A principios de a�o, el abogado Antonio S�nchez Marquet se dirigi� a la Secci�n Segunda de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional para pedir que revocara el internamiento terap�utico cautelar en r�gimen cerrado de su cliente: un muchacho de 15 a�os al que la Fiscal�a investigaba por un presunto delito de autoadoctrinamiento terrorista. El Ministerio P�blico no ten�a la menor duda de que el imputado consum�a, editaba y difund�a propaganda del Daesh, buscaba manuales para fabricar explosivos, glorificaba atentados e intentaba contactar con miembros del Estado Isl�mico.La defensa no neg� los hechos pero subray� que eso no implicaba que hubiera cometido acciones delictivas. Literalmente, S�nchez Marquet describ�a las afirmaciones del menor como "las fantasmadas adolescentes de alguien que sufre un problema psiqui�trico" y "siente fascinaci�n por los asesinatos y por la violencia en general, lo que a su vez implica una patolog�a extra�a".Era, visto as�, un pobre chiquillo con problemas mentales que hab�a convertido el asesinato en una obsesi�n, igual que otros pasan las tardes viendo v�deos de parkour.Pero la Audiencia Nacional no le compr� la tesis al abogado. Para los magistrados, el adolescente no era un curioso ocasional que se asomaba al horror desde la pantalla de su m�vil. Hab�a sido detectado ya con trece a�os en los mismos ecosistemas y, dos a�os despu�s, segu�a administrando cuentas desde las que consum�a y repart�a esa inquietante propaganda t�xica.El menor no s�lo buscaba la manera de unirse al Estado Isl�mico. Tambi�n dec�a pertenecer a la red 764, que es una comunidad nacida en los s�tanos de internet donde el prestigio se mide por la capacidad de humillar, manipular o destruir a otros adolescentes.En uno de sus mensajes propon�a pasar a la acci�n y escribi�: "Ser�amos los m�s vergas si lo hici�semos". Su universo mental parec�a una estanter�a cochambrosa donde conviv�an sin orden ni concierto el yihadismo, el neonazismo y la fascinaci�n por las matanzas. No hab�a en la cabeza de ese chico una ideolog�a s�lida, sino una identidad completamente rota, una jaula de grillos furiosos conectados por la hiperviolencia.Dibujos relacionados con la red 764 en el cuaderno de un detenido en Espa�a.Redes Sociales / Guardia Civil�En verdad son peligrosos los menores que desde hace un par de a�os invocan en Espa�a el nombre de la Red 764? Digamos que la polic�a espa�ola se lo est� tomando muy en serio.El pasado 2 de agosto, se dio a conocer el caso de otro menor guipuzcoano, de 17 a�os, que llevaba meses dejando mensajes violentos en internet como quien marca con tiza las puertas de sus futuras v�ctimas. Entre enero y abril anunci� tiroteos contra colegios, ayuntamientos, bibliotecas, asociaciones, organismos p�blicos y centros de ocio.La detenci�n se produjo, en realidad, el 16 de julio, cuando la Guardia Civil, los Mossos d'Esquadra y la Ertzaintza registraron dos inmuebles vinculados al adolescente. Interior lo present� despu�s como el "principal referente en Espa�a" de 764. Nuevamente, el episodio llevaba a preguntarse si el menor era en verdad un terrorista en ciernes o un pobre diablo con la cabeza desmochada (o una mezcla de ambas cosas).M�s a�n: �qu� significa realmente "pertenecer" a 764? Porque, a diferencia de ETA, Al Qaeda o el propio Daesh, nadie rellena un formulario de ingreso, nadie recibe un carn� y nadie jura obediencia a un jefe. 764 se parece menos a una organizaci�n que a un virus. No ocupa un territorio: coloniza imaginarios.Los agentes le atribuyen campa�as de "doxing" —obtenci�n y difusi�n de datos personales— y "swatting" —avisos falsos de emergencias graves— contra al menos dos personas, una en Euskadi y otra en Catalu�a, y sostienen que participaba en chats donde menores vulnerables eran empujados hacia humillaciones extremas.Simbolog�a relacionada a la red 764Redes Sociales / Guardia CivilNo se inform� del hallazgo de armas, explosivos ni preparativos materiales para una matanza. Pero �se es precisamente el escenario que inquieta a los especialistas que siguen a 764 y The Com: que uno de estos adolescentes consiga un arma y ese c�ctel de perturbaci�n ps�quica y nihilismo desemboque en algo parecido a Southport.Antes del caso guipuzcoano y del expediente de la Audiencia Nacional, la marca 764 ya hab�a aparecido otras dos veces en Espa�a.Concretamente, el 27 de noviembre de 2025, en el campus de Tafira de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, un correo firmado por un supuesto integrante de la red anunci� una matanza y oblig� a desalojar preventivamente dos facultades. Hasta donde se sabe, todo lo que hab�a era un buz�n de correo electr�nico, un individuo necesitado de ayuda terap�utica y una firma internacional utilizada para infundir miedo. Jam�s fue identificado.Ese mismo a�o, el 27 de febrero de 2025, un joven de 23 a�os provoc� la suspensi�n de las clases en 27 centros educativos de Chiva, Cheste, Bu�ol, Y�tova, Tur�s y Siete Aguas enviando un correo en el que promet�a matar �a tantas personas como fuera posible�. Tambi�n dec�a pertenecer a 764.La Guardia Civil lo detuvo en un centro de atenci�n psicol�gica de Paterna. Dos d�as m�s tarde, despu�s de que fuera examinado por un m�dico forense, un juez orden� su ingreso en una unidad psiqui�trica hospitalaria.En suma, cuatro casos conocidos, mucha violencia verbal, mucho desequilibrio mental y ninguna estructura espa�ola plenamente iluminada, lo que no significa que 764 sea una extravagancia. La red fue creada en 2021 por Bradley Chance Cadenhead, un adolescente de Stephenville, Texas, que tom� el nombre de los tres primeros n�meros del c�digo postal de su ciudad. Cadenhead acab� condenado a 80 a�os de prisi�n, pero para entonces hab�a construido una gram�tica del sadismo que cualquier usuario pod�a copiar sin pedir permiso a nadie.764 funciona como una franquicia sin sede central. Sus miembros y admiradores buscan a menores vulnerables en redes sociales, plataformas de videojuegos y aplicaciones de mensajer�a. Se aproximan con el lenguaje de la amistad, consiguen una imagen �ntima o una confesi�n comprometedora y cierran la trampa. A partir de ah� comienza el descenso: fotograf�as sexuales, autolesiones, nombres grabados en la piel, animales torturados, humillaciones retransmitidas y amenazas contra familiares.