Habían transcurrido siete años desde la pérdida de las últimas colonias, la familia real guardaba luto por la muerte de la princesa de Asturias María de las Mercedes de Borbón y Austria, y España necesitaba una inyección de optimismo y confianza.El eclipse total de sol del 30 de agosto de 1905 pondría a prueba la capacidad de gestión de un país dispuesto a aplicar las tesis del regeneracionismo para sacudirse la melancolía noventayochista. Quijotes de la ciencia, los españoles debían renunciar al ombliguismo y europeizarse, considerando que dos tercios de la población eran aún analfabetos.¿Qué mejor que invitar a los grandes cerebros de la astronomía al eclipse total de sol? A finales de agosto de 1905, Burgos, entonces una ciudad de apenas treinta mil habitantes, dio la bienvenida a científicos de toda Europa, que instalaron sus mastodónticos instrumentos de observación para pasmo del pueblo.Allí estaba el francés George Rayet, director del Observatorio de Burdeos, con su anteojo ecuatorial y su espectroscopio de tres prismas; ahí la comisión alemana con su cámara fotográfica, capaz de tomar placas de cincuenta por sesenta centímetros; ahí los representantes de la British Astronomical Association, que montaron un telescopio repartido en nueve grandes bultos…Burgos a principios de siglo XXAMBU-FC-2602Sus anfitriones burgaleses los agasajaron con un lunch en la casa consistorial, el día 28, en el que se descorcharon sesenta botellas de champán francés y ochenta y cuatro de vino español, antes de ofrecerles una exhibición de danzantes, gigantones y gigantillos que hizo reír a todos.Treinta mil pesetas y un mimo invaluableNaturalmente, aquel despliegue no se improvisó de la noche a la mañana. Desde la primavera, el ayuntamiento había puesto toda la carne en el asador para quedar a la altura que le correspondía, tal como había prometido su alcalde, Lucas Saiz Sevilla.Un presupuesto inicial de treinta mil pesetas y la creación de una junta ejecutiva, presidida por el conde de Berberana Manuel Gil-Delgado y Pineda y dividida en tres comisiones –Propaganda, Festejos y Comisión de Recepción y Alojamientos– se ocuparon de engrasar la máquina.Pero ¿por qué en Burgos? Ciertamente, hubo otras expediciones en España, como la de Cistierna, en León, o la de Alhama de Aragón, en Zaragoza, atendida por la Comisión del Observatorio Lick, de California. Igualmente, las grandes ciudades sucumbieron al hechizo. En Madrid, por ejemplo, el público acudió a la Casa de Fieras para ver la reacción de los animales, constatando que “los gallos (…) dieron la señal de alarma o alerta con estridente ki-ki-ri-kí”, según contó La Vanguardia. El fenómeno fue parcial en Barcelona, por lo que el astrónomo Josep Comas Solà, director del Observatorio Fabra del Tibidabo, se desplazó con sus bártulos a Vinaròs (Castellón), que sí estaba en la franja de totalidad, con el fin de documentarlo.Sea como fuere, la ciudad del Arlanzón era perfecta para estos menesteres. Por una parte, estaba muy bien comunicada por el Ferrocarril del Norte. Por otra, la duración del eclipse –tres minutos y cuarenta y dos segundos– sería mayor que en otros puntos. Además, la provincia se había dotado de un sistema de telégrafos para divulgar prácticamente en directo su desarrollo.¡Llega el rey!Todos estaban ávidos de noticias y todos querían salir en la foto. El magnate William Randolph Hearst, el Ciudadano Kane de Orson Welles, reservó tres habitaciones en el modernista hotel París, en tanto que el pintor local (y universal) Marceliano Santa María inmortalizó el fenómeno en un grabado presente hoy en el Archivo Municipal de la ciudad.Los periódicos tranquilizaron a sus lectores sobre la cantidad y la calidad de los alojamientos, cuya oferta se completaría con la hospitalidad de los vecinos, y hasta la revista Touring Club Hispano-Portugués publicó un número extraordinario sobre el eclipse.Fueron mucho los ciudadanos que quisieron contemplar el fenómenoAMBU-FC-0857Los vips más sensacionales fueron el rey Alfonso XIII, su madre, doña María Cristina, y su hermana, la infanta María Teresa. El primero se desplazó en su propio automóvil desde La Granja (Segovia), y, pese a lo accidentado del viaje –el coche sufrió tres averías–, llegó a tiempo a la cita la tarde del 28 de agosto, con un guardapolvo impermeable y escafandra con anteojeras. A su vez, la exreina regente y su hija tomaron un tren en San Sebastián y arribaron a su destino un día después. Todos durmieron en el Palacio Provincial, o de la Diputación.A sus diecinueve años, el rey era todavía un soltero de oro, aunque por poco tiempo, ya que menos de un año más tarde contraería matrimonio con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg en la iglesia de San Jerónimo el Real. Un telegrama desde la villa ducal de Lerma, a unos cincuenta kilómetros de Burgos, anunció su inminente llegada, que fue celebrada con cohetes en el paseo del Espolón.Su agenda, bastante apretada, se abrió con la colocación de la primera piedra de un monumento al Cid en la plaza de Castilla, que no llegaría a fructificar (la actual escultura, en la plaza de Mio Cid, data de los años cincuenta). Además, visitó la catedral, el monasterio de Las Huelgas y la cartuja de Miraflores, antes de calarse unos anteojos de teatro –a falta de gafas homologadas con la normativa ISO– en el cerro del Castillo.Un globo, dos globos, tres globosLa jornada del 30 de agosto dejó muchas estampas en los archivos y en la memoria de la ciudad, pero quizá las más memorables fueran las de los globos aerostáticos, privilegiados miradores para apreciar el fenómeno con mayor seguridad que la del imprudente Ícaro.Tres de esos globos, llamados Júpiter, Marte y Urano, fueron ascendiendo hasta más de 4.000 metros de altura a partir de las 12:15, según lo dispuesto por el Observatorio de Madrid, el Servicio Militar de Aerostación y el Instituto Central Meteorológico.Los globos, preparados para el ascensoAMBU-FO-2655A sus mandos se encontraban algunas de las figuras más relevantes de la aviación española de la primera mitad del siglo XX: Emilio Herrera Linares –inventor de la escafandra– y Jesús Fernández Duro en el Marte; Alfredo Kindelán –cofundador del Servicio de Aviación en España, que, curiosamente, conoció allí a su esposa– y Augusto Arcimís en el Urano; y Pedro Vives –pionero de la aerostación y la aviación, con treinta ascensiones a sus espaldas–, junto con el astrónomo alemán Arthur Berson, en el Júpiter.La principal misión de estos era captar las “sombras volantes” que se generan antes y después del eclipse, pero solo Herrera y Fernández Duro se anotaron el tanto, tal como recordó el primero en su memoria Observación aerostática de las sombras volantes en el eclipse de sol del 30 de agosto de 1905: “Sobre nuestras manos extendidas, aparecían millares de rayas de sombra oscilante”.Un éxito sin igualCuando el sol y la luna volvieron a sus rutinas habituales, la fiesta siguió en Burgos con una representación de la obra Locura de amor por la compañía de María Guerrero. Al día siguiente, hubo un certamen de la Sociedad de Esgrima y una retreta militar.Todos, desde la familia real, los ministros presentes y las autoridades locales hasta los muchachos que habían asistido a la jarana, quedaron satisfechos. “Burgos ha hecho mucho por el buen nombre de España”, resumió la prensa.Así lo manifestó también el rey, que reconoció expresamente la labor del gobernador civil y el alcalde de Burgos, a quien no tardó en conceder la Gran Cruz de Isabel la Católica. Antes de partir, Alfonso donó mil pesetas a obras de caridad, mientras que la exregente, por deferencia al rango de su hijo, dio la mitad.El abogado y militar Luis Cortés Echanove, que en 1905 contaba catorce años de edad, seguía recordando en la década de los setenta, como si hubiera sido ayer, la ascensión del globo Júpiter, el recorrido en landó de la familia real, todavía de luto por la muerte de la princesa, y, sobre todo, “el increíble aspecto de las calles de Burgos, repletas con la mayor aglomeración de gente que jamás tuvieran”. En su evocación, “una mezcla de asombro y de tristeza invadía a todos los espectadores”, hasta que “todo quedó sumido en oscuridad completa” y “el sol llegó a convertirse en un disco negro como azabache”.Cartel de las fiestas que se celebraron en torno al eclipse en BurgosAMBU-00020C1FTras cinco días de festejos, el 1 de septiembre, la ciudad recobró por fin la calma, que volverá a extraviar muy pronto, el próximo 12 de agosto, con el eclipse que cruzará la península de oeste a este.Antes de esa fecha, Burgos y la villa ducal de Lerma se han dado el gusto de recrear la pompa y circunstancia de 1905 en unas jornadas que tuvieron lugar entre los pasados 5 y 7 de junio. Un trasunto del rey Alfonso XIII descendió entonces de un landó, desfiló por el paseo del Espolón y, por un momento, eclipsó al rey verdadero; aunque, a diferencia de su “modelo”, este no pernoctó en el Palacio de la Diputación.