Este verano, España vuelve a estar de luto. Seis mujeres asesinadas en 15 días. Nombres, edades, orígenes, pueblos y situaciones muy distintas, pero un elemento común: son mujeres asesinadas por hombres. Punto. Hombres que un día dijeron amarlas. Hombres que usan su privilegio de hombres para doblegar la voluntad de mujeres, con consecuencias brutales porque es violencia machista. Lo sabemos desde hace mucho. Cuando la violencia machista entra en la vida de las mujeres, es una bomba de racimo que destroza todo a su alrededor. Familias rotas, hijos e hijas huérfanos o marcados tras sufrir situaciones que un niño o niña nunca debería vivir. Vidas segadas por una violencia que sigue atravesando nuestra sociedad como una profunda herida abierta. La muerte de una agente de la Guardia Civil ha provocado una conmoción especial, tal vez porque encarna, en nuestro imaginario colectivo, la fuerza, la autoridad, la capacidad de proteger; pero ni siquiera eso la protegió de quien decidió que podía disponer de su vida. El relato de una existencia marcada por el odio y el deseo de dominación de su expareja es tan duro y tan real que tiene reflejo y enormes coincidencias con el de muchísimas de las más de 1.000 mujeres que anualmente atendemos en nuestros servicios de la Diputación de Bizkaia. La pregunta es inevitable: ¿Qué les pasa a algunos hombres? Remarco lo de algunos hombres. No es una pregunta cómoda, ni tampoco nueva. Pero cada asesinato machista nos obliga a formularla de nuevo porque resulta imposible comprender por qué, en una sociedad democrática, con leyes, recursos, campañas de sensibilización y décadas de lucha feminista y de educación sensible a la igualdad, sigue habiendo hombres que concluyen que matar es una respuesta posible al conflicto, a la ruptura, al rechazo o a la pérdida del control. Durante años hemos explicado que la violencia machista no nace de arrebatos individuales ni de patologías aisladas. No son locos ni monstruos. Hablamos de violencia estructural, de violencia que hunde sus raíces en una cultura que durante siglos otorgó a los hombres privilegios, autoridad y poder sobre las mujeres. Hombres que no respetan la autonomía de las mujeres para decidir sobre sus vidas y alejarse de quien les somete. Y es que las mujeres tienen el mismo derecho a tomar sus decisiones incluso aunque a ojos de ellos sea una equivocación. El mismo derecho de autodeterminación. Pero reconocer el carácter estructural del problema no puede servir para difuminar la responsabilidad individual. Los asesinos no son abstracciones sociológicas. Son hombres concretos con nombres y apellidos, hombres que toman decisiones y precisamente por eso resulta cada vez más difícil entender el silencio de tantos otros hombres. Las mujeres llevamos décadas movilizándonos. Hemos llenado calles, universidades, centros de trabajo, parlamentos y asociaciones denunciando la violencia. Hemos levantado recursos de atención, redes de apoyo, investigaciones y propuestas políticas. Hemos puesto cuerpo, voz y esfuerzo para que la sociedad entera comprenda la gravedad del problema. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde están los hombres? No hablo de los que condenan los asesinatos cuando se producen. No hablo de los que publican un mensaje de rechazo en redes sociales o guardan un minuto de silsilencio;blo de otra cosa. Hablo de hombres interpelando a otros hombres. Hombres preguntándose qué modelos de masculinidad están transmitiendo a sus hijos. Hombres corrigiendo a sus amigos cuando normalizan el control, los celos o el desprecio hacia las mujeres. Hombres cuestionando y rechazando esos discursos que presentan los avances en igualdad como una amenaza. Hombres organizándose activamente contra la violencia que nace dentro de su propio grupo de pertenencia. Porque ningún problema social se resuelve cuando quienes no lo generan asumen en exclusiva la tarea de combatirlo. Necesitamos mayor implicación de los hombres.Sería absurdo pedir a las víctimas de racismo que acabaran solas con el racismo. O a las víctimas del terrorismo. Sería injusto exigir a quienes sufren algún tipo de discriminación que cargaran en solitario con la responsabilidad de transformarla. Sin embargo, seguimos esperando que sean las mujeres quienes lideren casi en exclusiva la batalla contra la violencia que ejercen los hombres. Hay algo profundamente injusto en esa expectativa. Las mujeres no pueden seguir haciendo pedagogía para quienes no quieren escuchar. No pueden seguir explicando una y otra vez que la libertad de las mujeres, nuestra libertad, no constituye una provocación. No podemos seguir cargando solas con la tarea de desactivar una violencia que amenaza nuestras vidas.