Desde su llegada a la Casa Blanca, los analistas de política exterior han insistido en la importancia de centrarse en las acciones de Donald Trump y no en su retórica. La reciente orden del presidente estadounidense de reducir sustancialmente las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur envía una señal que ni Seúl ni el conjunto de la región pueden ignorar. Es la enésima manifestación de un patrón que pasa por la adopción de medidas de presión y castigo sobre sus aliados mientras estrecha la relación personal con líderes autoritarios. El episodio arroja dudas sobre la política de seguridad nacional de EE UU en Asia-Pacífico frente al creciente poder militar de China, al tiempo que recuerda a los aliados la necesidad de hacerse cargo de su propia defensa con la mayor rapidez posible. Trump reprocha a Seúl que se negara a sumarse a la operación contra Irán y que no haya puesto en marcha ninguno de los proyectos de inversión por 350.000 millones de dólares a los que se comprometió en el acuerdo comercial con EE UU para evitar la imposición de aranceles. Asume a cambio el argumentario de Pyongyang de que se trata de operaciones “inapropiadas y hostiles”. EE UU y Corea del Sur han realizado ejercicios militares anuales desde hace más de 70 años, una pieza decisiva del andamiaje que ha sostenido la península de Corea desde 1953 y de la arquitectura defensiva de Asia-Pacífico. Sirven para disuadir a potenciales adversarios, en este caso a Corea del Norte, pero también para mostrar cohesión entre los aliados frente a la amenaza china, mejorar la interoperabilidad de las fuerzas militares y reafirmar el compromiso de seguridad de Washington con la región. Una estrategia que ahora queda definitivamente cuestionada. Este mes, el portaaviones USS George Washington zarpó del Pacífico con rumbo al mar Arábigo, lo que deja a la región sin la presencia de ningún portaaviones estadounidense. En marzo, el Pentágono retiró de Corea del Sur parte del sistema de defensa antimisiles THAAD —una importante capa de las defensas aéreas del país— al reorientar de nuevo sus recursos hacia Oriente Próximo. Las maniobras militares suponen un innegable coste económico y de munición y ahí queda en evidencia el impacto de la guerra con Irán sobre los arsenales estadounidenses. La situación ha puesto en alerta a sus aliados, que ven cómo se retrasan los envíos de armas, incluidos los misiles Tomahawk a Japón y la histórica venta de armas a Taiwán, ante las protestas de Pekín. Si alguien puede mostrarse satisfecho con este giro de guion es el presidente chino, Xi Jinping, quien viajará a Washington dentro de cinco semanas.