Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Estar lejos del país natal nunca es un tránsito sencillo, mucho menos cuando es la sombra de un conflicto prolongado la que marca el destino de quienes se quedaron. Vivir la distancia nos enfrenta al dolor de ver cómo las tensiones sociales persisten, cómo el clasismo o la discriminación se acentúan en momentos de crisis y cómo la indiferencia parece ganarle terreno a la empatía por quienes más han sufrido. Tras varios años en el exterior, he vuelto a involucrarme de manera activa en el debate sobre la realidad de mi país. Sin embargo, reflexionar sobre estos temas desde la distancia no siempre es fácil; expresar inconformidad suele desencadenar señalamientos o tensiones, incluso con los seres más cercanos. Esto me hace pensar en tantas personas que han buscado generar cambios desde la educación o el servicio y que terminaron desplazadas o invisibilizadas. La verdadera paz no puede construirse desde el olvido o el silencio, pues la historia enseña que la indiferencia solo perpetúa las heridas del pasado. Esta convicción nace de mi propia historia. Crecí en un entorno popular y en una familia atravesada por la complejidad de la Violencia bipartidista en Colombia. Mi familia vivió de cerca el impacto de esa época donde muchos tomaron el camino de las armas, entre ellos un familiar cuya historia marcó el legado de la familia. Reconocer que en mi propio linaje existieron figuras vinculadas al conflicto no es algo sencillo, pero elijo entender esa herencia como una responsabilidad personal para ponerme al servicio de las causas sociales, de la inclusión y del cambio, aunque eso implique marcar distancias con visiones tradicionales del entorno familiar. No es fácil asumir una postura neutral cuando se creció entre episodios de violencia, restricciones de movilidad y el temor constante que se vivía en las calles durante los años más duros del conflicto en los barrios. Esas experiencias dejan huellas profundas y hacen que la defensa de la vida sea una prioridad inquebrantable. Esta violencia también ha golpeado de manera desgarradora a las mujeres y a la infancia. Recordar la violencia ejercida sobre mujeres e inocentes en las comunidades exige que no naturalicemos el dolor ni revictimicemos a quienes sufren. Lo que en cualquier sociedad justa resulta inaceptable no puede convertirse en algo cotidiano ni justificado en el nuestro. Frente a esta realidad, más allá de dogmas o doctrinas, considero que el mayor problema social es la ignorancia y la falta de empatía. La falta de acceso a la educación y a las oportunidades ha sido el verdadero motor de la violencia, instrumentalizando a menudo la vulnerabilidad de mentes jóvenes para perpetuar ciclos de dolor. Hoy, escribir desde la distancia es un acto de desahogo y memoria. Exigir un país donde los libros y la educación sean la prioridad, donde se respete la diversidad y donde pensar diferente no signifique riesgo o estigmatización, no es una postura radical: es el reclamo mínimo por la dignidad humana. Defender la vida, la justicia y la memoria es la única postura ética posible para garantizar que la historia no se repita.Eliana Marín Rivera Envíe sus cartas a lector@elespectador.com Conoce más
La fuerza de la memoria: escribo para no olvidar
"Tras varios años en el exterior, he vuelto a involucrarme de manera activa en el debate sobre la realidad de mi país": Eliana Marín Rivera






