0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialUn joven esconde un robot aspirador en el fondo de un armario. A oscuras, lo tapa con una manta. Le ha costado decidirse a hacerlo, es un último modelo, suave en las curvas, afilado en las esquinas. Una sirena de policía lo sobresalta, no pasa nada, suenan todo el rato, solo que en agosto se oyen más, con la ciudad desierta. El calor de la noche huele a asfalto. Las dudas de la vida también suenan más en las cabezas que giran en las almohadas a 35 grados, hasta la hora de levantarse para ir a trabajar. Pticica/iStockEl joven duda si darse una ducha fría. ¿Cuánto tardará el calor en volver a chuparle el tuétano? Camina descalzo hacia el lavabo. Verdaderamente, este suelo nunca estuvo tan limpio. Jamás. El agua fresca en la nuca lo devuelve a su último dilema existencial tecnológico. Este robot aspirador, que se ha regalado a sí mismo con la intimidad de sus ahorros, es brutal. Basta ver esas baldosas bajo sus dedos para sospechar que nadie aspira mejor. Tampoco la alegre y experimentada empleada de hogar que justo se ha ofrecido a venir a limpiar, ahora que ya no hace falta.El joven ve avanzar al robot en la oscuridad del pasillo y siente algo parecido al miedoEl tema lo tiene inquieto. El joven, recién incorporado a la vida laboral, ha descubierto que está metido en el Gran Rodillo: trabajar unas 14 horas al día para pagar el alquiler y ser competitivo para seguir trabajando. ¿De dónde sacar tiempo, además, para el duro y misterioso trabajo doméstico, habrá que comer y limpiar, una vez desertadas tantas amas de casa que lo invisibilizaban gratuitamente? El robot solucionó parte del problema. Hasta que se encontró en el ascensor con esta empleada, vieja conocida de la familia, pidiendo trabajo con una sonrisa y un parloteo tan terriblemente humanos que fue imposible decirle que no.Ahora el joven mira al robot de otro modo. Lo ve avanzar en la oscuridad del pasillo, con esos pilotos rojos como ojillos y las patitas negras repelando el polvo, y siente algo parecido al miedo. Quizás ha visto el verdadero rostro del artilugio, y hasta intuya que tiene algún tipo de complicidad con el Gran Rodillo. Por la mañana, la inocente empleada vendrá a limpiar dos horas. La noche antes, el joven esparce migas y trozos de queso en el salón, recocido por una culpa que no es suya.