A veces, marcharse no significa dejar de amar; significa recordar que también debemos aprender a respetarnos y a tener dignidad para irnos en busca de algo mejor. Existen batallas sentimentales que un hombre puede librar durante años sin darse cuenta de que, mientras intenta conservar a alguien, poco a poco comienza a perderse a sí mismo. Hay veces en las que la persona se acostumbra a esperar. Espera una llamada, un mensaje, una explicación, una muestra de afecto. Incluso llega a tolerar silencios que duelen, justifica indiferencias y convierte las disculpas en una rutina. Todo con la esperanza de que algún día la otra persona comprenda cuánto vale y cuánto está dispuesto a entregar en la relación.PublicidadSin embargo, ninguna relación saludable debería construirse sobre la permanente necesidad de demostrar que merecemos ser queridos. Y es que amar no significa perseguir. Amar tampoco significa aceptar cualquier comportamiento por miedo a quedarse solo. Además, el afecto verdadero necesita reciprocidad, respeto, comunicación y voluntad de caminar en la misma dirección. Por eso, existe un momento decisivo en la vida de todo ser humano: aquel en el que comprende que insistir demasiado puede convertirse en una forma de humillación personal. PublicidadPublicidadEntonces llega el silencio. No el silencio del resentimiento ni el de la venganza, sino el silencio de quien finalmente entendió. De quien deja de buscar explicaciones donde ya no existen respuestas. De quien deja de tocar una puerta que nadie desea abrir. Y algo extraordinario comienza a suceder: recupera su tranquilidad. Ya no necesita perseguir a nadie para sentirse importante. Ya no mide su valor por la cantidad de mensajes que recibe ni por el interés que otra persona demuestra. Empieza a reconstruir su autoestima, sus proyectos, sus amistades y, sobre todo, su propia paz.Quizá algún día aquella persona advierta su ausencia. Quizá comprenda demasiado tarde lo que perdió. Pero esa ya no debería ser la razón para marcharse. La verdadera razón es mucho más profunda: nadie debe permanecer donde tiene que rogar para ser valorado. Porque algunas personas solamente descubren el verdadero significado de una presencia cuando esa presencia deja de estar disponible. Y cuando llega ese momento, el hombre ya no necesita regresar. No porque haya dejado de amar, sino porque finalmente aprendió a amarse también a sí mismo. (O)Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El CocaPublicidad
Cuando el amor deja de ser recíproco, la dignidad debe prevalecer
Y es que amar no significa perseguir. Amar tampoco significa aceptar cualquier comportamiento por miedo a quedarse solo.






