No todos los alemanes eligen Mallorca o las islas griegas para descansar en verano. En las grandes ciudades el para�so se esconde para muchos de sus habitantes junto a las v�as del tren, a pocos metros del aparcamiento de un supermercado o entre bloques de oficinas. Est� en los llamados Schreberg�rten, colonias de huertos-jardines con casetas de aperos reconvertidas en lugares donde pasar el d�a, terrenos municipales de uso privado donde cultivar hortalizas, plantar rosales, hacer barbacoas, celebrar un cumplea�os o ponerle una piscina de pl�stico a los ni�os cuando el calor aprieta.Los Schreberg�rten forman parte del paisaje urbano de pr�cticamente toda Alemania. Aparecen donde menos se espera, ocultos tras una verja cubierta de vegetaci�n, agazapados entre hormig�n y, a menudo, sobre terrenos que m�s de un promotor inmobiliario codiciar�a. En el barrio berlin�s de Moabit, por ejemplo, una colonia de huertos se encuentra a pocos minutos de la estaci�n central, de la Canciller�a y de la Puerta de Brandeburgo.Y no se trata precisamente de un fen�meno marginal. Alemania cuenta con alrededor de 950.000 parcelas de huerto y jard�n repartidas por todo el pa�s. Berl�n concentra unas 71.000, m�s que ninguna otra ciudad alemana. En conjunto, estos espacios son utilizados por cerca de cinco millones de personas, m�s habitantes de los que tienen algunos pa�ses europeos. Algunas colonias alcanzan dimensiones sorprendentes. La mayor del pa�s se encuentra en los Marschlanden de Hamburgo, con alrededor de 1.750 parcelas distribuidas en unas 80 hect�reas, el equivalente a m�s de un centenar de campos de f�tbol. Las de Berl�n est�n m�s dispersas, pero forman una aut�ntica ciudad paralela escondida entre avenidas, v�as f�rreas y barrios residenciales.Estas colonias forman un aut�ntico microcosmos con normas propias. Sus miembros pertenecen a asociaciones, celebran asambleas, se rigen por reglamentos, organizan fiestas de verano y actividades infantiles y, como en cualquier vecindario, tambi�n acumulan conflictos. Pero los Schreberg�rten no solo tienen normas. Tambi�n tienen memoria. Han sobrevivido al Imperio alem�n, a la Rep�blica de Weimar, al nazismo, a la Segunda Guerra Mundial, a la divisi�n del pa�s y a la reunificaci�n.Nacieron durante la industrializaci�n, cuando millones de trabajadores abandonaban el campo para instalarse en ciudades cada vez m�s contaminadas y hacinadas. Aquellos primeros huertos pretend�an ofrecer aire libre, actividad f�sica y alimentos frescos a familias que apenas ten�an acceso a espacios verdes. Lo que comenz� como una medida de higiene social termin� convirti�ndose en una de las instituciones m�s resistentes de Alemania.Cuando Hitler lleg� al poder en 1933, las colonias no desaparecieron. Como tantas asociaciones deportivas, culturales o vecinales, fueron absorbidas por el proceso de nazificaci�n que afect� a toda la sociedad alemana. A los nazis les gustaban estos espacios. Encajaban perfectamente con su exaltaci�n del trabajo manual, la autosuficiencia y el v�nculo con la tierra.Pero la historia rara vez es tan simple.Para saber m�sDurante la guerra, algunos de aquellos mismos huertos sirvieron para esconder a personas perseguidas. El joven jud�o Hans Rosenthal, que d�cadas despu�s se convertir�a en uno de los presentadores m�s populares de la televisi�n alemana, sobrevivi� oculto en una colonia berlinesa, con la ayuda de varias mujeres que arriesgaron su propia seguridad para protegerlo. El mismo espacio que el r�gimen intent� integrar en su maquinaria ideol�gica acab� sirviendo, en algunos casos, para escapar de ella.Tras la guerra volvieron a cumplir una funci�n b�sica: alimentar. En las ciudades destruidas por los bombardeos produc�an verduras, fruta y patatas cuando escaseaba pr�cticamente todo lo dem�s. Algunas casetas se transformaron en alojamientos provisionales. Otras fueron ampli�ndose poco a poco hasta parecer peque�as casas de verano.En la antigua RDA adquirieron una importancia casi sentimental. Para muchas familias eran el lugar donde realmente transcurr�a el verano. All� se celebraban cumplea�os, barbacoas y reuniones familiares. En un pa�s donde viajar estaba limitado y la vivienda escaseaba, la parcela ofrec�a algo extraordinariamente valioso: un peque�o espacio propio.Petra Schneider lo recuerda bien. Lleva 45 a�os cuidando su parcela en una colonia del distrito berlin�s de Lichtenberg. Cuando era ni�a ya pasaba los veranos aqu�. Hoy observa c�mo sus nietos repiten exactamente las mismas rutinas. Montan en bicicleta por los caminos de la colonia y pasan horas jugando al aire libre, mientras ella trabaja en un peque�o invernadero donde cultiva patatas, cebollas y fresas.�En verano pr�cticamente vivo aqu��, cuenta. Le gusta caminar descalza sobre la hierba, hacer mermelada con las manzanas del jard�n y pasar la tarde con los vecinos. �Aqu� respiro tranquilidad. Mi vecino me trae la compra y yo le doy un tarro de mermelada. Nos ayudamos unos a otros�.La parcela perteneci� antes a su padre. Cuando dej� de venir, ella se hizo cargo. Ahora son sus nietos quienes corren por los mismos caminos por los que jugaba de ni�a.Colonia berlinesa.Sean GallupGETTYThomas Fischer, jubilado, comparte esa sensaci�n. Pasa buena parte de sus d�as en la parcela y ocasionalmente convierte a sus nietos en ayudantes del huerto. �Las berenjenas y los calabacines se me dan bien�, declara. Lo que m�s aprecia, sin embargo, no son las verduras, sino los vecinos. �Aqu� hay confianza y hasta cierta complicidad cuando se trata de saltarse las normas�, a�ade sonriente.Tiene raz�n. Los Schreberg�rten funcionan gracias a una combinaci�n muy alemana de libertad y reglamento. La naturaleza aqu� tambi�n est� organizada. La ley sigue estableciendo qu� debe ser exactamente un Schrebergarten. Aproximadamente un tercio de la parcela debe destinarse al cultivo de frutas y verduras, otro tercio a jard�n ornamental y el resto a zonas de recreo, caminos y construcciones. Las casetas no pueden superar los 24 metros cuadrados y est� prohibido utilizarlas como residencia permanente. Los huertos han cambiado con el tiempo, pero la filosof�a original sigue ah�: no son simplemente jardines privados, sino espacios donde el ocio y el cultivo deben convivir.Las parcelas suelen medir entre 200 y 400 metros cuadrados. Las casetas no pueden superar legalmente los 24 metros cuadrados, incluida la terraza cubierta. La altura de los setos puede estar regulada. Algunas asociaciones limitan determinadas especies de �rboles. Otras discuten sobre piscinas desmontables, construcciones auxiliares o ampliaciones de las casetas. Los tribunales alemanes han tenido que intervenir en conflictos relacionados con tejados, �rboles, pantallas vegetales y construcciones demasiado grandes.La cuesti�n m�s alemana de todas, sin embargo, tiene que ver con los tomates. En Alemania una tomatera puede acabar ante un juez, pues los tomates, de alguna manera, simbolizan la diferencia entre un huerto y un jard�n. La frase parece inventada, pero es real. Aqu� no basta con tener c�sped impecable. Estos espacios nacieron para producir alimentos y la ley sigue exigiendo que conserven parte de esa funci�n original.Petra recuerda adem�s el caso de una mujer que dej� de acudir a la colonia cuando sus hijas crecieron. La maleza acab� invadiendo la parcela y, como no atendi� a las advertencias, la asociaci�n termin� retir�ndosela. La ocup� un matrimonio joven poco despu�s.Y, pese a todas estas normas, conseguir una parcela no es sencillo. El para�so no se compra. �nicamente se alquila. Cuando una parcela cambia de manos, el nuevo ocupante debe compensar al anterior por la caseta, los �rboles y las instalaciones existentes. El traspaso puede costar entre 4.000 y 15.000 euros. A eso se suman los gastos corrientes. Entre alquiler, cuotas de asociaci�n, agua y electricidad, el coste suele rondar los 700 euros anuales.En Berl�n las listas de espera suelen oscilar entre tres y cinco a�os y m�s de 12.000 personas aguardan la oportunidad de hacerse con una parcela. El fen�meno resulta llamativo en una ciudad que necesita vivienda con urgencia y donde el suelo urbano es cada vez m�s escaso. Pero precisamente ah� reside parte del atractivo de los Schreberg�rten: representan una idea de ciudad que se resiste a desaparecer.
Los huertos-jardines que fascinaban a los nazis y hoy son codiciados por la Alemania vacacional
No todos los alemanes eligen Mallorca o las islas griegas para descansar en verano. En las grandes ciudades el para�so se esconde para muchos de sus habitantes junto a las v�as...






