En uno de sus cuentos, Ray Bradbury imagina una nave que viaja a un planeta para intentar resolver una incógnita: ninguna de las misiones anteriores regresó. Una vez allí, la tripulación descubre con sorpresa que ese lugar está habitado por sus antepasados. Los astronautas encuentran la casa de su infancia e incluso a sus padres muertos y a los afectos perdidos. El reencuentro anula toda posibilidad a la razón: se hunden en el mar de las emociones perdidas. Cuando intentan salir a flote, ya es tarde. Quedan atrapados allí para siempre.
Al repasar el decálogo que Tucker Carlson presentó como programa para una posible candidatura presidencial al frente de un tercer partido con el que pretende enfrentar en Estados Unidos al trumpismo y a los demócratas, se tiene la sensación de que cada promesa, cada propuesta, remite a la recuperación de una Arcadia perdida, un lugar que solo existe en el inconsciente colectivo al que solo se llega a través del arte o, en el caso que nos toca, del espectáculo.
Aunque la figura de Trump se asocia a un empresario del sector inmobiliario, se olvida que su popularidad, antesala de su proyección política, proviene de sus años al frente de The Apprentice, un concurso televisivo en el que hizo famosa la frase You´re fired! (¡Estás despedido!) para despachar a los concursantes eliminados (¿hay un gesto más trumpiano?). Tucker Carlson también es un presentador que alcanzó la fama en la pantalla de Fox apoyando las candidaturas de Trump. Como Carlson, además de showman es un buen escritor, gran parte de la agenda presidencial surgió de su programa. La sociedad del espectáculo, tal como la describió Guy Debord, en su máximo esplendor.










