0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLejos de apaciguarse, el conflicto entre España y Marruecos sube de tono. Cada día se declaran nuevas hostilidades. Rabat ha vuelto a poner sobre la mesa su reivindicación sobre Ceuta y Melilla y ha amagado con suspender el acuerdo de extradición con España, mientras el PP reclama al Gobierno que llame a consultas al embajador marroquí en Madrid. La tensión entre ambas capitales es evidente de puertas afuera. En pleno auge global de las pulsiones nacionales, políticos de todo el planeta fidelizan a sus votantes echando mano del viejo recurso de culpar al extranjero. La crisis del Estrecho se puede leer también en este contexto. Pero que los países escenifiquen sus disputas en la esfera pública no implica que entre bastidores no se hagan esfuerzos diplomáticos para reconducir las crisis.Soldados españoles frente a un grupo de migrantes,el 31 de julio en Ceuta Antonio Sempere / Ap-LaPresseLa historia de las relaciones entre España y Marruecos está llena de gestos que han ayudado a desencallar situaciones complejas. Lo exponía muy bien ayer en este diario el historiador Sergio Molina García, quien concluía que lo que hace especialmente peligrosa la actual crisis es la xenofobia rampante en nuestras sociedades. Uno de aquellos gestos fue la entrega por parte de España a Hasán II, en 1979, de unos ciervos para el coto del monarca, un regalo destinado a facilitar un acuerdo en el conflicto pesquero entre los dos países. El ministro de Agricultura y Pesca de entonces, Jaime Lamo de Espinosa, explicó años después que el rey marroquí hubiera preferido cabras hispánicas en lugar de ciervos. Es probable que, al tratarse de una especie protegida, se optara por enviar los cérvidos.Frenar el salto a España de inmigrantes subsaharianos, guardar silencio ante asuntos espinosos o dar un volantazo a la doctrina de décadas sobre el Sáhara son deferencias que han mostrado las dos partes en los últimos tiempos. Por desgracia, no se dan las condiciones políticas para consolidar una sólida relación bilateral a salvo de sobresaltos. Hay demasiados factores en contra, como el inevitable acercamiento español a Argelia, la intromisión en la región de Donald Trump o el escollo de Ceuta y Melilla.Por todo ello, habrá que seguir afinando muy bien los gestos. Si Marruecos ansía tanto como parece la final del Mundial del 2030 (las cabras), no se conformará con los ciervos (el partido del tercer y cuarto puesto).Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: 'Siete días en la Riviera'