Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Cada vez que un país sufre una gran catástrofe se repite el mismo escándalo: el gobierno “rechaza la ayuda internacional”. Pasó tras el tsunami de 2004, Katrina, Sichuan y Tōhoku. En Nepal ocurrió lo contrario: llegaron tantos equipos después del terremoto de 2015 que el gobierno pidió que dejaran de venir. Más recientemente pasó en Marruecos y Venezuela. Conviene entonces empezar por lo que casi nadie dice: declinar es la regla, no la excepción. El problema comienza por llamar “ayuda internacional” a cosas completamente distintas. Una cosa es el dinero; otra son los insumos (alimentos, agua, medicamentos, carpas, plantas eléctricas o kits de emergencia); y otra muy diferente son los equipos especializados de búsqueda y rescate. Un país puede necesitar desesperadamente las primeras dos y no necesitar la tercera. El caso de El Salvador lo ilustra perfectamente. El gobierno de Nayib Bukele ofreció rescatistas. Colombia respondió que, por ahora, no los necesitaba. Pero El Salvador también ofreció ayuda humanitaria y está enviando dos aviones con alrededor de 100 toneladas de insumos. Decir entonces que “Colombia rechazó la ayuda de El Salvador” es, como mínimo, engañoso. ¿Y por qué rechazar rescatistas en medio de un terremoto? Porque Colombia, afortunadamente, no los necesita a todos. El país cuenta con 23 equipos USAR, especializados en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas. Son equipos entrenados precisamente para enfrentar terremotos como este. A ellos se suman bomberos, Cruz Roja, Defensa Civil, Fuerzas Militares y miles de voluntarios. Además, en una emergencia, más no siempre significa mejor. Un equipo extranjero no puede simplemente aterrizar, bajarse del avión y empezar a remover escombros. Hay que transportarlo, asignarle una zona, integrarlo al sistema de mando y coordinar su trabajo con quienes ya están operando. Por eso existen protocolos internacionales para determinar cuándo se requiere apoyo externo y qué capacidades hacen falta. Un equipo de rescate que se ofrece no es automáticamente un equipo de rescate que se necesita. Eso tampoco significa que la respuesta del Gobierno haya sido impecable. Durante las primeras horas ha habido señales de desorden, dificultades para coordinar algunos ofrecimientos internacionales y un despliegue desigual entre las regiones afectadas. Pero hay un contexto difícil de ignorar, y es que el terremoto sorprendió a un gobierno que llevaba apenas tres días gobernando. Eso no lo justifica, pero sí ayuda a explicarlo. Por otra parte, la oposición está llamada a actuar con responsabilidad. Criticar la desorganización es legítimo. Preguntar por qué determinada ayuda no ha llegado también. Incluso cuestionar si realmente tenemos suficientes rescatistas en todas las zonas afectadas. Lo que no es responsable es transformar “Colombia rechazó unos equipos de rescate” en “el Gobierno está rechazando la ayuda internacional”. Mucho menos insinuar que por razones políticas se está impidiendo que otros países ayuden a las víctimas. Una tragedia de esta magnitud no debería convertirse en una competencia por producir el trino más indignante. Critiquemos al Gobierno por su desorden, sus demoras y sus errores. Pero rechazar equipos que no se necesitan no es rechazar ayuda: también puede ser administrar bien una emergencia. Por Santiago Vélez PosadaAbogado de la Universidad Externado de Colombia y empresario. Ha trabajado en temas de derecho, comercio internacional, emprendimiento y comunicación digital. Escribe sobre política, opinión pública y cultura. Vive en Medellín.Conoce más
Colombia no está rechazando la ayuda
“¿Por qué rechazar rescatistas en medio de un terremoto? Porque Colombia, afortunadamente, no los necesita a todos”: Santiago Vélez Posada










