Este año, la conmemoración del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria adquiere un significado especialmente inquietante. La asistencia humanitaria está siendo atacada. Trabajadores y trabajadoras humanitarios están siendo asesinados, instalaciones atacadas y se impide el acceso a las personas que necesitan ayuda, al mismo tiempo que disminuyen los recursos para responder a unas necesidades cada vez mayores.

Gaza es hoy uno de los ejemplos más extremos de esta crisis. Desde octubre de 2023, 393 trabajdores y trabajadoras humanitarios de UNRWA han sido asesinados en Gaza.

Detrás de cada cifra hay una persona, una familia y una comunidad. Son profesores, médicas, enfermeros, psicólogas, trabajadores sociales, ingenieros, conductores y personal de saneamiento. Pero también son madres, padres, hijos, hermanas, amigos y vecinos.

Son palestinos y palestinas que no llegan a Gaza para prestar ayuda y después marcharse. Viven allí. Forman parte de las mismas comunidades a las que atienden. Muchos han perdido familiares, sus casas o han tenido que desplazarse y, aun así, continúan trabajando.

Quienes salvan vidas nunca deberían convertirse en un objetivo.