La tierra nunca está quieta en Sudamérica. Las placas tectónicas chocan y liberan energía con una frecuencia que asombra al resto del mundo. La reciente secuencia de terremotos con apenas seis semanas de diferencia —uno superficial en Venezuela, otro profundo en Colombia de 7,4 que dejó más de 200 muertos— volvió a poner en evidencia que en esta región la corteza se mueve en direcciones y velocidades distintas. A esa cadena se sumó el sismo de Perú de 7,2, un evento que se sintió este jueves en varias ciudades amazónicas y andinas, según informó el Instituto Geofísico del Perú (IGP). Entender por qué tiembla tanto exige mirar bajo la superficie, pero también hacia arriba, en las ciudades y casas que se han construido sobre ese suelo en permanente tensión.La sismicidad colombiana no es un accidente geográfico, sino una consecuencia directa de localizarse en una de las zonas tectónicas más complejas del mundo. La Red Sismológica Nacional de Colombia, que cuenta con 85 sensores, detectó el año pasado 23.774 sismos, la mayoría imperceptibles. El país está erigido en un área de convergencia donde interactúan la placa de Nazca, la sudamericana y la placa del Caribe. “Las placas convergen a velocidades constantes, pero poseen asperezas que en ocasiones impiden que se muevan libremente”, explica Carlos Alberto Vargas, profesor del Departamento de Geociencias de la Universidad Nacional de Colombia.Ese choque constante genera acumulación de esfuerzos en los Andes y en lugares donde la energía se libera de manera casi continua. Un ejemplo de esa intensa actividad es el nido sísmico de Bucaramanga (con una densidad comparable a la de Vrancea en Rumania e Hindu-Kush en Afganistán), aunque no está relacionado, sin embargo, con el evento del pasado 10 de agosto. “Es el segundo con más energía en el mundo, alrededor de 40 sismos por día. Tenemos una región supremamente viva”, cuenta.El terremoto colombiano, considerado como uno de los más graves de los últimos 50 años, sacudió a varias localidades y ciudades en Cali, Pereira, Manizales y Bogotá. Al trabarse las placas, se acumulan esfuerzos que terminan por vencer la resistencia de la roca, liberando energía. La naturaleza de los terremotos está marcada por la subducción. ¿Pero por qué, pese a que afectó un área enorme, su intensidad fue menor? La respuesta está bajo tierra, a unos 100 kilómetros de profundidad, en San José del Palmar, Chocó.Arancha Izquierdo, sismóloga del Instituto Geográfico Nacional de España, lo explica con una imagen sencilla: “Si tiras una piedra en el agua y estás muy lejos, el círculo que abarca es mucho más grande”. Un sismo profundo dispersa sus ondas en un radio mayor, aunque la energía llegue más amortiguada. Los sismos en territorio venezolano asociados al límite horizontal entre la placa del Caribe y la sudamericana son muy superficiales, lo que explica su mayor capacidad destructiva local.El terremoto en Perú de 7,2 y asociado a la subducción de la placa de Nazca se sintió desde la Amazonía hasta la sierra central. La convergencia entre las placas es una de las más rápidas del mundo, pero la sismicidad profunda suele generar temblores amplios y menos destructivos en superficie. Aunque los países están expuestos a la actividad de la placa de Nazca, esto no significa que los sismos de las últimas semanas estén conectados.Una red sísmica mayorLa coincidencia temporal llevó a especulaciones sobre una posible cadena sísmica. Izquierdo recuerda que, a escala global, se producen “como 12 terremotos por año y son fenómenos independientes”. La sincronía no implica conexión. Vargas lo formula con otra analogía: “Tienes dos tablas de madera sometidas a un esfuerzo. Una romperá y no necesariamente es la causa o el efecto de la otra”. Aunque compartan un mismo campo regional, cada uno responde a sus propias condiciones físicas.Colombia, además, forma parte de una arquitectura sísmica mayor. “Desde Chile hasta Alaska, todo pasa por el cinturón de fuego del Pacífico”, recuerda Vargas. Lo describe como una enorme franja de convergencia que recorre todo el borde occidental de las Américas. Esa línea que atraviesa casi 40.000 kilómetros ha producido algunos de los terremotos más potentes registrados. Como el de Valdivia (Chile) con una magnitud 9,5 en 1960; el de Alaska (Estados Unidos) en 1964, de 9,2; el de Maule (Chile) en 2010 con un 8,8; o el de México en 1985, que devastó la capital. La región andina concentra una de las interacciones tectónicas más complejas del cinturón. Colombia está justo en ese cruce. Aunque algunos países como Brasil, Uruguay, las Guyanas y Belice quedan fuera de esa franja, la mayoría están expuestos de alguna manera. No es solo América La ciencia puede explicar dónde ocurrirán los sismos, pero no cuándo. Las velocidades a las que convergen las placas son constantes. Se arrancan una a otra, se cruzan y la roca aguanta. Este país tiembla porque está incrustado en un sistema tectónico global que nunca deja de moverse. De algún modo, ese movimiento también atraviesa a quienes lo habitan, donde las vidas avanzan, frenan y vuelven a empezar. En un territorio donde la tierra nunca está fija, la resiliencia depende de normas estrictas, planificación urbana y educación. Las políticas públicas, según Vargas, no deben ser “meramente reactivas” ante un desastre, sino constituir un esfuerzo constante y de ajustes continuos.Izquierdo coincide en que no basta con anticipar lo impredecible, “sino en asumir que la vulnerabilidad se construye en la superficie”. Esto implica, entre otras cosas, dotar de manera permanente a las instituciones que tienen a su cargo la atención y prevención de desastres. Pero este no es un problema exclusivo de Latinoamérica. “Se sorprendería usted al encontrar países que, en este momento, pueden estar mucho peor preparados que varios de los países de América”, asegura.