La tradición hondureña dice que las orquídeas son espíritus que crecen en el aire. De ese universo floral y de una niñez entre montañas brota la inspiración de Duly Romero. Un estilo romántico que contrasta con los desafíos que tuvo que superar para convertirse en diseñadora. Nació hace 42 años en una aldea sin luz de Centroamérica, llegó a España sola a los 23 y trabajó como empleada del hogar mientras estudiaba moda por las noches. Esperó una década hasta que pudo lanzar su propia marca de alta costura y compartir pasarela con Ágatha Ruiz de la Prada. “Para mí fue un premio mágico porque es una referente”, cuenta sentada en su taller de Majadahonda entre vestidos de tafeta rosa y tules bordados con lentejuelas de todos los colores. Ahora prepara su nueva colección, Raíces en el aire, un homenaje a su infancia que presentará en octubre en la Mediterránea Fashion Week de Valencia.Su historia es un caso de éxito entre los miles de migrantes que ven sus proyectos frustrados. Según el último estudio de la fundación Funcas publicado en mayo de este año, más de la mitad de los extranjeros que llegan a España terminan abandonando el país por falta de empleo estable, de vivienda asequible y de estabilidad económica; España tiene una tasa de retención del 48%, uno de los niveles más bajos de Europa, en comparación con el 60% de Alemania o Suecia.Duly Romero nació en Bacadillas, una aldea en el este de Honduras. “Yo siempre digo que soy una privilegiada al no haber tenido luz ni televisión porque el hecho de jugar con la naturaleza despertó en mí la forma de ser más creativa”, asegura. Se graduó como maestra en la Escuela Normal España y después trabajó tres años en un instituto que también se llamaba Escuela España. Fue ahí donde un día, en el recreo, vio a un niño pasar corriendo, se fijó en el escudo del uniforme con la bandera española y tuvo la corazonada de que su destino estaba al otro lado del Atlántico. “Las calles donde vivía ya se me quedaban pequeñas. Yo sabía que el mundo era muy grande y quería salir a explorarlo. Era la más soñadora de mis ocho hermanos”, recuerda. En solo dos meses organizó el viaje, renunció al trabajo, hizo la maleta y cogió un avión.Tenía el objetivo de dedicarse a la moda, un terreno donde ya acumulaba cierta experiencia con la costura. Aprendió con una de sus hermanas, pero la pasión por la confección se puede rastrear en su árbol genealógico hasta su bisabuela, que era la costurera del pueblo. Cuando Romero llegó a España, se percató de que sus aspiraciones estaban lejos de hacerse realidad. Su primer trabajo fue como empleada del hogar cuidando niños. “Fue un choque. Yo no me había informado bien y pensaba que iba a poder ejercer como maestra, pero sin el título homologado era imposible”, rememora. También fue camarera y dependienta en una tienda de ropa. Hoy reconoce que esos años le sirvieron para “empaparse de la cultura española y adaptarse poco a poquito”.A la par del trabajo, estudiaba por las noches en una escuela de diseño, pero hasta que, seis años después, regularizó su situación gracias a un contrato de asistente de hogar, no se atrevió a dar el salto e intentar crear su propia firma de moda. “No me interesaba trabajar para otra empresa porque quería demostrarme a mí misma de qué era capaz y necesitaba sentirme libre de crear”, remarca. Aunque en la escuela le advertían de que era imposible que su emprendimiento funcionara siendo migrante y sin contactos ni respaldo económico, se lanzó a diseñar en su propia habitación. “Al haber nacido en una aldea y no tenerlo todo, te vuelves creativo para solucionar las cosas. Empecé a coser con lo que tenía: mis manos, una tijera, una máquina pequeña, una mesa y el suelo para cortar las telas más grandes”, explica.A partir de ahí, Romero tuvo la oportunidad de presentarse en pasarelas menores hasta que en 2019 dio el gran salto con el desfile de Casa de América en Madrid. En esa ocasión, representó a Honduras con la colección Susurros de esperanza, que rendía homenaje a los lencas, una comunidad índigena que habita en regiones del oeste, centro y sur de Honduras. También en 2019 abrió su taller a pie de calle en Majadahonda (Madrid). Desde entonces, se ha presentado en diferentes pasarelas de España, Costa Rica y Estados Unidos, compartiendo escena con diseñadores consagrados como Ágatha Ruiz de la Prada, Isabel Sanchís y Hannibal Laguna. En 2022 fue reconocida con el premio El Sueño de Madrid, una iniciativa de la Comunidad para visibilizar el talento hispano. Aunque ha hecho de todo, asegura que aún le quedan muchos sueños por lograr. Su meta es consolidar la marca en España y afianzar su proyección internacional. Ahora está trabajando en una nueva colección dedicada a quienes, como ella, dejaron atrás su tierra natal, pero buscan volver a sus orígenes. “Cuando regresas a tu país, encuentras todo diferente, tanto que te sientes como un extranjero. A mí me gusta viajar a los momentos de mi infancia y plasmar esos recuerdos en las prendas a través de flores como las orquídeas”, detalla. No es una elección al azar: la orquídea es la flor nacional de Honduras y muchas de sus especies crecen con las raíces suspendidas en los árboles. Al igual que Romero, florecen libres en el aire sin olvidar de dónde vienen.