Hace pocos días, Hamás afirmó que había aceptado un acuerdo presentado por Estados Unidos, destinado a poner fin completamente a la guerra de Israel en Gaza, incluyendo disposiciones para desarmar y entregar sus armas por etapas. Según el acuerdo, Israel debería retirar sus fuerzas con el paso del tiempo, pero Netanyahu ya ha dicho que acepta el plan de 15 puntos presentado.

Desde la práctica de mediación en conflictos armados, esta propuesta sigue un patrón reconocible: la secuenciación recíproca condicionada, donde ninguna parte se mueve primero sin garantías verificables de que la otra cumplirá. Es un diseño técnicamente sensato —el desarme unilateral de Hamás sin retirada israelí sería un suicidio político y de seguridad para la organización, mientras que la retirada israelí sin desarme verificado sería inaceptable para el establishment de seguridad israelí—, pero estructuralmente frágil: basta que una parte incumpla o dilate su fase para que la otra tenga justificación legítima para congelar la suya. Los plazos de 200-300 días para la desmilitarización, combinados con retiradas “graduales hacia líneas designadas en sintonía con el progreso de la verificación”, dejan amplio margen de interpretación y disputa.