Hoy es la Marcha Federal convocada por científicos, investigadores y trabajadores del sistema científico nacional bajo el lema “Me pongo la camiseta por Argentina y por la ciencia”. Una movilización que busca visibilizar (una vez más) la defensa de la ciencia, la educación y la universidad públicas. Lo único que se pide es que los asistentes concurran con una camiseta de la Selección Nacional de Fútbol o con una bandera argentina, como símbolo de unidad y resistencia.

Y es que el ecosistema científico argentino, orgullo regional y motor de soberanía tecnológica, atraviesa hoy su hora más oscura. Lo que los fríos números de las planillas presupuestarias describen como un "ajuste" es, en la realidad de los laboratorios, de las salas de estudio y de las universidades, un derrumbe sistémico sin precedentes que amenaza con comprometer durante décadas el desarrollo estratégico del país. Bajo el gobierno encabezado por el presidente Javier Gerardo Milei, la inversión en Ciencia y Tecnología (CyT) perforó todos los pisos históricos, situándose en niveles que no se registraban desde hacía más de medio siglo.

Para comprender la magnitud de la caída solo hace falta tomar la participación de la ciencia en el Producto Bruto Interno (PBI). Según las proyecciones del Grupo de Economía, Política y Ciencia (EPC), la Función Ciencia y Técnica (FCyT) de la Administración Pública Nacional alcanzará en 2026 apenas un 0,155% del PBI. Esta tasa no es solamente una estadística preocupante, un número frío: representa el mínimo histórico absoluto desde 1972, superando incluso los peores momentos de desfinanciamiento de las últimas décadas.