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Durante décadas, para las empresas el pago de impuestos fue una obligación sin mayor conexión con resultados tangibles. En términos sencillos, este mecanismo permite que una empresa destine parte de lo que tendría que pagar en impuestos a financiar directamente proyectos que mejoran la vida de las comunidades, como vías, colegios, infraestructura de energía o conectividad. En lugar de que ese dinero siga únicamente la ruta tradicional del recaudo, se convierte en una obra concreta en el territorio.
Lo que nació como un instrumento para llevar inversión a regiones históricamente rezagadas ha evolucionado. Hoy, cada vez más empresas entienden Obras por Impuestos como una decisión estratégica: una forma de convertir una obligación fiscal en impacto social medible, reputación corporativa y relaciones más sólidas con las comunidades. Ya no se trata solo de responsabilidad social, sino de gestión empresarial con resultados verificables.
El esquema no es improvisado. Surgió en Perú en 2008, desde ese momento a la fecha se han desarrollado más de 1.100 proyectos con un impacto acumulado cercano al 1.4 % de PIB. Llegó a Colombia con la Ley 1819 de 2016, enfocándose en municipios PDET (Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial) y ZOMAC (Zonas Más Afectadas por el Conflicto Armado), marcados por la pobreza, la exclusión y el conflicto. Con el paso de los años, el mecanismo ha superado su fase piloto y hoy muestra señales claras de consolidación institucional y confianza por parte del Estado y del sector privado.







