En España, la esperanza de vida ya supera los 84 años, como así confirmó el Instituto Nacional de Estadística (INE). Aunque el reto ya no es solo vivir más, sino hacerlo con buena salud. Y es que, como recuerda la doctora Carmen Romero, en nuestro país la diferencia entre la esperanza de vida y la esperanza de vida saludable es de aproximadamente once años. Un periodo en el que aumentan la fragilidad, las enfermedades crónicas, la pérdida de autonomía y la dependencia. Una realidad “insostenible desde el punto de vista social, económico y también moral”, advierte.Ante este escenario, esta especialista en antienvejecimiento y longevidad, con formación en psiconeuroinmunología, bioenergía aplicada a la salud, nutrición y psicología energética, defiende un enfoque de salud “integrador”. Así lo expone en La edad no importa (Plataforma Editorial), donde propone combinar la práctica clínica convencional con la medicina integrativa y la de precisión para favorecer que el paso de los años se traduzca en “un estado cognitivo y físico óptimo”. “Que los años, que te dan sabiduría, perspectiva y experiencia, solo sumen, y no conviertan a una persona antes autónoma en alguien con grandes limitaciones para moverse”, afirma.Sostiene, además, que el envejecimiento depende quizás no tanto de la genética, como solemos pensar, y más de los hábitos cotidianos. “Dormir bien es una inversión”; “lo importante es moverse cada día”; el estrés crónico es “como si estuviéramos a punto de ser devorados por un tigre de dientes de sable”, compara. Y hasta cuidar las relaciones personales o mantener un propósito vital también influye. Y defiende también que nunca es tarde para empezar a invertir en salud. “Siempre digo que es un plan de inversión, y cuanto antes empieces, mejor”.En su libro recuerda que el ejercicio, la alimentación, el sueño, el estrés, las relaciones personales e, incluso, la espiritualidad influyen en cómo envejecemos. ¿Pero alguno de esos factores puede tener más peso que la genética?Hoy hablamos de cuatro pilares. El primero es la genética. Se suele decir que representa alrededor del 20 % de cómo envejecemos. En cualquier caso, no tiene un peso excesivamente alto, aunque en determinadas personas sí puede ser determinante. El segundo son los hábitos de vida, que ayudan a mantener un organismo menos inflamado, una mejor composición corporal y una mejor salud física y mental. Otro pilar fundamental es el estado del intestino, la microbiota intestinal. Y, por último, la epigenética, es decir, todo aquello que haces de forma externa y que influye en cómo se expresan tus genes: tomar vitaminas, hacer ejercicio, darse baños de agua fría, estar en contacto con la naturaleza o agradecer lo que la vida te ofrece. Todo ello actúa directamente sobre nuestra biología: sobre las células, el ADN, los telómeros...También defiende que debemos cambiar las creencias con las que afrontamos el envejecimiento. ¿Hasta qué punto esa forma de pensar influye en cómo envejecemos?Diría que lo es todo. Porque si creo que por tener 65 años y haberme jubilado ya he entrado en la etapa del deterioro, que ya no me puedo vestir como antes o que no puedo ser tan creativa ni tan productiva, o que no puedo tener una nueva pareja... Esa creencia va a condicionar mi forma de actuar. En cambio, si pienso que la edad no me limita, voy a vivir de una manera radicalmente diferente. Trabajo la reprogramación del subconsciente y atiendo a personas con problemas de salud y situaciones personales que acaban condicionando su salud. Desde un duelo por la muerte de un ser querido que no han conseguido aceptar hasta la creencia de que, porque su madre tenía hipotiroidismo o diabetes, están condenadas a desarrollar la misma enfermedad. Lo que creas de ti mismo va a ser más importante que muchas cosas que te pasen en la vida.¿No existe el riesgo de hacer sentir al paciente responsable de su enfermedad o de su evolución?Voy a matizarlo porque es muy importante. Lo importante no es solo lo que te pasa, sino lo que te dices a ti mismo sobre lo que te ha pasado. No se trata de decir: “No pasa nada” o “sé positiva y mañana estarás bien”. En absoluto. Lo que intento transmitir es que, aunque lo que te ha pasado sea terrible —y eso hay que respetarlo y acompañarlo—, podemos trabajar para cambiar la forma en que lo interpretas. Ahí es donde empieza el cambio. Tienes un cáncer y probablemente sea lo más importante que te está ocurriendo en este momento. Pero ¿y si esa situación también puede ser una oportunidad para replantearte el resto de tu vida? Para, si lo superas, empezar a quererte, a cuidarte o alejar a personas tóxicas porque han cambiado tus prioridades. No digo que sea fácil. Digo que se puede.Cuando hablamos de medicina preventiva personalizada, existen muchísimas pruebas y tests. Si tuviera que quedarse solo con los esenciales, ¿cuáles recomendaría?Hay una diferencia importante en cómo entiendo las pruebas. Practico medicina de precisión e intento ir un poco más allá de las pruebas convencionales. Por ejemplo, en una analítica habitual se interpretan los valores de referencia. En la medicina de longevidad saludable, no nos fijamos tanto en esos valores, porque representan a la población general, sino en los valores óptimos, los que presentan las personas más sanas. Eso hace que, en muchos casos, el intervalo se reduzca. No me basta con que un parámetro esté entre 30 y 100; sé que, quizá, el rango óptimo esté entre 60 y 80, porque ahí se concentra la población con mejor estado de salud. Por eso pido análisis más completos que las analíticas convencionales, que incluyen pocos parámetros, pocos biomarcadores. Hay combinaciones de biomarcadores que, aunque todavía no exista una enfermedad manifiesta, indican que esa persona tiene muchas probabilidades de desarrollar una diabetes, un problema en un determinado órgano o una inflamación vascular importante. Y todo eso puede traducirse en un envejecimiento acelerado.Algunas pruebas específicas permiten hacer medicina de prevención. Getty Images¿Alguna más?Depende de las características de cada paciente. Si, por ejemplo, tiene sobrepeso, lo medimos con una calorimetría indirecta. Si, en cambio, tengo una paciente con antecedentes de problemas ginecológicos, solicito estudios hormonales más avanzados y pruebas genéticas para comprobar si tiene dificultades para metabolizar y eliminar hormonas como los estrógenos, algo que puede estar relacionado con patologías como la endometriosis o los miomas. Todo se individualiza y se adapta a las necesidades de cada persona.Muchas personas sienten que, para envejecer bien, hay que hacerlo todo: más pruebas, más ejercicio, más suplementos... ¿Por dónde deberían empezar?Lo peor que puede pasar es que, por tener demasiada información, acabes estresándote. En el libro hablo del ecoestrés: incluso el exceso de información sobre salud puede convertirse en un problema. Mi mensaje es muy claro: no quieras cambiarlo todo de golpe. Hay que hacerlo poco a poco, poniendo el foco en lo que cada persona necesita más en ese momento, y de forma progresiva. Hay quien debe empezar por mejorar la alimentación; otros, moverse más; otros, aprender a gestionar el estrés... Lo importante es empezar e ir adquiriendo herramientas para invertir en su salud. No todo el mundo tiene, en un momento dado, la energía, la motivación o los recursos para hacerlo todo. Por eso conviene hacer un plan e ir incorporando pequeños hábitos a medida que se alcanzan objetivos. Lo peor es que el exceso de información te bloquee y no hagas nada.Lee tambiénConviene ir incorporando pequeños hábitos; lo peor es que el exceso de información te bloquee y no hagas nadaCarmen RomeroY con tantas terapias y tratamientos, ¿cómo distinguir lo que merece la pena de lo que no?Lo primero es guiarse por fuentes fiables. Hoy tenemos la suerte de contar con internet y las redes sociales, que ofrecen muchísima información, pero no toda es válida. Muchas veces hay un interés comercial, y eso hay que tenerlo en cuenta. Hay terapias que pueden ser muy útiles, pero no sirven para todo el mundo ni todas tienen la misma calidad. Y nunca debe ir por delante de un cambio en el estilo de vida. Primero hay que construir la base: moverse más, comer mejor, dormir bien, gestionar el estrés y cuidar las relaciones personales. A partir de ahí, si quieres incorporar nuevas tecnologías, pueden sumar. La presoterapia, por ejemplo, puede ser útil para personas con problemas circulatorios o que necesitan drenaje linfático. La terapia con luz infrarroja de calidad puede favorecer la función de las mitocondrias. También las saunas combinadas con duchas de agua fría, realizadas con frecuencia, o la hipoxia intermitente, siempre con buenos profesionales y equipos adecuados, pueden contribuir a mejorar la salud mitocondrial.¿Todo pasa por la tecnología?No necesariamente. Los baños de bosque, caminar descalzo sobre la arena o el contacto con la naturaleza son hábitos sencillos que también aportan beneficios. Pero insisto: todo eso debe llegar después. Siempre pongo el mismo ejemplo: es como reformar una casa. La tecnología son los muebles, pero antes hay que asegurarse de que la estructura, las ventanas o la instalación están bien. Esa estructura es nuestro estilo de vida. Cuando esa base está consolidada, sí tiene sentido incorporar tecnologías que sumen. Funcionan, sí, pero son un complemento, nunca un sustituto de los hábitos saludables.Defiende una visión integradora de la medicina. ¿Qué papel cree que pueden tener las terapias complementarias en el cuidado de la salud y el envejecimiento?Gracias a la medicina convencional hemos conseguido aumentar la esperanza de vida hasta los 84 años en España. Eso es incuestionable. A partir de ahí, podemos incorporar otras herramientas que complementen ese abordaje, como la acupuntura, una mayor atención a la relación entre cuerpo y mente o, para algunos profesionales, la homeopatía. En cualquier caso, ninguna de ellas debería sustituir un tratamiento convencional cuya eficacia esté demostrada. También hay aspectos muy sencillos que a veces pasamos por alto: cultivar el agradecimiento, mantener relaciones personales de calidad o dar más importancia al contacto físico y a los abrazos. Cada vez hay más investigaciones que exploran cómo estos factores podrían influir en procesos relacionados con el envejecimiento celular, como la actividad de la telomerasa, la enzima que ayuda a mantener los telómeros, las estructuras que protegen los extremos de los cromosomas. Es un campo que todavía se está investigando, pero invita a entender la salud desde una perspectiva más amplia. La idea no es sustituir la medicina convencional, sino sumar todo aquello que pueda favorecer un envejecimiento más saludable.También habla de la importancia de la espiritualidad. ¿Qué ocurre con los que nunca han conectado con ella?Cada vez hay más evidencia científica de que las personas que tienen una creencia religiosa o algún tipo de espiritualidad —ya sea a través de la conexión con la naturaleza, la meditación o cualquier práctica que las ayude a salir del propio ego y conectar con algo que sienten superior a ellas— pueden afrontar mejor determinadas situaciones de enfermedad. Sabemos que, en general, presentan mayor adherencia a los tratamientos, mejor respuesta del sistema inmunitario y mayor calidad de vida. Eso no significa que quienes no tienen ese sentimiento religioso o espiritual estén condenados. Simplemente, quienes sí lo tienen cuentan con una herramienta más. Es una capacidad añadida, no indispensable. Una persona agnóstica o atea puede disfrutar perfectamente de una longevidad saludable. Quizá encuentre ese sentido de conexión a través de un corazón bondadoso, del amor o del compromiso con los demás.Lee tambiénDe todos los avances que se están investigando en longevidad, ¿cuál cree que puede cambiar de verdad nuestra forma de envejecer?En 2020, el equipo del doctor David Sinclair, genetista de la Universidad de Harvard, consiguió que ratones que habían perdido la visión volvieran a ver mediante reprogramación epigenética. Ahora esa investigación ha dado el salto a los primeros ensayos en humanos con la sustancia ER-100, dirigida a pacientes con glaucoma y neuropatías ópticas graves. De momento se encuentra en la fase inicial de seguridad para comprobar que no se producen efectos adversos. Hasta dentro de unos ocho años no sabremos si realmente se ha conseguido revertir el daño. Pero, si estos resultados se confirman, podríamos estar ante uno de los acontecimientos más importantes de la medicina. Porque, si somos capaces de revertir un daño irreversible, como el provocado por un glaucoma para el que ya no había tratamiento y que conducía a la ceguera, podríamos aplicar ese conocimiento a otros órganos, como el hígado, y a muchas otras enfermedades. Podríamos empezar a revertir daños que hasta ahora considerábamos irreversibles y para los que no teníamos herramientas terapéuticas.¿Cómo funciona esa reprogramación epigenética?Lo que se pretende es hacer que las células recuerden cómo funcionaban cuando eran jóvenes. David Sinclair utiliza un ejemplo muy gráfico: imagina un CD que contiene música, pero que se ha rayado. El CD sigue siendo el mismo; lo que ocurre es que ya no reproduce la música correctamente. Esta técnica busca eliminar esos “rayones” para que la música vuelva a sonar. Si funciona, supondrá un antes y un después. Porque podríamos revertir el envejecimiento. Ahora ya somos capaces de frenarlo en cierta medida. Hoy podemos medir, por ejemplo, la edad metabólica o la edad vascular de una persona y, mediante cambios en los hábitos de vida y determinadas intervenciones, conseguir que esos parámetros mejoren. Es decir, ya podemos mejorar la edad biológica de una persona. Pero, en un futuro, podríamos llegar a recuperar órganos que hasta ahora considerábamos dañados de forma irreversible. Por eso estamos viviendo un momento histórico.Carmen Romero¿La medicina de longevidad corre el riesgo de convertirse en un privilegio para quienes puedan pagarla?No, porque la medicina de la longevidad saludable empieza por los hábitos de vida, y muchos son gratuitos. Con el acompañamiento de un médico especialista, puedes adaptar las recomendaciones a tus circunstancias. Y si no puedes pagar un gimnasio, por ejemplo, puedes hacer una tabla de ejercicios en casa, subir escaleras, caminar o salir al campo. En lugar de consumir alimentos ultraprocesados o fritos, puedes preparar esos mismos alimentos de una forma más saludable, por ejemplo, al vapor. Y si hay una persona que te está impidiendo ser feliz, quizá convenga tomar cierta distancia. Lo mismo ocurre con el trabajo: si no te hace sentir realizado, tal vez merezca la pena plantearse, con tiempo, buscar otro lugar donde sí puedas estarlo. Hay muchas cosas básicas que son gratuitas: respirar de forma consciente, estar en contacto con la naturaleza, aprender a quererse, saber decir que no…Pero si queremos pasar a otro nivel…Existen técnicas y pruebas que sí pueden resultar más caras, aunque cada vez son más accesibles. Por ejemplo, los estudios genéticos hoy están mucho más al alcance del público general. Muchas de estas pruebas no están cubiertas por la Seguridad Social, pero las entiendo como una inversión, porque pueden traducirse en una mejor calidad de vida y, potencialmente, en un menor uso de medicamentos.