Es esbelta, viste una camisa de lino azul, jeans de tiro alto y tenis Veja, lleva los rizos del pelo bien acomodados, sus gafas de armadura blanca, el piercing en la nariz, pero nada de esto hace tan particular a Darializa Ávila Chevalier como el momento en que su rostro apacible se transforma cuando tiene delante una injusticia. Entonces su cuerpo experimenta lo que ella llama “una reacción visceral”; lo dice y le cambia la expresión, y la chica de 32 años, la estudiante de posgrado de la zona alta de Manhattan, empieza a tomar la forma de la política, la primera de raíces dominicanas que podría llegar como congresista a Washington.Una tarde, durante la segunda semana de agosto, en que los estudiantes de toda Nueva York regresaban a la escuela, a Chevalier se le vio en el St. James Park, al noreste del Bronx, obsequiando mochilas y útiles escolares a los niños y padres del barrio que se agrupaban en una fila inacabable. Se acercaban uno a uno y ella les daba a escoger entre la mochila rosada o la gris, la de flores azules o la verde. Chevalier les sonreía, tímidamente. “Hola, ¿cómo estás? ¿Cómo te llamas?”, les saludaba en inglés o español. A su lado permanecía el boricua Gustavo Rivera, senador estatal demócrata de Nueva York, quien desde hace 16 años representa el Distrito Senatorial 33, en el Bronx. Mientras Darializa distribuía los obsequios, Rivera se adelantaba: —¿Saben quién es ella? Es Darializa Ávila Chevalier. Ella va a ser su próxima congresista —le aseguraba Rivera a la gente.Los niños y los padres la miraban, asentían, agarraban su mochila y seguían su camino. Rivera sabe lo que está haciendo: el político “viejo” le está mostrando a su gente a la política nueva, está ofreciendo lo que él ha cultivado en más de una década en el vecindario. “Muchos no la conocen todavía y yo les estoy diciendo: confíen en mí. Ella va a hacer el trabajo que tiene que hacer. Tiene los intereses de la clase trabajadora en el centro de su plan político”, dice Rivera.Ahora su rostro aparece en las revistas y shows más prominentes de la ciudad, pero hasta hace unos meses Chevalier era una desconocida, alguien que había pasado sus últimos 14 años como organizadora comunitaria, un trabajo, según ella, al que casi nadie “da las gracias, que no tiene nombre”. De hecho, cuando el congresista veterano Adriano Espaillat, de 71 años, fue su contrincante en la carrera de cara a las primarias demócratas del 23 de junio de 2026, peleando codo a codo el distrito congresional número 13 —que incluye el Alto Manhattan, con bastiones como Harlem o Washington Heights, y parte del Bronx—, el también presidente del Caucus Hispano del Congreso recordó varias veces a los votantes que se trataba de una joven sin experiencia en cargos públicos. Otra de las verdades con la que pensó que iba a acabar con Chevalier fue con la idea de hacerle saber a los neoyorquinos que ella, en realidad, era alguien de Florida, e incluso alguna vez insinuó que la gente así debía ser enviada “de vuelta a casa”.Espaillat llegó de niño desde la República Dominicana, había vivido como un indocumentado y fue uno de los primeros migrantes en entrar al Congreso, puesto en el que está desde que sucedió a Charles B. Rangel hace 10 años. Nueva York lo había hecho un neoyorquino, como hizo con Chevalier desde que se mudó a la ciudad, a sus 18 años, para estudiar en la Universidad de Columbia. “Yo amo esta ciudad, es la ciudad que me hizo la mujer que soy”, dice Chevalier. Si le piden alguna recomendación sobre un sitio para fiestar o comer en Miami, el lugar donde nació en 1993, ella no sabría qué decirles. Pero si averiguan por algún spot en Harlem o Washington Heights, enseguida mencionará el Harlem ‘s Hub, el Barawine, o el Papasito, en la calle Dyckman. “Allí iba con mis amigas, pero cerró con la pandemia, lo extrañamos mucho”, se lamenta. En un momento Chevalier empezó a convertirse en un rival serio contra Espaillat: el día en que la gente decidió depositar su fe en alguien que no fuera un candidato acomodado del establishment. A Chevalier tuvieron que convencerla para que entrara en la contienda. “No era algo que yo había ambicionado”, confiesa. Pero la gente, sus amigos, sus vecinos, estaban demasiado insatisfechos con el estado de la ciudad y del país. “Todo el sufrimiento de nuestra comunidad es una decisión política que se hizo sin su consentimiento. Hemos visto políticos que, después de que ganan un puesto, solo queda su nombre y no los vemos más hasta la próxima elección, sin proponer un movimiento que verdaderamente permita que la gente participe de su propio gobierno”.Ese movimiento era posible, y se lo demostró “Zohran”, a secas, como le llaman los que conocen de cerca o quieren al ex cantante de hip-hop, que llegó de Uganda a los 7 años, musulmán, organizador comunitario y declaradamente socialista. En solo unos meses, el mundo comenzaría a nombrarlo por su apellido, Mamdani, cuando ya había alborotado Nueva York con un ejército de más de 100.000 voluntarios que tocaron puertas en los cinco condados hasta llevarlo al puesto de alcalde. “Si Zohran no lo hubiese hecho como lo hizo, no hubiese tenido un ejemplo de que es posible construir una campaña que se enfocara en el proceso de organizar, incluir a la comunidad en esa victoria y tener un proyecto político que le dé poder a la gente”, asegura Chevalier. Un año después de esa campaña, era ella la que volvía a poner patas arriba a una parte de Nueva York, tras ser propuesta para postularse al Congreso por Justice Democrats, el mismo grupo político que apostó por Alexandria Ocasio-Cortez hace una década. Se trataba de una mujer afrolatina, joven, apuesta, bilingüe, abiertamente propalestina, miembro del Partido Socialista Democrático (DSA), graduada de una universidad Ivy League, a quien nadie —más allá de sus padres, un chofer de camiones y una trabajadora social de oenegés— le regaló nada. El día en que Mamdani retiró su apoyo a Espaillat para endosar a Chevalier, la contienda, que ya venía siendo seria, tomó un tono aún más violento. Chevalier era un candidato para preocuparse, y la atacaron con toda la rabia de quien ve peligrar el poder entre sus manos. Una inquebrantable conciencia social forjada en la infanciaSus padres habían llegado de República Dominicana en los tempranos años noventa y se habían instalado en Miami. Chevalier nació, regresaron a la isla y allí ella permaneció su primer año y medio de vida. De vuelta en Miami, la situación no fue fácil. Cuando tenía tres años sus padres se separaron y la madre enfrentó el desafío de criar a una niña sola. “Mi mamá luchaba mucho para que le alcanzara el sueldo para pagar la renta”, cuenta Chevalier. Se mudaron mucho de apartamento. “Cada vez que aumentaba la renta, íbamos a otro. Hubo momentos de mi vida donde teníamos que viajar más de una hora para llegar a la escuela. Vivía con esa sensación de siempre estar en un corre corre”.En una ocasión, Chevalier iba rumbo a la escuela en el auto junto a su madre y tuvieron que detenerse en una gasolinera. “No alcanzaba el dinero para la gasolina y mi mamá me dijo: ‘agáchate a buscar monedas’. Con las que encontré, no alcanzó ni para un dólar. Yo entré a la gasolinera, un hombre me miró, miró a mi mamá, y me dijo: ‘dile que le puse cinco dólares”. Ese fue, sin darse cuenta entonces, el momento en que Chevalier se convirtió en un sujeto político. “Fue la primera vez que entendí la clase económica, o que yo era parte de una clase económica pobre. Y el hecho de que había una persona que no nos conocía, que quería asegurarse de que estuviéramos bien, para mí fue importante y se quedó en mi mente toda la vida”.La casa familiar no era un sitio donde se hablara particularmente de política, pero se discutía sobre la vida tal y como es. “En la fiesta o en la mesa del comedor se hablaba sobre a quién se le iban a acabar los beneficios, cuánto costaba cambiar el estatus migratorio, si a la vecina le estaba pasando algo con la migra. Esa era la forma en la que se hablaba de política en mi casa”. Hace poco, no obstante, tuvo una conversación con su abuela sobre el abuelo, quien luchó contra las dictaduras de Rafael Leónidas Trujillo y Joaquín Balaguer en República Dominicana. Al abuelo lo tildaron de lo que ahora la nombran a ella: radical, comunista. “Pero la realidad era que él no toleraba ver a la gente sufrir”, dice Chevalier. “Siempre me pregunto, cuando veo algún tipo de injusticia, ¿qué puedo hacer yo para aliviar esos sufrimientos? A veces, desafortunadamente, la respuesta es nada, no tengo el poder para cambiar esas circunstancias. Pero cuando es posible, lo veo como algo necesario”.A los 18 años, Chevalier, que siempre visitó Nueva York, donde vivía parte de su familia, fue aceptada en la Universidad de Columbia. “Para mis padres la educación siempre fue dignidad”, dice ella. En el verano de 2014 hizo un viaje del que no hubo vuelta atrás. Se fue por dos meses a realizar una pasantía en un centro de la organización Tomorrow’s Youth en Nablus, una de las ciudades más grandes de Cisjordania. “Fue la primera vez que estuve en un área de tanto conflicto, bajo ocupación militar”, dice. En un momento, mientras trabajaba con estudiantes de cuatro y cinco años, sintió que la mayoría estaba llorando. “Habían visto una redada en uno de los campamentos de refugiados cerca de allí, y las familias de varios estudiantes fueron detenidas por el ejército israelí, sin motivos. Yo, a los 20 años, no tenía las palabras para procesar eso. Hay tantas situaciones que vi en ese viaje que me transformaron y transformaron la manera en cómo yo entiendo la función del Estado. No solo allá, también aquí”.De regreso a Nueva York, se unió a la sección universitaria de Estudiantes por la Justicia en Palestina, y cuando el 7 de octubre el mundo supo de los ataques de Hamás en territorio israelí, ella salió al siguiente día con su kufiya a manifestarse bajo los neones de Times Square, una marcha que la gobernadora Kathy Hochul calificó de “abominable y moralmente repugnante”. Casi tres años después, en el ruedo electoral de las primarias demócratas del Alto Manhattan, Espaillat y sus seguidores creyeron que la causa propalestina podía ser un as bajo la manga para derribar a Chevalier. Recordaron aquella simbólica marcha en el corazón de la ciudad, dijeron que había celebrado la muerte de civiles israelíes, la llamaron “ultraconservadora palestina” y la acusaron de querer convertir Washington Heights, el barrio dominicano por excelencia, en “un bastión de la comunidad haitiana y musulmana”.Pero las reglas del juego político se estaban transformando. Ya habían empezado a cambiar desde que el apoyo a la causa palestina no fuera un freno para que Mamdani se agenciara el voto de los neoyorquinos. Cuando otros optaban por callar a cambio de conservar un puesto de trabajo o un salario, los democráticos socialistas estaban hablando de genocidio. De hecho, Chevalier en más de una ocasión criticó a Espaillat por nunca haber dado una respuesta clara a la guerra en Gaza, o no haber apoyado al estudiante palestino Mahmoud Khalil durante el tiempo en que estuvo detenido por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), la agencia que piensa tratar de abolir si llega a ser congresista.“Para mí, un sistema migratorio justo, que le dé dignidad a los migrantes, no solamente es necesario, sino posible”, sostiene Chevalier, quien estudia un doctorado en sociología en el Centro de Posgrado de CUNY, donde trabaja las deportaciones de migrantes en su tesis doctoral. “Lo que estamos viendo es un riesgo enorme a la seguridad de nuestra comunidad. A la gente la están matando en la calle, están separando niños de sus familias, encarcelándolos y desapareciéndolos en centros de detención”, sostiene.Como otros miembros del DSA, Chevalier convirtió en uno de sus principales dardos los miles de dólares de financiación que recibía Espaillat del Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC), el lobby sionista que en mayo pasado invirtió 650.000 dólares en un Super PAC con el fin de derrotarla. Chevalier hizo de su principal lema de campaña casi una consigna: “Bebés, no bombas”.Pero Espaillat no se quedaría tan quieto. El dominicano y sus seguidores la acusaron de profanar la bandera dominicana; se inventaron que su nacionalidad, en una estrategia abiertamente racista, era haitiana; rescataron algunos de los tuits del pasado donde Chevalier escribió “Que se joda Kamala Harris”, o en el que dijo sobre Joe Biden: “Nunca votaré a un violador”. Chevalier, luego, se disculpó por sus tuits. Aun así, nada detuvo que ese 23 de junio se llevara más del 49% de los votos de los residentes del Alto Manhattan, que fuera una de los tres candidatos demócratas que ganaran tras ser respaldados por Mamdani como una arriesgada apuesta política, demostrando que el alcalde y el DSA tenían toda la fuerza del respaldo que Nueva York les había concedido. Se fueron todos a celebrar al restaurante puertorriqueño Sofrito, de West Harlem, en una fiesta no ya solamente por la victoria contra Espaillat, sino por el triunfo de otro democrático socialista sobre toda una clase económica y política en la era de Donald Trump.Chevalier nunca temió que su contienda estuviera en riesgo por el hecho de que le llamaran socialista de modo despectivo, o que la tildaran de comunista. Toda una generación de políticos lo está reivindicando. “Para mí el socialismo siempre ha sido la idea de que la gente trabajadora de este país merece beneficiarse de las riquezas que ellos mismos producen”, asegura. “No tiene sentido que en la ciudad más rica del país más rico de la historia del mundo, tengamos dos de los distritos congresionales más pobres, incluyendo el mío. Necesitamos un sistema económico que le dé dignidad a la gente. Que puedan decidir cómo se usan los impuestos que pagan. Eso es un proceso democrático. Lo que tenemos ahora mismo es un sistema donde las corporaciones, y ciertas personas, están comprando nuestras elecciones. En mi distrito el 26% de la gente vive en pobreza y el 40% de nuestros niños viven en pobreza. Eso es un sistema roto”.—¿Y ese socialismo es posible en un país como Estados Unidos, meca del capitalismo, y en una ciudad como Nueva York, cuna de Wall Street?— se le pregunta a Chevalier.—No solamente es posible, se ha hecho— responde. —Las políticas más populares de este país, en su historia, son políticas socialistas. Un ejemplo moderno es el Social Security y el Medicare, son sistemas tan populares que estamos siempre luchando para que no se corten. Y nosotros merecemos un sistema que reconozca eso.Durante la celebración de su victoria en Sofrito, mientras coreaban y bailaban, Mamdani agarró el micrófono y dijo que no había “nadie mejor que una persona con claridad, conciencia y convicción para ser la próxima congresista” del distrito, uno en el que viven principalmente comunidades negras e hispanas de clase trabajadora de la ciudad.“Para mí significa tanto. No solamente sería la primera dominicana, sino la primera mujer en este distrito, y sería una de las pocas personas en el Congreso que también puede hablar directamente en español con la comunidad latina”, dice Chevalier. “Es una responsabilidad muy grande tomar esta posición, es una responsabilidad con una comunidad que se ha sentido abandonada”.Si gana la elección el 3 de noviembre de 2026 por el escaño para la Cámara de Representantes, como se espera que hará en un distrito casi completamente azul, ya tiene en mente la agenda con la que va a llegar en su primer día como congresista. “Hay dos cosas en las que me voy a enfocar: que tengamos vivienda asequible y digna para todos, y que estemos erradicando la pobreza infantil. Eso nos debe dar vergüenza al país entero y sabemos cuáles son las soluciones, porque ya las hemos implementado, pero no tenemos actualmente la voluntad política para alentarlas”.El nuevo año, si las cosas van como parecen, Darializa pisará con determinación las calles de Washington.
Darializa Ávila Chevalier, la socialista afrolatina que tiene un pie en el Congreso: “Necesitamos un sistema económico que le dé dignidad a la gente”
La mujer de raíces dominicanas, respaldada por Mamdani y que pide abolir el ICE, sorprendió al ganar las primarias demócratas en Nueva York







