“Tengo un nombre minoritario, en cierto modo extraño, que me ha obligado a múltiples contorsiones a lo largo de mi vida. Es constante la errata de mi nombre”, escribe Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) en su libro de ensayos El ojo en la mira (Ampersand), donde con humor expone lo que le provocó descubrir que su madre la había bautizado con el nombre de una perra. “La perra argentina de la novela El inglés de los güesos, de Benito Lynch, se llama Diamela. Iniciar de esa manera el sendero literario es complejo, en cierta forma humillante, pero acaso necesario. Fortaleció la necesidad de resistir las desafortunadas exposiciones públicas”.Es difícil separar la escritura de Diamela Eltit de aquellas intervenciones callejeras realizadas durante la dictadura chilena. Integró el CADA (Colectivo de Acciones de Arte), uno de los movimientos artísticos más radicales de esos años, y desde la publicación de Lumpérica, en 1983, fue construyendo una obra que nunca separó literatura y política. Recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile, el Carlos Fuentes y el FIL, dio clases en universidades como Cambridge, Columbia y NYU, pero sigue desconfiando de cualquier lugar de consagración.Llegó a Buenos Aires invitada por la Serie de Lecturas Frost, organizada por la Maestría en Escritura Creativa de la Untref. La conversación transcurre en una oficina del rectorado, en la casona de Juncal. Cuando le recuerdo el pasaje en el que cuenta que su madre la bautizó con el nombre de una perra, se ríe antes de responder.–Sí, me pienso como una perra literaria.–En El ojo en la mira hablás de tu nieto Diego frente al iPad. ¿Qué cambió en nuestra relación con la imagen desde la llegada de ese "Dios digital"?–Es un cambio de sujeto radical. En El ojo en la mira pienso en Diego porque él es un sujeto nuevo, que nace con el celular en la mano, con un recorrido psíquico distinto al de quienes empezamos con la máquina de escribir. Es similar a lo que ocurrió tras la Revolución Industrial: no es lo mismo viajar a caballo que subirse a un tren; el tren generó un sujeto distinto. Hoy vivimos una virtualización de los cuerpos, donde la gente prefiere que le roben la casa antes que el celular, porque ahí están todas sus funciones. Este “Dios digital”, manejado por un ultrapequeño grupo de hombres semidioses, ha capturado nuestra mirada. Es una conexión segmentada por algoritmos que vigilan y venden, transformándonos en “capital humano” y restándole intensidad a la comunidad real.–Comparás la inteligencia artificial con el monstruo de Frankenstein. ¿Por qué?–Mary Shelley imaginó un cuerpo generado por un padre científico mediante la suma de partes extraídas de otros; un cuerpo sin intervención materna. La IA es ese Frankenstein: una depredadora de fragmentos de toda la producción planetaria para establecer cuerpos científicos o culturales. Amazon ya permite publicar tres libros diarios escritos por IA. Frente a esto, yo reivindico la literatura artesanal, la que contempla el fracaso. La IA no contempla el fracaso porque está programada para el éxito, para “lo hecho”. El libro de autor, en cambio, tiene que ver con el deseo y la pulsión de construir algo nuevo desde la fragilidad.–Defendés la "infracción" poética y hasta reivindicás el "haiga". ¿Qué encuentra la literatura en esas hablas que la norma intenta corregir?–Porque el “haiga” lo construye una comunidad entera, no es un error individual. Si lo entendemos, es porque ese “haiga” nos habita, a pesar del escalofrío pedagógico que le dé a la Real Academia. Me interesa la literatura que rompe el pacto burgués y se arriesga con las hablas periféricas. La letra hoy está muy pedagogizada por el mercado, que dicta qué es “buena producción”. Escribir debe ser un acto de deseo que se fugue de esa burocracia.–Decís que "el mundo no estuvo pensado para que nadie escribiera". ¿Qué significa hoy sostener el oficio de escribir?–Significa un quiebre absoluto de la estructura. Hoy se habla constantemente de la falta de “capital humano”, un término que reduce la existencia a una función económica. El mundo está diseñado para que seamos capital, no para que nos detengamos a escribir. Por eso, escribir es una forma de fuga; nos permite salir por un rato de la burocracia de la vida para habitarnos en otros discursos e imágenes que nos sobrepasan. Es un acto de deseo que nos mantiene en un lugar de goce y pensamiento crítico, abriendo puertas que el sistema intenta clausurar.–En 1987 organizaste el primer congreso de escritoras en Chile. Sin embargo, hoy cuestionás la idea de "literatura de mujeres". ¿Qué cambió?–Es un tema complejo. En ese momento pensábamos, quizá con cierta ingenuidad, que si las mujeres hacíamos visible que también estábamos escribiendo, la equidad iba a llegar sola. Pero pasó otra cosa. Se consolidó una división tramposa: existe la "literatura de mujeres" y existe la "literatura". Eso supone que lo universal les pertenece a los hombres y que lo nuestro ocupa un lugar aparte, un gueto biológico. Yo nunca vi un congreso de "literatura de hombres", porque ellos ya ocupan el centro del canon. El sistema encuentra la manera de acomodar esas etiquetas para mantener el desbalance. Aspiro a que llegue el día en que un libro se lea por su potencia estética y no por el sexo de quien lo escribió.Yo nunca vi un congreso de "literatura de hombres", porque ellos ya ocupan el centro del canon.Diamela Eltit–En los últimos años también venís señalando un deterioro del lenguaje político. ¿Qué es lo que más te preocupa?–Me impresiona el nivel de agresividad. El maltrato se volvió parte del discurso público, sobre todo hacia las mujeres y las periodistas, a quienes se descalifica con una facilidad alarmante. Muchos de estos dirigentes provienen de una lógica televisiva donde la discusión consiste en anular al otro. Esa forma de hablar termina construyendo una forma de poder: una masculinización desesperada que necesita demostrar fuerza a través del insulto. No es solo una cuestión de estilo; es una forma de disciplinar y de reducir el espacio de lo común. En Chile, además, ese discurso convive con un regreso muy inquietante del imaginario pinochetista.–¿Dónde encontrás hoy la creatividad?–La creatividad artesanal radica en la unión del pensamiento y la escritura desde el deseo, algo que la IA no posee porque ella solo hace “lo hecho”. La creatividad hoy es la capacidad de generar escrituras descentradas que escapen al pragmatismo robótico de la letra y a la limpieza algorítmica. Me interesa la literatura más disruptiva, la que incorpora el mundo popular y sus hablas sin negarlas, porque esas hablas son poéticas construidas por comunidades enteras. La letra debe ser un territorio en disputa donde lo que importa no es la rentabilidad, sino la satisfacción y la audacia de instalar una estética propia.–¿En qué estás trabajando ahora?–Estoy trabajando, de manera todavía vaga, en algo sobre alguien que nació y murió en el año 1918. Me asombra profundamente cómo la gente y las sociedades borran la historia de sus pestes. En 1918 se vivió la gripe española, que mató a millones, y recientemente el covid mató a más gente que la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, mientras la guerra es un elemento activo sobre el cual se escriben libros y se filman películas, sobre estos males sociales se ejerce un silencio sorprendente, un olvido absoluto, como si nunca hubiera pasado nada. Me interesa explorar ese silencio, ese horror de no haber podido despedir a los muertos, a través de este personaje que apenas transitó el mundo. Como la imagen de un “vampiro bueno”.–¿Quién es ese vampiro bueno?–No es el vampiro de Drácula que depreda a los campesinos, sino otro sujeto que porta la memoria de lo que ha sido borrado. Este “vampiro bueno” es un foco de memoria. Me interesa salir del realismo para abordar la enfermedad y ese silencio posterior. El algoritmo hoy opera como un protagonista que asiste, vigila y vende, buscando una suerte de perfección técnica. Al rescatar esa vida mínima y frágil de 1918, lo que hago es oponer la finitud al delirio de grandeza del capitalismo digital, que incluso sueña con colonizar Marte. Es una forma de decir que, frente a la deshumanización tecnológica, todavía queda la letra artesanal para darnos un lugar de resistencia y pensamiento crítico.–¿Sigue siendo para vos la escritura un trabajo apasionante a pesar de que, como decís, “la letra no traiga moneda”?–Es que es una necesidad psíquica. Muy poca gente vive de lo que escribe; los escritores suelen tener otros oficios para subsistir, pero seguimos escribiendo porque hay una psique que nos ordena a través de la letra.Diamela Eltit básicoNació en Santiago, en 1947, y es graduada en Letras por las universidades de Chile y Católica. Es profesora titular en la Universidad Técnica Metropolitana de Chile y Distinguished Global Professor de la Universidad de Nueva York.Obtuvo el Premio Iberoamericano de Narrativa José Donoso (2010), el Premio Municipal de Literatura de Santiago, Chile (2017), el Premio Nacional de Literatura de Chile (2018), el Premio Carlos Fuentes (2021) y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de la Feria de la Asociación Civil Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (2021).Ocupó la Cátedra Simón Bolívar (2014-2015) en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Fue profesora visitante en las universidades de Berkeley, Columbia, Stanford, Johns Hopkins, Virginia y Pittsburgh.Ha publicado novelas como Lumpérica, Por la patria, El cuarto mundo, Vaca sagrada, Los vigilantes, Los trabajadores de la muerte, Mano de obra, Jamás el fuego nunca, Impuesto a la carne, Fuerzas especiales y Sumar.Además ha escrito los libros de ensayo Emergencias: escritos sobre literatura, arte y política, Signos vitales y Réplicas. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, italiano, griego y finés.