Por culpa de la siesta, el mensaje sonó como un pitido lejano. Pasado un rato, se echó mano al móvil para comprobar quién escribía ese sábado, 14 de diciembre de 2024, a las tres de la tarde. El interlocutor enviaba un incidente policial: una información escueta, que tampoco habría tenido más recorrido. Decía que un excursionista de 71 años había muerto en un accidente en un camino que lleva a Montserrat, la montaña con el monasterio más simbólico de Cataluña. Pero el contexto, a continuación, lo cambiaba todo: “Es el fundador de Mango, Isak Andic”. A las ocho de la mañana de un miércoles achicharrante de agosto de 2026 solo se oyen de fondo las campanas de la iglesia de Collbató, el municipio más cercano al camino de las Feixades. Casi dos años y ríos de tinta después, la ruta por la que cayó Isak Andic luce algo distinta. Solo subir los 400 metros de cuesta asfaltados, un cartel nuevo indica algunas precauciones básicas antes de adentrarse en el maravilloso mundo de la naturaleza: usar “ropa y calzado adecuados”, consultar la previsión meteorológica, llevar GPS, tener agua, comida, protección solar, y no ir solo. Incumpliendo la última de las recomendaciones, un corredor sube al trote los 187 peldaños previos al camino. Sería inhumano detenerle en ese momento para charlar. Una situación distinta a la del siguiente runner que aparece, un rato después, a paso ligero, en llano. Con algo de engorro, se aparta los cascos para escuchar la pregunta de si conoce que por ese camino falleció un magnate de la moda como Isak Andic. “Sí, sé que fue aquí, pero no tengo ni idea de dónde exactamente”, responde desinteresado el deportista, sin saber que está justo delante del punto concreto por el que se despeñó. Un terraplén, con un pequeño desnivel, desde el que se ve a lo lejos la carretera. “A esta ruta no le veo nada peligroso, la verdad”, se despide, enchufando de nuevo la música, con los bastones en las manos, y una pequeña mochila con agua a la espalda, corriendo sin temor. El camino hasta Montserrat es largo, unas dos horas y media si se hace caso a los carteles; un poco menos si se va a paso ligero. En honor al templo con más influencia en Cataluña (no hay mandamás que no se deje caer para visitar al abad), los Mossos d’Esquadra bautizaron la investigación como caso Monestir. Confiados, como si pudiesen achicar agua con las manos, creyeron que el silencio acabaría cerniéndose sobre la investigación, que lideró una pequeña unidad de policías de Martorell (Barcelona), y que podrían trabajar en paz. Pero desde el primer día el rumor mezclado con información llenó titulares. Se trataba de la muerte de Isak Andic, uno de los hombres más ricos de España, el creador de un referente mundial en el mundo de la moda, que se precipitó cuando paseaba a solas con su primogénito, con el que tenía una relación, como poco, compleja. Apoyado en una barandilla, con la mirada clavada en el infinito, Iván Góngora, de 47 años, espera para entrar a las Cuevas de Salnitre. Son cavidades naturales excavadas por el agua en el interior del macizo de Montserrat, y justo bordean el camino de les Feixades, la ruta que caminaron los Andic. “No tengo ni idea. Hace 10 años que apagué la televisión, que dejé de leer la prensa”, confiesa Góngora, bailarín de profesión. Conoce Mango, pero no había oído que su dueño murió en extrañas circunstancias el 14 de diciembre de 2024, muy cerca de donde él mira al infinito. Mucho menos, que el 19 de mayo de este año los Mossos detuvieron a su hijo, Jonathan Andic, acusado de matarle. “Nada, nada. No sé nada. Es que las noticias te quitan más que te dan”, se disculpa, ante la mirada atónita de quien le escucha. Julia Sánchez, su pareja, de 33 años, y también bailarina de profesión, se para un segundo, piensa... “Aaaah, sí... Me suena, algo me dijeron. Algo del hijo”, concede, casi por contentar al interlocutor. Ninguna de las personas preguntadas en la entrada de las cuevas de Salnitre saben que en el camino a sus pies murió Isak Andic, y apenas conocen detalles del caso. En el sendero propiamente que lleva a Montserrat, no hay un alma. En casi tres horas, solo se encuentra a un grupo, animado, en el que Paula Campderrós, de 19 años, y Pol Roca, de 21, juegan a escuchar el eco de su voz cuando gritan. Les acompaña su madre, Helena Campderrós, de 50 años. “¡Ah! ¡Sí!“, reacciona Pol. Solo él tiene una ligera idea de que por ahí, no muy lejos del monasterio de Montserrat, ocurrió una de las tristes muertes que más interés genera en la crónica negra. “Ostras, ni lo hemos pensado, la verdad”, admite Pol, que propone volver otro día para visitar el lugar exacto de la caída, una práctica popular en otros casos, como el de La chica de Portbou, Evi Rauter, hallada muerta en el Finisterre del Empordà. Es la última moda, el tanatoturismo: visitar el lugar de un crimen. En todo caso, no parece lo suyo. Los tres se despiden, tan contentos como se los encontró. Cuando ya se van, y gracias al fantástico eco de Montserrat, se escucha a Paula, preguntar al resto: “¿El de Mango quién es? ¿Amancio Ortega?“.
En el camino donde murió Isak Andic: “Hace 10 años que apagué la tele. No sabía nada”
Los caminantes que eligen la misma ruta de Montserrat en la que cayó el fundador de Mango en diciembre de 2024 apenas saben del suceso más mediático del momento






