Tras una carrera de ejecutiva de éxito, esta escultora acaba de exponer en ‘Tensiones’ una serie donde la piel es territorio de memoria y emoción
Lo que está arriba, o sea lo visible al ojo humano, lo que surge entre estas cocheras desvencijadas del madrileño barrio de Chueca, a la sombra de un palacio, son unos gusanos gigantes y bien inquietantes que podrían poblar una película de ciencia ficción de los setenta, tipo La invasión de los ultracuerpos. Pero lo que está abajo, que diría el gran Julio Cortázar, lo que está debajo de esos gusanos colgantes, y por lo tanto lo no tan evidente, o lo no evidente en absoluto, o lo oculto o, quién sabe, lo inventado, son trasposiciones: trasposiciones agigantadas de las líneas de expresión y tensión facial, las arrugas para entendernos, convertidas en esculturas por la artista Carmen Mora (Madrid, 1985). Que, visto lo visto en su reciente exposición Tensiones, sabe de lo que se habla cuando habla de lo que está abajo. Pero qué curioso, también cuando lo convierte en lo que está arriba. Todo este aparente trabalenguas conceptual, para recordar que no conviene quedarse anclados en la perezosa superficie de las cosas.
De hecho, La perezosa superficie de las cosas podría ser el antitítulo perfecto para lo que Carmen Mora suele hacer con sus ideas, sus conceptos, sus aspiraciones, sus materiales, sus procesos y el resultado final de todo ello: sus esculturas y sus tintas. Porque no otra cosa que tratar de penetrar en los territorios pantanosos de lo emocional y lo (demonios, ¿cuál será el adjetivo que define el alma? ¿Almado, teniendo en cuenta que aquel o aquello que no tiene alma es desalmado?) es la misión que se autoimpuso hace tiempo esta artista. Lo suyo con la creación artística tiene que ver con palabras como rascar, bucear, excavar. Casi una espeleología. Y, desde luego, una cuestión de piel.







