En las últimas semanas se han dado a conocer algunas cifras macroeconómicas que bien podrían ser motivo de optimismo. El Imacec (Índice Mensual de Actividad Económica) de junio se expandió un 2,4%, poniendo fin a una negativa racha de cinco meses con cifras rojas; el último IPC se situó en la parte baja de las expectativas y con esto la inflación se acerca a la meta de 3%; la inversión, medida como la Formación Bruta de Capital Fijo (FBCF), creció un 3,2% en el primer trimestre, mientras que la demanda interna lo hizo a razón de 2,1%. Los ingresos del Gobierno Central durante los primeros seis meses del año superaron los 39,5 billones de pesos, aumentando un 5,5%, mientras que el gasto corriente moderó su expansión. Como decía, todas cifras que fundamentarían una posición más optimista sobre el futuro.Sin embargo, el ánimo general marca un fuerte contraste, ya que la última medición del Índice de Percepción de la Economía (Ipec) nos muestra un fuerte deterioro, tanto a nivel personal como país. En julio, este indicador se situó en su nivel más bajo en dos años. La disociación entre las últimas señales económicas y las expectativas de los consumidores es evidente, y si bien esto puede ser multifactorial —influido, por ejemplo, por el mayor precio de los combustibles o, incluso, por los efectos de los últimos temporales— me atrevería a relevar un factor por sobre el resto de estos: el empleo.Desde hace más de una década, la tasa de desocupación en Chile viene mostrando una preocupante tendencia al alza. Mientras en 2013 teníamos una tasa que rondaba el 6%, hoy estamos en 9,4%, la más alta de los últimos 15 años, excluyendo el fenómeno que significó la pandemia. Si este fuera un indicador aislado o, incluso, una seguidilla de datos negativos, podríamos asumir que estamos frente a un problema puntual o de ciclo, pero da la impresión de que el problema es más bien estructural y requiere de cambios en las políticas públicas.La generación de empleo formal en una sociedad es la base para dotar de mayor certeza a las familias e individuos. La ausencia de una fuente de ingresos formal y estable, o incluso el temor fundado, producto de la realidad del entorno, a perder el trabajo, implica, inevitablemente, un deterioro anímico y de expectativas.La creación de empleo formal está directamente relacionada con la actividad económica, y un mayor crecimiento debiese ayudar a mejorar este indicador. Sin embargo, en los últimos años se han realizado modificaciones que no tienen un correlato con aumentos en la productividad ni en el crecimiento, como el incremento del salario mínimo o la reducción de la jornada laboral a 40 horas. Adicionalmente, más allá de su necesidad e importancia, el aumento de las cotizaciones que trajo la reforma de pensiones genera impactos que, agregados, significan alrededor de USD 4 mil millones de mayor costo laboral para la economía formal y crean una brecha cada vez mayor entre el empleo formal y el informal. Además de ser la mejor política social, el trabajo formal es una herramienta para reducir el déficit fiscal en el largo plazo, ya que permite disminuir el número de personas que requieren apoyo vía subsidios y aumenta el volumen de contribuyentes al sistema de pensiones y salud. Un dato para graficar el impacto económico del empleo formal: si en los próximos cuatro años se logran crear 400.000 nuevos empleos, esas personas, a la renta promedio en Chile, aportarán en IVA, contribuciones de salud y pensión alrededor de USD 1.400 millones anuales.Es indudable que el país requiere de un plan específico y contundente que ayude a que el mayor crecimiento que se pueda alcanzar con las medidas contempladas en el Plan de Reconstrucción Nacional, recientemente aprobado en el Congreso Nacional, se traduzca en más y mejores empleos.Para esto, se debiera avanzar en líneas de acción como permitir una mayor flexibilidad laboral en cuanto a horas y jornadas, adaptar las normas a los desafíos tecnológicos y demográficos del país -asumiendo especialmente el cambio que significa la inteligencia artificial para el mundo del trabajo-, acelerar el desarrollo de habilidades que respondan a la demanda de las empresas, y combatir la informalidad y los comercios ilegales.Devolver el optimismo sobre la situación personal y del país exige la preocupación y ocupación de todos quienes pueden aportar a su cumplimiento, para lo que potenciar la creación de puestos de trabajo formal es una condición basal. Las más de 980 mil personas desempleadas no pueden esperar más. *El autor de la columna es director de empresasNEWSLETTEROpiniónSábado, AMIdeas en tensión, miradas contrapuestas y un análisis claro: elementos para develar los temas que dividen opiniones y marcarán la agenda.Al suscribirte estás aceptando los Términos y Condiciones y las Políticas de Privacidad de La Tercera.
El impacto del desempleo en el ánimo del país - La Tercera
El impacto del desempleo en el ánimo del país
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