NoticiaEl cantautor antioqueño se presentará este jueves, en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, a las 7 p.mPala se mueve entre los libros, la música y la palabra. Foto: Foto de Jesús Cornejo21.08.2026 20:39 Actualizado: 21.08.2026 20:39

Mucho antes de convertirse en Pala, el cantautor, poeta y escritor Carlos Alberto Palacio encontró en los libros el camino que terminaría definiendo su vida. La biblioteca que su padre fue construyendo en Yarumal, sin formación académica pero convencido de que la educación era la mejor herencia para sus hijos, despertó una vocación que con el tiempo lo llevaría de la medicina a la música y, finalmente, a la literatura. “La palabra es lo que realmente me emociona”, dice.Esa búsqueda recorre Taxidermia del instante, el poemario con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de la Universidad de Antioquia en el 2024. El libro nació de una inquietud que tardó años en resolver: cómo escribir sobre Medellín sin convertirla en una postal ni en una elegía. En lugar de eso, reunió escenas fugaces, personajes anónimos e imágenes cotidianas que retratan una ciudad hecha de contradicciones, mientras intentan preservar aquello que, por naturaleza, desaparece apenas sucede.En conversación con EL TIEMPO, Pala habla de la disciplina que heredó de sus años de formación en medicina, de la relación entre la poesía y la canción, del amor crítico por Medellín y de la certeza de que la belleza del instante radica, precisamente, en que no puede permanecer.En Taxidermia del instante hay una imagen muy poderosa desde el título: la idea de intentar conservar aquello que, por naturaleza, desaparece. ¿Cómo nació ese libro?Todo nació de una dificultad que tuve durante muchos años: escribir sobre Medellín. Es la ciudad donde vivo, la ciudad que quiero, pero también una ciudad con la que tengo una relación muy conflictiva. No soy capaz de escribir una elegía diciendo que es la mejor ciudad del mundo, porque no lo es. Sin embargo, necesitaba escribir sobre ella. Entonces me pregunté qué era lo que realmente me enamoraba de Medellín y descubrí que eran ciertos instantes: escenas muy breves, casi siempre protagonizadas por personas anónimas. Empecé a reunir esas imágenes, esas postales, y a partir de ellas construí los poemas. El título nace de ese deseo imposible de detener lo que está destinado a desaparecer. Quise fosilizar, disecar unos cuantos instantes sabiendo, desde el principio, que iba a fracasar. Pero la poesía consiste justamente en eso: en fracasar con la mayor solvencia posible.El libro está organizado alrededor de cuatro momentos del día y cada poema parte de una escena muy concreta. ¿Qué buscaba con esa estructura?Cada capítulo corresponde a una hora específica: siete y media de la mañana, doce y media del día, cinco de la tarde y diez y media de la noche. Todas las escenas de cada capítulo ocurren exactamente a esa misma hora. Me interesaba mostrar que Medellín, como muchas ciudades latinoamericanas, cambia por completo según el momento del día. La ciudad de la mañana no tiene nada que ver con la de la noche. Los títulos describen esas escenas con un lenguaje casi fotográfico y, a partir de ellas, nacen los poemas. A veces la relación entre ambos es muy evidente y otras no tanto. Lo importante es que esa imagen inicial fue la que desencadenó la escritura.¿Usted habla de un amor crítico por Medellín. ¿Qué ciudad quiso dejar retratada en este libro?Espero que estén todas las ciudades que llevo conmigo. Están mis grandes conflictos con Medellín y también mis grandes afectos. Me incomoda profundamente el chovinismo recalcitrante, esa incapacidad de reconocer la existencia de un otro más allá de las montañas. Me parece una tragedia. También me resulta muy difícil cierta religiosidad judeocristiana lacerante que siento como una piedra en el zapato para la evolución de mi tierra. Pero también están las cosas que me emocionan: la capacidad del antioqueño para acoger, para ser cercano y amable, y una geografía que sigo encontrando hermosa, aunque sea fruto del azar. Ojalá el libro recoja ambas cosas: mis peleas y mis amores con la ciudad.Pala dará un concierto en Bogotá con sus mejores canciones Foto:CASA PALMAEn el libro aparece constantemente la idea del instante. ¿Hay en esos poemas una resistencia al paso del tiempo?Creo que ocurre exactamente lo contrario. Lo que hago es abrazar el instante. Mi manera de plantarme en el mundo parte de reconocer que esta vida es, sobre todo, efímera y pasajera. Y justamente ahí radica el milagro. Esa conciencia hace que celebre cada momento como una posibilidad insospechada. El amor por la vida, por las compañías y por la existencia misma nace de saber que todo se va a terminar muy pronto. En lugar de resistirme a lo efímero, lo abrazo. Y ahí encuentro una alegría cotidiana: la de entender que el instante es valioso precisamente porque no permanece.El poemario está dedicado a Francisco Lopera, “quien ofrendó sus instantes para que los demás conservaran los suyos”. ¿Qué significa esa dedicatoria?Francisco Lopera fue una figura fundamental para mí y para mi familia. Dedicó su vida a la búsqueda de una cura contra el Alzheimer y, de alguna manera, entregó sus propios instantes para que otros pudieran conservar los suyos. No solo fue una persona cercana; fue alguien que abrió un panorama completamente distinto para nuestra familia.Este libro terminó de escribirse pocos días después de su muerte, así que la dedicatoria surgió de una manera muy natural. Era imposible que no estuviera ahí.Tener tan cerca a alguien dedicado a estudiar la memoria y el olvido, ¿cambió su manera de pensar el tiempo?Francisco tenía una frase que todavía me acompaña. Decía que la verdadera virtud admirable del cerebro no era recordar, sino olvidar. Claro, el problema aparece cuando ese olvido se vuelve patológico y arrasa con lo que somos. Él luchaba contra ese olvido desordenado que termina borrando la identidad. Para mí sigue siendo un referente imposible de esquivar. Me cuesta incluso racionalizar lo que significó para mí y para mi familia. Es una presencia que permanece.Portada del libro de poemas de Pala Foto:Archivo personalEn otra dedicatoria aparece Piedad y la frase “por un irrepetible instante de treinta años”. ¿Qué significa mirar una relación desde esa idea del instante?Llevamos treinta años juntos, lo cual ya es una rareza en estos tiempos. Pero lo verdaderamente sorprendente es que, cuando uno mira hacia atrás, siente que todo ha sido un soplo. Pienso en esos treinta años y me pregunto: ¿en qué momento pasó este instante irrepetible?Por otra parte, su padre y Yarumal aparecen con frecuencia cuando habla de su vida. ¿Qué permanece de esos primeros años en la manera como escribe?Tu pregunta ya contiene la respuesta: mi pueblo y mi padre. Pertenezco a una familia de clase media, humilde, de pueblo. Mi padre no fue un hombre ilustrado ni tuvo formación académica, pero siempre tuvo claro que la única manera de garantizarles a sus hijos una salida al mundo era la educación. Por eso se empeñó durante años en construir una biblioteca familiar, más por intuición que por otra cosa. Allí descubrí la lectura. Con el tiempo fui llegando, siempre tarde pero con mucha pasión, a varias conclusiones. Primero creí que quería ser médico. Al terminar la carrera entendí que quería ser músico. Después pensé que quería ser un rockero y, a mitad de ese camino, descubrí que no era el rock, sino la canción. Más adelante comprendí que tampoco era la canción lo que más me emocionaba, sino el texto de la canción. De ahí a entender que lo que realmente me apasiona es la palabra hubo un paso muy corto. Ese ha sido mi recorrido: empezar entre los libros de mi casa y terminar convencido de que la palabra puede tomar la forma de una canción o de un libro.Muchos padres habrían visto con preocupación que un hijo dejara la medicina por la música. ¿Cómo reaccionó el suyo?Contrario a lo que cualquiera imaginaría, mi papá acogió muy bien la decisión. Claro, tenía la preocupación natural de pensar cómo iba a ganarme la vida, pero nunca se opuso. Recuerdo que me dijo: “¿A usted quién le dijo que era médico? Usted ha sido músico toda la vida”. Sus objeciones nunca fueron contra la decisión, sino contra las dificultades que podía traer. Siempre me apoyó y se lo agradeceré profundamente.Suele decir que la emoción, por sí sola, no alcanza para escribir poesía. ¿Qué lugar ocupa entonces el oficio?Me alineo con quienes creen que, para escribir poesía, incluso la emoción y el sentimiento son lo menos importante. La sensibilidad y la atención frente al mundo son el punto de partida, pero no significan nada sin lo que los griegos llamaban el ars: ese conjunto de técnicas que permite transformar una experiencia personal en algo que trascienda la anécdota. Todos creemos que lo que nos ocurre es lo más importante del mundo, pero eso es un espejismo. Los grandes dolores, las pérdidas o los amores han sido vividos por millones de personas. Lo único que puede hacer singular esa experiencia es el trabajo de la escritura. Ese oficio se aprende, no necesariamente en una academia, sino leyendo. Como decía García Márquez, leyendo con el destornillador en la mano. Yo creo que el talento o la inspiración importan mucho menos de lo que solemos pensar; lo que realmente sostiene una obra es el rigor.Ese rigor parece atravesar también su rutina. ¿Cómo es un día de trabajo para usted?Creo que esa disciplina me la dejó la medicina. Siempre digo que fue el mayor aprendizaje que me dejó esa carrera. También influyó mi formación con los jesuitas, que me enseñó el valor del rigor y de dedicarle tiempo al trabajo. Trasladé todo eso a la escritura. Le dedico ocho horas diarias a este oficio. No significa que pase ocho horas escribiendo: escribo, corrijo, reviso textos antiguos, leo. Trabajo como cualquier otra persona. Escribir también es un oficio. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.