Las armas de piedra obligaban a acercarse mucho a la presa y convertían la fuerza física en una ventaja durante la caza. Los antepasados humanos vivieron durante largos periodos con una exigencia corporal mayor que la habitual en muchas sociedades actuales, porque desplazarse, cargar, trepar, perseguir animales o defenderse requería músculos capaces de responder durante jornadas duras.

La fuerza variaba entre individuos y especies, y los neandertales muestran esqueletos especialmente robustos, con huesos gruesos y grandes zonas de inserción muscular. Frente a ese patrón, buena parte de la vida actual exige menos esfuerzo físico cotidiano, mientras el entrenamiento permite alcanzar niveles de fuerza muy altos. Una parte de aquella robustez pudo depender de diferencias biológicas que todavía pueden rastrearse.

Los neandertales desarrollaron una constitución especialmente robusta

Un estudio publicado en Current Biology ha encontrado una de esas diferencias en el receptor de la hormona del crecimiento, una proteína situada en la superficie de las células. El trabajo, dirigido por Hugo Zeberg, antropólogo evolutivo del Instituto Karolinska, y Philipp Kanis, investigador del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, identifica una variante heredada de los neandertales que responde con mayor intensidad a esa hormona.