Tennessee WilliamsDramaturgo. Autor de 'El zoo de cristal' y 'Un tranvía llamado deseo'Vino de Columbus,Misisipi​Se alojó en Hotel colón, en la plaza de la catedral​Vino entre 1953 y 1958La noche del estreno de Un tranvía llamado deseo en un teatro de Broadway, el 3 de diciembre de 1947, con un desconocido Marlon Brando sobre las tablas, el público se puso en pie tras la caída del telón y sostuvo una ovación cerrada de siete minutos. El éxito del montaje y un premio Pulitzer le granjearon a Tennessee Williams (Columbus, Misisipi, 1911-Nueva York, 1983) un colchón económico suficiente como para cruzar el charco atlántico por primera vez, hacerse con un pied-à-terre en Roma y, desde allí, escaparse con frecuencia a Barcelona. Entre 1953 y 1958, el dramaturgo norteamericano visitó la capital catalana todos los veranos, cada vez que necesitaba un espolazo para no sucumbir a la “vieja modorra” canicular. Un adelanto: el whisky español le sabía a garrafón, pero consideraba el agua Solares “la mejor del mundo”.Confiesa el autor de La noche de la iguana en sus memorias que solo tres lugares le proporcionaron mañanas espléndidas para la escritura: su guarida neoyorquina, el estudio de Cayo Hueso (Florida) y, por supuesto, las habitaciones del hotel Colón, en la plaza de la Catedral, su refugio barcelonés. En cambio, Roma y el ferragosto le enervaban; no conseguía concentración. O quizá los blandía como pretexto para separarse de su amante y escabullirse a Barcelona cada vez que reñían: Frank Merlo, un actor italoamericano, su secretario durante años; el hombre que mejor supo quererle.Solo tres lugares le proporcionaron mañanas espléndidas para escribir, entre ellos BarcelonaTennessee dejó a su muerte treinta libretas que peinó cuidadosamente la escritora norteamericana Margaret Bradham Thornton ( Notebooks, Yale University Press), un diario íntimo cuyas entradas, más genuinas y crudas que el relato autobiográfico, detallan sus correrías peninsulares; visitó Madrid y Valencia, pero Barcelona, aquella ciudad que apenas levantaba el testuz de la cartilla de racionamiento, siguió siendo su guarida favorita. Aquí se construyó una rutina a la medida: mañanas de trabajo (si se daba) y mediodías de paella y playa. “Mar, sol y quizá, quién sabe”, anota. Se refería a los chicos, a los buscavidas que le vaciaban la cajetilla de rubio, a los chaperos que solía encontrar en los Baños de San Sebastián, en la Barceloneta, entonces muy cercanos a las barracas del Somorrostro. El sábado 11 de julio de 1953, el escritor relata que ha pasado seis horas en dicho lugar y mantenido un affaire , “en mi caseta de baño”, con un chico que le había “proporcionado” un empresario del cotarro nocturno.Resulta muy significativo que De repente, el último verano (1959), cuyo guion cinematográfico Tennessee coescribió con Gore Vidal, desplace ecos de sus veranos barceloneses a una localidad ficticia, Cabeza de Lobo, con una playa llamada San Sebastián, donde encuentra la muerte uno de los personajes, el poeta homosexual Sebastian (otra vez) Venables, asaltado y casi devorado por una turba de chiquillos hambrientos. Por cierto, las escenas más álgidas del filme —con Liz Taylor, Montgomery Clift y Katharine Hepburn— se rodaron en la playa y el castillo de Begur, aunque el estreno en España tuvo que esperar veinte años, hasta 1979. ¿Gays? ¿Complejo de Edipo? ¿Caníbales? No: la censura franquista no iba tragar con eso ni aun envuelto en gótico sureño. Dirigida por Joseph L. Mankiewicz, constituye una película soberbia que explora el miedo a la locura que tanto atormentó al escritor desde que le practicaron una lobotomía a su hermana. Jamás se lo perdonó a sus padres.En la ciudad, el ilustre huésped cuenta con algunos conocidos: Antonio de Cabo y Rafael Richart, fundadores del Teatro de Cámara, que consiguió estrenar en 1950 un par de obras del dramaturgo ( El zoo de cristal y Un tranvía… ); y el escritor y periodista de La Vanguardia Ángel Zúñiga, quien guía sus pasos por el barrio chino (el norteamericano lo transcribe en sus libretas como “Barachina” y el célebre restaurante como Los “ Carrocoles”). En una ocasión en que el expat contrae una gastroenteritis –a saber dónde comió– es precisamente Zúñiga quien le cuida, le vela el sueño en la alcoba del Colón y le suministra sulfanilamida (“me está matando con tanta amabilidad”, anota en el diario).En los sucesivos veranos barceloneses, Tennessee trasiega vino blanco y whisky (de importación), fuma kif con un tal Ahmed en un tugurio del chino, flirtea con un guapo bailaor flamenco pocket size , acude a las corridas de toros hasta tres veces por semana, compra la revista Time en la Rambla, se cita con Jean Cocteau, derrocha dinero “como un marinero borracho”, escucha en la catedral un coro que interpreta canciones del folclore catalán y visita a diario los Baños de San Sebastián, donde le zarandea a veces algún ramalazo de melancolía.El lunes, 14 de agosto de 1954, a las siete de la mañana, apostilla en el cuaderno: “La verdad es que España apesta. Supongo que eso es lo que sucede con cualquier país fascista”. Nada más, ni media frase aclaratoria. ¿Qué le ocurrió? Fue una lástima que Tennessee abandonara el hábito diarístico durante más de veinte años, entre 1958 y 1979; por lo menos, las libretas jamás aparecieron. A buen seguro que todas esas noches silenciadas solo consiguió dormirlas a base de barbitúricos, Nembutal y Seconal; las pinkies , las llamaba. Tenía los nervios rotos de no hallar la veta creativa.