Un poemario cada tantos años. Falso politólogo. Periodismo todos los días. Natación, casi a diario. Doctor por la UNMSM. Caballero...
Este año el poeta beatnik estadounidense Allen Ginsberg hubiera cumplido un siglo. Ahora que tantos viven hasta el siglo o lo superan, hubiera sido espléndido tener a la mano en Lima al poeta de 'Aullido', 'América', o 'Sandwiches de realidad'. Lo imagino ideal para discutir con Donald Trump desde su distancia, y ganar las discusiones.
Su paso por el Perú en 1960 fue un empujón de modernidad y afecto. La modernidad llegó con sus obras, rápidamente traducidas y publicadas aquí. El afecto fue para Martín Adán, en quien entonces Ginsberg reconoció a un colega de igual nivel y drama, y al que dedicó tres poemas perdurables (traducidos por Antonio Cisneros para la revista 'Amaru' N.° 7).
Se habían conocido en el café Cordano, frente a Desamparados, en los bajos del Hotel Comercio, donde los presentó Jorge Capriata. En su crónica de 'Hueso húmero' N.° 32 Capriata describe un encuentro complicado, pero el mutuo recuerdo poético de ambos es entusiasta; más el de Ginsberg que el de Adán, que se limita a hacer alusiones que son reconocimientos.
Los títulos de los tres poemas son elocuentes: 'A un viejo poeta en el Perú', 'Muere en su soledad con grandeza', 'La inteligencia deslumbrante'. Con ellos el cosmopolita Ginsberg nos dejó su recuerdo. Hasta su muerte en 1997 lo seguimos desde aquí en su trayectoria de poeta nacional de la oposición radical gringa.






