió el Mundial de 2023. El 13-12 al descanso sonaba a alivio kiwi. En dos equipos que se conocen al extremo, la sorpresa llegó con los dos metros del segunda línea neozelandés Fabian Holland para bloquear la telegrafiada patada de Grant Williams para romper la melé sudafricana. Así firmó un ensayo que dejaba sin efectos casi 20 minutos de dominio local. Fue el verso libre de un poema que rimaba con las faltas recurrentes de los All Bllacks con la delantera y, al mismo tiempo, las hazañas sobre su línea de marca, desde voltear al placado a sacar músculo con una melé que estaba siendo superada. También apagaba incendios Sudáfrica con el placaje de Damian Willemse cuando la ruptura del otro zaguero, Damian McKenzie, olía a ensayo. Pero solo retrasó lo inevitable: lo que no consiguió el contraataque lo obró la delantera, con Luke Jacobson percutiendo entre tres rivales para firmar el cuarto ensayo de los suyos y poner el +10 (16-26) a 20 minutos del final. Ya no hubo réplica. Pasada la oportunidad, Sudáfrica hincó la rodilla con dos amarillas que les hicieron terminar el partido con dos jugadores menos. Quedan tres asaltos.
Nueva Zelanda discute a Sudáfrica el trono del rugby
Los All Blacks ganan (16-33) en Johannesburgo el primero de los cuatro partidos de las Greatest Rivalry Series entre las dos mejores selecciones del mundo













