Una entrevista reciente a Roberto Méndez en este medio abrió un intenso debate sobre el pesimismo en Chile. Este debate ha sido alimentado por encuestas que muestran un severo deterioro de las expectativas de los ciudadanos, los consumidores y las empresas en los últimos meses respecto de la situación del país y de la economía en particular. Tres datos son particularmente pertinentes. Primero, que, preguntados sobre el rumbo del país, un 53% de las personas señala que éste va por mal camino. Segundo, que una amplia mayoría no espera mejoras en el futuro próximo –un 55% se declara pesimista al respecto-, y tercero, que las percepciones sobre la situación propia son las más bajas en al menos 22 años (el 56% declara su situación personal y familiar como mala o muy mala) y son aún peores que las referidas al país en general, relación que no se daba hace mucho tiempo, según una encuesta de CADEM del 8 de agosto.El tema del pesimismo chileno no es nuevo. En mi libro La Montaña Rusa dedico varias páginas a este tema con relación a lo observado en el período 2019-2025, levantando varias hipótesis explicativas: antes de ello, un informe del Banco Interamericano de Desarrollo destacaba en 2008 a Chile como el país con la mayor brecha negativa entre percepciones de bienestar e indicadores materiales del mismo. Pero la discusión actual ha adquirido notoriedad porque se refiere a lo observado en los primeros cinco meses de un Gobierno elegido por amplia mayoría con la promesa de mejorar drásticamente la situación económica y de seguridad, dos de los planos en que las opiniones negativas hoy se concentran.Hay dos elementos de estos meses que dan pistas sobre las causas del desaliento y el pesimismo entre los chilenos. La primera se refiere al modo en que se enfrentó el incremento del alza de los precios internacionales de los combustibles a pocos días de asumida la nueva Administración. Como sabemos, el ministro de Hacienda, argumentando falta de recursos, resolvió anular el mecanismo de estabilización de precios de los combustibles (MEPCO), trasladando todo el shock de inmediato a los precios domésticos de los combustibles. El incremento de precios de entre un 30% y 60% que siguió, golpeó de inmediato los bolsillos de los consumidores, sus percepciones sobre la economía, las expectativas y el consumo privado, induciendo una caída de la demanda interna, la actividad, el empleo y el apoyo al Gobierno.El segundo elemento se desprende de una entrevista al presidente José Antonio Kast, en la que, preguntado respecto al pesimismo, este señala textualmente: “Yo entiendo que la esperanza cae, porque se empieza a hablar con la verdad y, por ejemplo, en algún momento se dijo que la pobreza bajó por el tema de los subsidios (…) El mismo Jorge Quiroz aclaró que había un error en la medición (…) y por lo tanto, esa buena noticia que se dio en algún minuto por las autoridades de que la pobreza había bajado y la forma en que se había bajado, duró una semana”. En otras palabras, el presidente da a entender que la pobreza en verdad no se redujo en Chile y que el pesimismo se justifica. Esto, a pesar de que los comentarios que cita se efectuaron respecto a la CASEN 2022 (no de 2024), que estos se refirieron a la estimación del nivel o incidencia de la pobreza y no su evolución en el tiempo, que la metodología de la encuesta se actualizó para la CASEN 2024, y que estos ajustes no alteran en nada la reducción de la pobreza en 2024 respecto de 2022, 2020 y 2017. O sea, el presidente justifica y alienta el pesimismo en base a una reconstrucción errada de la evolución de la encuesta CASEN.Estos episodios nos llevan de lleno a lo que, en mi opinión, es la principal fuente de pesimismo en Chile. Con gobiernos de cuatro años, con alternancia política, se ha ido exacerbando la tendencia de desechar lo realizado por el Gobierno precedente, a prometer cambios profundos en temas sentidos por la ciudadanía que luego no se perciben en la vida cotidiana o, como en el caso del alza de los combustibles, se experimentan en el sentido exactamente inverso.Este síndrome es especialmente notorio en la estrategia comunicacional del actual Gobierno con la expectativa de culpar al antecesor de todos los problemas, a pesar de que las encuestas demuestran que nunca ha llegado a convencer a la mayoría de la población y que la efectividad de su mensaje retrocede día a día. El Gobierno anterior también se enfrentó a este escenario, que el presidente Gabriel Boric trató de cambiar recordando que sus políticas se apoyaban en los logros de sus predecesores, pero donde, lamentablemente, el discurso y la acción política de los años previos pesó más en las percepciones de la ciudadanía.El mito de Sísifo, en que éste es condenado por los dioses a empujar una roca cuesta arriba de una montaña solo para verla rodar de vuelta al punto de partida y tener empezar otras veces, es una buena metáfora (ahora sí), para este síndrome político, en que el país se ve condenado a empezar de nuevo cada cuatro años. Tal ejercicio no solo es extenuante desde el punto de vista anímico, sino que termina por permear a la realidad, al inhibir decisiones de inversión, emprendimiento, creación y empleo, que el país tanto necesita para poder desarrollarse.
El pesimismo chileno y el mito de Sísifo
El presidente justifica y alienta el pesimismo en base a una reconstrucción errada de la evolución de la encuesta CASEN










