Experiencia localCoordinadora de institución educativa expone el drama de muchos habitantes del puerto sobre el Pacífico tras el terremoto.A pesar de la difícil situación, Diana Paola Castelblanco Balanta, observa desde su ventana, en el barrio El Triunfo, cómo cae la lluvia. Foto: Diana Paola CastiblancoPERIODISTA12.08.2026 19:30 Actualizado: 12.08.2026 19:31
Acciones tan básicas como enviar un mensaje de WhatsApp o hacer una llamada telefónica resultan vitales para afrontar una tragedia como el sismo de magnitud 7,4 del pasado lunes 10 de agosto.Sin embargo, en Buenaventura esto se ha convertido en un desafío titánico debido a la fragilidad de las redes de comunicación, las cuales mantenían al puerto sobre el Pacífico incomunicado, sumándose al aislamiento temporal causado por los derrumbes en sus principales vías de acceso.Al lado de su vivienda, Diana Paola observa una antena que quedó torcida tras el temblor. Foto:Diana Paola CastiblancoAsí lo vivió Diana Paola Castelblanco Balanta. Aunque cuenta con su propio plan de datos celulares, su operador no ofrece la potencia suficiente para establecer conexión en medio de la calamidad que atraviesa el distrito. Por esta razón, debe conectarse a la red de su vecina del primer piso para informarse sobre la situación del puerto y, en especial, sobre el colegio Diocesano, donde trabaja como coordinadora.“Trabajo en una institución educativa que solo reporta daños parciales, en las paredes donde está comprometido el auditorio, la sala de sistemas, la biblioteca y tres salones”, comenta Castelblanco.Tanto por fotografías recibidas en WhatsApp como de manera presencial, notó que, pese a los daños, la institución “se conserva en pie”, a diferencia de otros planteles que presentan un panorama dramático. Por ello, agradece que el sector educativo oficial se encuentre en periodo de vacaciones, pues de lo contrario la tragedia habría sido mayor.El colegio Diocesano tuvo algunas afectaciones no estructurales. Foto:Diana Paola Castiblanco“Menos mal no había jóvenes en los colegios; tal como quedó la infraestructura y con las fallas en los servicios públicos, las condiciones son sumamente difíciles. Es algo que evaluamos constantemente en medio del debate interno, pues mientras algunos creen que hay condiciones para retornar a clases, otros pensamos que no”, sostiene.A esta problemática se suma el impacto psicológico y la falta de servicios básicos que padecen miles de bonaverenses. Diana Paola aún recuerda con crudeza el momento en que estaba en el tercer piso del edificio donde reside y un fuerte remezón la sacudió violentamente de la cama.“Estaba durmiendo y el movimiento generó pánico masivo. La gente corría hacia la autopista buscando un lugar despejado. Algunos vecinos salieron al cesar el temblor; hubo daños, pero afortunadamente en mi calle ninguna vivienda colapsó. Eso sí, una antena de comunicaciones de 45 metros de altura, ubicada justo al lado de mi apartamento, quedó inclinada, pero no pasó a mayores”, evoca. LEA TAMBIÉN Considera que su experiencia fue “de las menos dramáticas” en comparación con la de varios de sus compañeros de trabajo, quienes en su mayoría perdieron sus casas o debieron evacuarlas por el estado de destrucción en que quedaron. A su celular solo entran mensajes breves de familiares y amigos informando que están bien.“No tengo los servicios públicos completos: solo hay energía eléctrica, no hay agua, tampoco gas natural y mucho menos conectividad. Hay transporte pero es escaso; a veces da mucho miedo salir”, asegura. LEA TAMBIÉN El agua: la eterna llaga que evidenció el terremotoUna lluvia copiosa —de esas que dificultan la visibilidad y hacen fruncir el ceño al caminar— fue recibida en la vivienda de Diana Paola como un alivio divino ante la adversidad.Cada gota que caía no solo apaciguaba la tensión por posibles réplicas, sino que llenaba los contenedores que adaptó para recolectar agua de lluvia y abastecer sus necesidades básicas.“Como vivo sola, el agua me rinde. Recojo en botellas de tres litros desde el sistema de aguas lluvias para el aseo general, lavar ropa, los baños y los platos”, explica.Desde que tiene uso de razón, recuerda que en Buenaventura el suministro de agua es racionado y solo se habilita unas pocas horas al día. Incluso antes de la tragedia, la comunidad completaba casi una semana sin el servicio, una realidad crítica con la que sus habitantes han tenido que aprender a sobrevivir frente a las costas del océano Pacífico.“El agua la restringen demasiado. El botellón de 20 litros cuesta entre $ 14.000 y $ 15.000 en las tiendas, por lo que toca racionalizarlo al máximo. Como vivo sola no tengo tanto problema, pero para las familias numerosas es una tragedia”, señala.Buenaventura, una de las zonas más afectadas por el sismo. Foto:Niber la zasa.La crisis del acueducto en Buenaventura es una deuda histórica de décadas y de sucesivos gobiernos. La gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, había buscado articular gestiones con la administración nacional saliente para financiar el acueducto, sin lograr concretarlo. Por ello, con el nuevo Gobierno nacional, la obra se sitúa como uno de los proyectos estratégicos del departamento, junto con el Tren de Cercanías y el Batallón de Alta Montaña en Jamundí.“Mi posición ha sido la misma siempre: reclamar, gestionar e insistir ante el Gobierno Nacional por las inversiones que Buenaventura merece y necesita. Lo he hecho públicamente porque sé que el acceso al agua no puede seguir esperando”, concluyó la mandataria.JOSÉ ANTONIO MINOTA HURTADOEL TIEMPO CASA EDITORIALColombia Sigue toda la información de Colombia en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.















