OpiniónAhora que miro hacia atrás, creo que esas tardes fueron parte esencial de mi entrenamiento como lectora.CONSULTORA DE COMUNICACIONES, ESCRITORA Y COLUMNISTA12.08.2026 22:01 Actualizado: 12.08.2026 22:01 Todas las tardes después de la universidad yo iba a visitar a mi abuelo. Por su sala desfilaban escritores de la talla de Manuel Zapata Olivella, Eduardo Carranza y Jorge Rojas. Hablaban de literatura y de sus últimos escritos y poemas. Yo no era muy consciente, pero estaba sentada frente a personajes claves de la literatura colombiana. Para mí eran tan solo los amigos de mi abuelo. Ahora que miro hacia atrás, creo que esas tardes fueron parte esencial de mi entrenamiento como lectora.Hace poco leí un texto que me hizo recordar esas tertulias. Un escrito que Samanta Schweblin publicó en 2021 en Babelia, y que tituló ‘En el taller de mi abuelo’. Es un homenaje que le hace al artista plástico Alfredo de Vincenzo en los cien años de su nacimiento. En él cuenta que desde que tenía siete años, su abuelo la invitaba a hacer toda clase de planes en Buenos Aires. Sus invitaciones eran tan poco apropiadas para una niña que él mismo le pedía que no le contara a su mamá en qué andaban.Las actividades hacían parte de lo que el abuelo llamaba “el entrenamiento del artista”. Consistían en pequeñas acciones que rayaban en la ilegalidad, pero que el abuelo se empeñaba en vivir con su nieta para mostrarle la realidad de primera mano.En mi caso no hubo trenes ni libros robados. Pero hubo algo parecido: un abuelo que, sin proponérselo, me estaba entrenando para ser quien soy.Tomaban el tren sin pagar boleto, robaban frutas o libros de las librerías de la avenida Corrientes. Pero, además de estas lecciones de supervivencia urbana, Samanta y el abuelo iban a conciertos, a obras de teatro, a museos y carreras de caballos. Ella también hacía de ayudante en el taller de grabado del abuelo, adonde iban artistas para aprender del maestro.Para plasmar en el papel sus impresiones sobre lo que iba aprendiendo, el abuelo le regaló un diario cosido por él mismo. Tenía una regla sencilla: debía describir muy bien todo lo que le generara impacto, pero sin usar frases tan básicas como: me gustó mucho, o la pasé bien. Seguramente esperaba que su nieta describiera el ruido del tren, el olor a tinta del taller, el sentimiento del corazón latiendo cuando corrían por la avenida Corrientes para no ser descubiertos con un libro.Samanta se esmeraba en encontrar las palabras precisas, pero a veces no llegaban. La poesía que su abuelo le leía la ayudaba. Así fue formándose, sin darse cuenta, en la escritora que hoy es. En mi caso no hubo trenes ni libros robados. Pero hubo algo parecido: un abuelo que, sin proponérselo, me estaba entrenando para ser quien soy. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.
El taller de los abuelos
Ahora que miro hacia atrás, creo que esas tardes fueron parte esencial de mi entrenamiento como lectora.







