Dice Madonna en su nuevo tema Danceteria que los B-52’s tenían “money to burn”, o sea, dinero para quemar, aunque no está claro a qué se refiere. Puede que aluda, irónicamente, a Legal Tender (1983), el tema en el que el grupo fantaseaba con imprimir dinero falso, pero lo cierto es que los B-52’s nunca se caracterizaron por la opulencia. Al contrario: sus pelucas imposibles, la ropa de segunda mano y los colores chillones demostraban que podían construir una identidad inconfundible a partir de lo más barato. Madonna y los B-52’s, en cualquier caso, sí compartieron escenario simbólico: la mítica Danceteria de Nueva York. Cuando Madonna aún trabajaba allí como guardarropa y ascensorista, los B-52’s ya eran una presencia habitual. Más que una simple discoteca, Danceteria fue uno de los grandes puntos de encuentro de la cultura queer neoyorquina, donde convivían músicos, artistas, diseñadores, drag queens, grafiteros y bailarines de breakdance. Que Madonna los evoque precisamente en una canción dedicada a aquel club no parece casual: los B-52’s fueron una de las bandas que mejor encarnaron ese cruce entre arte, fiesta y sensibilidad queer. Pero ¿qué convirtió exactamente a los B-52’s en un icono queer? No bastan las respuestas más evidentes. El grupo contaba con dos miembros gais, Fred Schneider y Ricky Wilson, y una integrante bisexual, Kate Pierson. Cindy Wilson, hermana de Ricky, era minoría heterosexual. Sin embargo, la importancia de los B-52’s trasciende la representación. Los B-52’s rara vez escribieron canciones sobre salir del armario, sobre homosexualidad o sobre discriminación. Lo queer, en los B-52’s, no era un tema sobre el que escribir ni protestar, sino un aspecto intrínseco de su propuesta artística, un lenguaje. Y también una forma de entender la música, la estética y la celebración.Formados en 1976 tras una improvisada jam session después de una cena en un restaurante chino de Athens (Georgia), en la que compartieron varios Flaming Volcano, unos llamativos cócteles tiki servidos en llamas, los B-52’s reunían a Fred Schneider, Kate Pierson, Cindy Wilson, Ricky Wilson y Keith Strickland. Desde el principio, el grupo desafió las convenciones del rock con una mezcla irrepetible de surf, garage, new wave, humor absurdo, ciencia ficción de serie B y armonías vocales heredadas de los girl groups de los sesenta. Dos de sus miembros, Schneider y Ricky Wilson, eran abiertamente gais, mientras que Pierson, que se ha definido como bisexual, estuvo casada con un hombre antes de contraer matrimonio con su actual esposa, Monica Coleman.No hacía falta que cantaran sobre ser gais. Su manera de cantar, mezclar géneros y construir personajes escapaba de cualquier molde reconocible. Los B-52’s no hacían música protesta, sino música que daba por sentada la libertad de ser. Su primer éxito, Rock Lobster, condensaba buena parte de esa filosofía: una canción sin un estribillo reconocible, construida sobre un riff surf hipnótico, una estructura imprevisible y una sucesión de gritos, jadeos e imitaciones de animales marinos inspiradas en Yoko Ono. Mientras Fred Schneider declamaba más que cantaba, Kate Pierson y Cindy Wilson respondían con armonías luminosas y pop. El resultado era tan extraño como irresistible.Desde sus primeras actuaciones, los B-52’s parecían llegados de otro planeta. Su paso por Saturday Night Live en 1980, con Fred Schneider dramatizando la voz mientras Kate Pierson y Cindy Wilson lucían sus descomunales peinados beehive y una estética artificiosa, debió de resultar desconcertante para buena parte del público estadounidense. Como señala The Advocate, no era raro que, en sus primeros conciertos, Kate y Cindy fueran confundidas con drag queens, una muestra más de hasta qué punto la feminidad que representaban era deliberadamente exagerada, performativa y camp. Sus canciones tampoco describían el mundo cotidiano, sino uno habitado por personajes excéntricos, fiestas interminables y futuros improbables. Aquella combinación de estética, música e imaginación convertía la diferencia en motivo de celebración, como si los B-52’s ya vivieran en un mundo donde las normas hubieran dejado de existir.Esa libertad también se trasladaba a la propia arquitectura de las canciones. En los B-52’s no existía un cantante principal acompañado por unos coros. Fred Schneider, Kate Pierson y Cindy Wilson se interrumpían, se respondían, gritaban, armonizaban o parecían mantener conversaciones absurdas en mitad de una canción. Más que competir por ocupar el centro del escenario, las tres voces construían un pequeño universo colectivo donde cada personaje tenía el mismo peso. Delirios pop como Planet Claire o Private Idaho podían sonar extravagantes, pero nunca burlones. Durante tres o cuatro minutos, los B-52’s parecían invitar al oyente a entrar en ese universo compartido, donde bailar, disfrazarse o sentirse diferente no requería ninguna explicación. Pero fuera de las canciones, la realidad era muy distinta. El grupo no surgió en el Nueva York del Studio 54 ni en el San Francisco de Harvey Milk, sino en Athens, una pequeña ciudad universitaria del estado de Georgia donde, todavía en los años setenta, las relaciones homosexuales seguían penalizadas por la ley. Aunque Kate Pierson ha recordado que, a mediados de los setenta, ella y sus compañeros sentían que podían mostrarse públicamente tal y como eran, aquella atmósfera de libertad convivía con un entorno aún hostil.Apenas cuatro años antes de la formación de los B-52’s, la Universidad de Georgia había intentado impedir que el Committee on Gay Education organizara el primer baile abierto a la comunidad LGTB del campus. Solo una orden judicial permitió que la fiesta acabara celebrándose. Aquella noche actuó la legendaria drag queen de Atlanta Diamond Lil, prueba de que empezaba a emerger una escena queer incluso en un estado donde las relaciones homosexuales seguían castigadas por la ley. Aquella batalla no transformó de la noche a la mañana el estado de Georgia, pero sí revela que, cuando los B-52’s empezaban a ensayar en Athens, la ciudad estaba convirtiéndose poco a poco en uno de los escasos espacios del sur estadounidense donde comenzaba a tejerse una auténtica infraestructura cultural queer, un espacio de resistencia frente a un entorno profundamente conservador.Ese contexto ayuda a entender por qué los B-52’s nunca sintieron la necesidad de justificar su extravagancia. Su música convertía el futurismo, el surrealismo y el kitsch en la materia prima de un mundo alternativo donde lo normal era ser raro. Su fascinación por imaginar otros mundos encontró una nueva forma en Whammy! (1983), el primer disco del grupo construido en torno a los sintetizadores. Song for a Future Generation resumía bien su sentido del humor: cada miembro se presentaba a los oyentes del mañana mientras la canción mezclaba referencias a Star Trek, Drácula o Frankenstein con juegos de identidades (“mother-father”, “daughter-son”, “king and empress”). Incluso el futuro sonaba, en los B-52’s, como una fiesta absurda donde todo el mundo tenía cabida.Una utopía, sin embargo, interrumpida de forma abrupta. En octubre de 1985 Ricky Wilson falleció a los 32 años por complicaciones derivadas del sida. Su enfermedad solo era conocida por sus familiares y sus compañeros de grupo. Los B-52’s se encontraban trabajando en el que acabaría siendo Bouncing Off the Satellites (1986), un disco marcado inevitablemente por su ausencia y que la banda decidió no presentar en directo. Aunque ha quedado eclipsado por los éxitos de los años anteriores y por el fenómeno posterior de Cosmic Thing (1989), contiene joyas como Summer of Love, otra de esas celebraciones hedonistas en las que el baile parecía imponerse, una vez más, a la adversidad.Aquella adversidad hacía pensar que los B-52’s difícilmente volverían a grabar otro disco. Tras la muerte de Ricky Wilson, el grupo se tomó un largo descanso y llegó a plantearse si tenía sentido continuar. Con el tiempo, decidieron volver a reunirse sin un objetivo concreto, simplemente para improvisar y comprobar si seguían disfrutando de hacer música juntos. Era, al fin y al cabo, el mismo método con el que habían nacido los B-52’s. Poco podían imaginar que aquellas improvisaciones acabarían dando forma al disco más exitoso de su carrera y al que los convertiría, por fin, en estrellas internacionales. Cosmic Thing, producido a cuatro manos por Don Was y Nile Rodgers –aunque su notable cohesión apenas lo delata–, conserva intacta la personalidad del grupo, pero la traslada a un sonido más nítido y abiertamente pop, muy en sintonía con el final de los ochenta y el comienzo de la década siguiente. Un disco sombrío nunca habría encajado con los B-52’s. Después del duelo, respondieron con un álbum rebosante de alegría. Pocas veces un álbum nacido de una pérdida ha sonado tan luminoso. Cosmic Thing es, probablemente, uno de los discos más felices de la historia del pop. Pero su felicidad nunca resulta ingenua. Love Shack vuelve a imaginar un lugar donde cualquiera es bienvenido; Roam celebra el movimiento y la curiosidad; y Deadbeat Club, una de las canciones más autobiográficas de su repertorio, mira con cariño a la pandilla de amigos que se reunía a improvisar en Athens mucho antes de que existieran los B-52’s. Más que un ejercicio de nostalgia, el disco demuestra que celebrar también puede ser una forma de supervivencia.Quizá por eso los B-52’s siguen siendo un icono queer. Nunca hicieron grandes declaraciones sobre su identidad. Simplemente construyeron, disco tras disco, un lugar donde la diferencia cabía con absoluta naturalidad. Cuando les preguntaron por ello, Fred Schneider respondió con naturalidad que nunca habían hablado del tema porque nadie se lo había preguntado. Los B-52’s nunca volvieron a alcanzar el impacto comercial de Cosmic Thing, pero tampoco abandonaron la filosofía que siempre había definido al grupo. Good Stuff (1992) y Funplex (2008) siguieron defendiendo un pop festivo que respondía a la adversidad con baile, humor y color. En Breezin, uno de los grandes tesoros ocultos de Good Stuff, cantan: “Da y deja vivir / Ama y déjate querer / Estamos creando una energía positiva / Dejemos que el amor llegue a lo más alto”. Más adelante añaden: “Tenemos que unirnos / No llegaremos al lado bueno sin la ayuda de los demás”. Después de todo lo vivido, los B-52’s seguían imaginando la felicidad como algo que se construye entre todos.
Nunca lo ocultaron pero nunca cantaron sobre ello: cómo The B-52’s llevaron la reivindicación LGTB al pop masivo
El grupo cumple 50 años convertido en un símbolo por su mezcla inaudita de ‘new wave’ y celebración de lo camp y lo diferente y, además, mencionado por Madonna en ‘Danceteria’








