Hoy el Gobierno está utilizando de pararrayos a Federico Sturzenegger. Tras la caída de Adorni, el ala pragmática del Gobierno encabezada por Diego Santilli convenció a Karina Milei de que el ministro de Desregulación es el culpable de todos los males y las propias características de Sturzenegger ayudan a este fin, a que “se lleve la marca”, como se dice en política. El Quijote era un hombre enloquecido por las novelas de caballería que peleaba contra los molinos de viento por el amor de Dulcinea, que en realidad era una campesina que él idealizaba, Sturzenegger es un cruzado contra el intervencionismo estatal y las regulaciones, alguien que busca forzar la realidad a sus teorías para transformar a la Argentina real en sus idealizaciones y que a diferencia del protagonista de Cervantes, aún no ha depuesto sus armas a pesar de que este es su tercer combate y esté cerca probablemente de su tercera caída. Hay también, otra diferencia entre el Quijote original y este Quijote contra las regulaciones y la injerencia estatal. El original contaba con Sancho Panza, un seguidor que buscaba llevarlo a la realidad a que deje sus ensoñaciones de caballero, mientras que Sturzenegger cabalga junto a otro personaje, alguien que considera que es el enviado de Dios para hacer una revolución libertaria en Argentina más que por el éxito de la Argentina por su propio éxito en su carrera de celebridad internacional como mezcla de influencer y profeta.