El hierro colgado en las fachadas todavía cuenta una historia que empezó con urgencia. Ese entramado que hoy se ve en edificios antiguos nació como respuesta a incendios que dejaban a la gente atrapada en pisos altos, y ahí entra la figura de Anna Connelly, una inventora que ideó una forma de salir cuando las escaleras interiores ya no servían.
La escalera exterior surgió como una solución pensada para evacuar edificios en llamas sin depender del interior. Esa idea tomó forma a finales del siglo XIX y dio paso a estructuras fijas ancladas a las fachadas, que permitían bajar planta a planta hasta la calle o cruzar hacia otro edificio.
La patente permitió cruzar hasta otro edificio por las azoteas
Connelly vivía en Filadelfia y presentó su patente en 1887 con apenas 19 años, en una época en la que las mujeres tenían un acceso muy limitado a ese tipo de trámites. El censo de 1920 la sitúa trabajando en una fábrica textil y viviendo como inquilina, lo que da una idea de su entorno. Sus padres eran de origen inglés y no hay apenas datos sobre su infancia, aunque su vida transcurrió en una ciudad en pleno crecimiento industrial.
Connelly describió su invento en la patente explicando que su “invención se refiere a mejoras en los escapes de incendios y consiste en un puente rodeado por una barandilla con aberturas en sus extremos”. Ese diseño permitía subir hasta el tejado y cruzar a otro edificio a través de una estructura estable.






