Una empresa puede calcular el dólar, proyectar la inflación y anticipar cambios regulatorios. Lo que difícilmente pueda resolver de un día para otro es la pérdida de un proveedor estratégico, el cierre de una ruta marítima o una sanción que deje fuera de alcance una tecnología indispensable. Ese tipo de riesgo ya no pertenece solamente al terreno de la diplomacia. Llegó a las empresas. Durante años actuamos como si la estabilidad internacional fuera una condición permanente de la economía. Las decisiones de inversión y producción se apoyaban, sobre todo, en costos, productividad, oferta y demanda. La lógica era razonable: producir donde resultara más barato, comprar al proveedor más eficiente e invertir en el mercado con mejores perspectivas. La seguridad internacional parecía un asunto reservado a los Estados, las Fuerzas Armadas o los especialistas. Ese supuesto quedó viejo. La competencia entre Estados Unidos y China, la pandemia, la invasión rusa de Ucrania, las sanciones económicas y los conflictos en Medio Oriente mostraron la velocidad con la que una crisis lejana puede llegar a una planta industrial. A veces lo hace en forma de un insumo que no llega. Otras, mediante un flete más caro, una restricción tecnológica, la falta de energía o la pérdida de un mercado.
La nueva variable empresarial: la seguridad internacional
Las empresas argentinas aprendieron a seguir el dólar, la inflación y cada cambio regulatorio. Pero el esceanario cambió: “estamos ante una globalización diferente: más fragmentada, más competitiva y atravesada por razones de seguridad”.







