En los años ochenta del siglo pasado se habló del Fin de la historia. Al principio suscitó pánico, como si fuera un anuncio apocalíptico, luego polémica y ahora no sabemos muy bien qué significa. La frase fue acuñada por Francis Fukuyama, en su ensayo “¿El fin de la historia?”, publicado en 1989. Su argumento ya no tiene demasiada validez, considerando que las guerras y revoluciones sangrientas se perpetúan, como si fueran intrínsecas a la humanidad. Aún no podemos discernir si vivimos en el “Mejor de los mundos posibles”, como pregonaba Leibniz en el siglo XVIII o en el “Peor de los mundos posibles”, según lo decretó Schopenhauer a mediados del XIX. Algunos mandatarios pueden precipitarnos hacia el segundo. Quizá estemos llegando al Fin de la Memoria. Antes uno retenía teléfonos, direcciones, nombres de calles o aniversarios. Estaban los muy memoriosos, a lo Funes, capaces de llenar conjuntos con sus elementos correspondientes, recitar poemas, memorizar números, y los distraídos que por lo menos se podían jactar de sus olvidos o disculparse si tuvieran alguna intención de repararlos. Hoy no es tan fácil quedar mal, ni tampoco ufanarse del archivo mental.

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