Federico Sturzenegger estaba hecho un manojo de nervios. Aunque le gusta que se lo retrate como un hombre de elevado nivel intelectual y formas refinadas, cuando pierde los estribos es como cualquier hijo de vecino. Aquella noche, a principios de julio, estaba en esa sintonía: venía de defender en medios y redes una ley polémica, uno de esos proyectos estrambóticos que nacen de largas veladas en la Quinta de Olivos, un cóctel que combina latas de bebida energizante y dibujos en hojas blancas de los cuales el ministro suele salir con el apoyo del Presidente para alguna idea que piensan revolucionaria.
Ese ímpetu guevarista suele chocar con varios escollos. A veces esa traba es la realidad, las complicaciones políticas, la falta de números en el Congreso, la zancada de los propios funcionarios o legisladores que están hartos de poner la cara por “el Coloso” o el desgaste propio de la gestión, y otras es simplemente por la convicción de hierro del ministro.
Por eso aquella noche el funcionario se vio atrapado en el peor de los infiernos: obligado a enfrentar a su propio ego. El tema que había defendido en esos días, con el que pretendía posicionar a la Argentina como el país del futuro de la tecnología de avanzada, era sobre un campo que no conocía en profundidad. Había tenido un puñado de reuniones con especialistas, pero el mundo tech y la inteligencia artificial están lejos de sus campos de expertise. Tan es así que aquel día abrió “X”, la red social que más usa, y se topó con largos hilos donde gente que efectivamente había estudiado la materia le marcaba distintos errores técnicos en sus presentaciones. Y verse expuesto en un error fue demasiado para el ministro: a varios de ellos -gente especialista en lo suyo pero que jamás tuvo una función pública o un perfil especialmente alto- les mandó mensajes personales, un “inbox”, que incluían insultos y descalificaciones.











