El presidente de El Salvador, Nayib Bukele

ReutersLos latinoamericanos tenemos una larga tradición de copiar modelos. Copiamos modas, tendencias y, desde luego, modelos de políticas públicas, negocios, trabajo y educación. La lógica parece sencilla: si un determinado modelo produjo resultados positivos en otra parte —Singapur, Australia, Suiza o incluso el Himalaya—, ¿por qué no habría de producirlos también en nuestras latitudes?El problema es que esta forma de razonar suele ignorar lo esencial: ningún modelo funciona en el vacío. La geografía, la cultura, las instituciones y la dotación de recursos naturales condicionan profundamente sus resultados. Lo que funciona en un país puede fracasar estrepitosamente en otro.PUBLICIDADAmérica Latina conoce bien las consecuencias de esta fascinación por las recetas importadas.La primera gran ola de copia institucional ocurrió después de los procesos de independencia de España, cuando se asumió que el modelo de democracia federativa adoptado por Estados Unidos podía funcionar igualmente bien al sur del Río Bravo. Se produjo entonces una catarata de constituciones que consagraban el federalismo en las nuevas naciones surgidas del Imperio español.Pero las constituciones, por sí solas, no crearon democracias. Tampoco lograron impedir las guerras civiles que marcaron buena parte de la etapa posterior a la independencia.Hoy podemos estar frente a una nueva versión del mismo fenómeno.En el siglo XXI, Estados Unidos ha decidido desempolvar la doctrina Monroe, incorporándole el llamado corolario Trump. Desde una perspectiva geopolítica, Washington ha escogido al hemisferio occidental como su zona de inclusión estratégica y ha colocado al crimen organizado en el centro de su agenda regional. La premisa parece ser que aquellos países que perturben la paz política o el progreso económico podrán convertirse en objeto de una acción estadounidense más directa.PUBLICIDADEsta nueva orientación tomó por sorpresa a buena parte de los líderes latinoamericanos. Hasta ahora, la política exterior de Estados Unidos hacia la región se había concentrado, en buena medida, en apoyar a los países latinoamericanos en la solución de problemas educativos, de infraestructura y de salud.Los nuevos gobiernos que llegaron al poder como expresión del rechazo a las políticas de izquierda se encontraron, por tanto, ante una nueva prioridad: combatir el crimen organizado. Y, al buscar un modelo que mostrara resultados, encontraron uno que parecía difícil de ignorar: el de Nayib Bukele en El Salvador.Foto de archivo ilustrativa de un grupo de detenidos en la carcel CECOT en Tecoluca, El Salvador