Carlos Aparicio se graduó como licenciado en Artes y descubrió su pasión por el teatro cuando tenía 17 años.En ese entonces vivía en Venezuela, su país de origen, y nunca imaginó que su trabajo llegaría a regalar sonrisas a quienes más lo necesitan.Hace diez años llegó a Ecuador. Primero pasó por sitios de la Sierra, como Pujilí y Saquisilí, en la provincia de Cotopaxi, y luego se trasladó hacia la Costa.PublicidadAllí encontró en el Malecón 2000, en el centro de Guayaquil, el lugar para desarrollar su oficio como titiritero. Lleva cinco años realizando sus espectáculos en este espacio.Desde entonces, cada presentación busca contagiar de risas a las familias y niños que recorren el Malecón 2000.Cada viernes, sábado y domingo, Carlos viaja desde la isla Trinitaria hasta el centro de Guayaquil. Llega alrededor del mediodía y, una vez instalado, monta su pequeño escenario y coloca sobre él varias marionetas, cada una con su propio instrumento musical, trajes y gafas.PublicidadPublicidadPara trasladar sus implementos lleva una gran maleta en la que guarda sus marionetas y que le permite alternar los personajes durante sus presentaciones.Tiene diferentes grupos de marionetas, títeres de manopla y de guante que representan a cantantes de distintos géneros musicales, desde rock y country hasta canciones de Julio Jaramillo y Los Panchos.También incluye música venezolana en sus espectáculos. “Aunque esté acá no puedo dejar a un lado la música venezolana, esa es mi esencia”, expresó el ciudadano.Con ayuda de hilos, Aparicio mueve cada parte de las marionetas: la boca, la cabeza y las manos. De esta manera, simula que cada muñeco toca un instrumento y logra que sus personajes cobren vida frente al público.Una sonrisa que devolvió la esperanzaActualmente tiene 70 años y casi 50 de ellos los ha dedicado a ser titiritero. Sus espectáculos están dirigidos a todo público, pero reconoce que su principal motivación es llevar felicidad a los niños.Cuando se le preguntó cuándo se dio cuenta de que quería dedicarse a ser titiritero, Aparicio trajo al presente un recuerdo de cuando todavía vivía en Venezuela. En ese entonces trabajaba en una radio, en un programa de teatro radial en el que los niños podían interactuar a través de llamadas.PublicidadUn día recibió la llamada de una madre de familia cuyo hijo tenía cáncer y llevaba seis meses recibiendo quimioterapias. La mujer contó que el niño había “perdido la sonrisa”.Sin pensarlo, Aparicio salió del programa radial y acudió al hospital donde estaba el menor para ofrecerle el espectáculo con sus marionetas en persona.“Un día me preguntaron si el arte cura y yo les dije que sí”, dijo al recordar aquella experiencia.Mientras realizaba el espectáculo, logró sacarle una gran sonrisa al niño, una sonrisa que, según las enfermeras, no habían visto en varios meses.Tres semanas después recibió la noticia de que al niño le habían dado el alta. Aparicio no atribuye que su espectáculo haya curado al menor, pero sabe que sus presentaciones le ayudaban a mantenerse feliz durante ese momento difícil que estaba atravesando.“Hay algo que para mí es sumamente importante, que es transmitir alegría y felicidad en un espectáculo de teatro de títeres”, comentó, al recordar que lo mejor de dar sus shows es ver reír a los niños.El sustento diario y su taller de marionetasAparicio vive con su esposa y esta pasión es su sustento diario. Aunque permanece la mayor parte del tiempo en el Malecón 2000, también suele acudir a ferias en otras partes del país.Cuando ya eran las 17:00 del viernes 7 de agosto, Carlos comenzó a guardar todas sus cosas. Aprovechó que todavía no era tan tarde para regresar a su hogar en la isla Trinitaria.Los días que no acude al Malecón, aseguró que tiene trabajo por hacer.En su casa mantiene un taller de marionetas donde arregla sus muñecos y busca reinventarse constantemente para llevar nuevos espectáculos al centro de Guayaquil.A sus 70 años, Aparicio continúa encontrando en sus marionetas una manera de ganarse la vida, pero también de cumplir aquello que descubrió hace casi cinco décadas: utilizar el teatro para provocar sonrisas. (I)