Autocrítica es una palabra precisa. Es la capacidad de someter las propias ideas y decisiones al contraste de la experiencia: reconocer aciertos, errores, límites y usar ese juicio para corregir el rumbo. Eso fue, en buena medida, lo que hizo Gabriel Boric en la presentación de La Resaca, de Eugenio Tironi. Volvió sobre posiciones que marcaron su trayectoria y gobierno: los retiros previsionales, las acusaciones constitucionales, la seguridad, la conformación inicial del gabinete, la relación con el proceso constitucional y las examinó desde una perspectiva distinta de la que sostuvo en su momento.

Ese ejercicio tiene valor. No porque una autocrítica borre las consecuencias de las decisiones adoptadas, ni porque transforme retrospectivamente su sentido, sino porque revela la disposición a revisar las propias convicciones y adhesiones a la luz de lo aprendido. Al escucharlo, se advertía que no todo pasaba por una elaboración racional: persistían convicciones, lealtades y afectos que seguían gravitando. Esa tensión no desmerece la autocrítica; quizá la vuelve más interesante, porque muestra hasta qué punto aprender políticamente no consiste simplemente en sustituir unas ideas por otras.