"Necesitamos invertir en defensa", dijo el presidente de Brasil, Lula da Silva, en el lanzamiento de su candidatura a la reelección presidencial a principios de agosto de este 2026. "Quiero estar preparado para que nadie invada este país para llevarse al presidente", continuó. Si bien la frase aludió a un fuerte componente internacional (como la tensión con Donald Trump y la captura de Nicolás Maduro), dejó entrever la importancia que tiene la proyección militar de Itamaraty para posicionarse como potencia media en el Atlántico Sur. Pero además, para ampliar una industria de defensa en pleno auge, capaz de abastecer a sus Fuerzas Armadas de uno de los países con mayor extensión ribereña del mundo, y vender tecnología a sus vecinos, entre ellos Argentina. Una negociación que encaró el líder de Partido de los Trabajadores en el último año, al igual que otras variables de la balanza comercial bilateral, y que excedió a la enemistad ideológica que mantuvo con su par argentino Javier Milei al menos hasta la presencia de éste último en el acto de Flavio Bolsonaro de San Pablo que derivó en la reducción de la representación diplomática al encargado de negocios. Pero más allá de las diferencias políticas, en los últimos años Brasil construyó una estrategia militar a nivel internacional y local. Como telón de fondo, buscó apuntalar su liderazgo en una región protagonista de la agenda 2030, 2050 y el mayor desafío del siglo XXI: la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, y el reacomodamiento de potencias menores o "péndulo", que incluye a actores de peso como India o Sudáfrica.