“Seguramente les sorprenda verlo y digan: ¡Hala, viene del Prado! ¡De Madrid! —afirma el camarero de uno de los tres bares del pueblo sobre sus vecinos— ¡La gran ciudad!”. A cien metros yace el cuerpo del delito: Las hilanderas de Velázquez reposa sobre una de las fachadas que angostan la calle América en Villardeciervos, Zamora. Esta anomalía escenográfica, que conecta el callejón de un pueblo con el centro de la capital, surge de la propuesta del Museo del Prado de trasladar quince réplicas de cuadros a trece localidades de las comarcas de Sanabria y La Carballeda, para “acercar el arte a un territorio de incalculable valor ambiental”. Porque aquí, las salas de exposición hablan por sí solas. De la meseta castellana a los montes de Galicia, Sanabria se difumina como una acuarela, desde el amarillo del trigo hasta el verde del abedul. Sobre un lecho de roble y castaño reposan pueblos y aldeas como ornamentos de pizarra, conectados por carreteras comarcales, costillas de la autovía de las Rías Baixas. Corona el territorio un zafiro azul oscuro. El lago de Sanabria alberga leyendas en sus profundidades y bañistas en sus orillas. Un gato camina bajo 'Las hilanderas' de Velázquez en Villardeciervos (Zamora). (D.R.S.) El objetivo, según indica el Museo, de la propuesta titulada 'En un lugar que renace', es “devolver la mirada a unos paisajes naturales que, aunque el año pasado se vieron afectados por los incendios, conservan su inconfundible belleza”. La mirada, sin embargo, con la que los sanabreses miran al paisaje, es de preocupación. Frente a El sueño de Jacob de José de Ribera, en San Martín de Castañeda —donde Unamuno ideó su nivola, San Manuel Bueno, mártir—, dos vecinas no consiguen enhebrar tres palabras seguidas al preguntarles por el fuego. Niegan con la cabeza, justifican ese temor señalando el paisaje. El cuadro es testimonial, el recuerdo de humo sobre cielo aún persiste. Hace un año, las llamas arrasaron 20.000 hectáreas de terreno entre el Parque Natural del Lago y las sierras de Segundera y Porto. Ningún pueblo fue presa de la tragedia, pero las cicatrices negras que persisten en la naturaleza son un lienzo en blanco para el mal augurio. Los sanabreses defienden el territorio con mirada orgullosa y escasos medios. En Galende, otro pueblo a orillas del río Tera, el Autorretrato de Alberto Durero es casi uno más. Desde hace años, Conchi llena las fachadas y esquinas con pequeñas obras de arte. “Tengo una hermana que es una artista”, cuenta a las puertas de su casa. En pequeños trozos de pizarra erigidos con piedras o colgados en ventanas, Conchi dibuja animales y paisajes con citas célebres al pie. Durero es una vaga competencia, una justificación de los vecinos para situar a Conchi a la altura de las grandes escuelas clásicas. Otra vez esa mirada. 'La anunciación' de Fran Angélico en Hermisende (Zamora). (D.R.S.) A la otra punta de la comarca —a cinco kilómetros de Portugal y otros pocos de Galicia—, en Hermisende, La Anunciación de Fra Angelico reposa sobre otra fachada de piedra. “Sí, ha venido algún turista más preguntando por el cuadro”, afirma el dueño del bar mientras se distrae con la televisión. La presencia de 15 cuadros del Museo del Prado en Sanabria no ha alterado el carácter de sus vecinos. Quizás sea un síntoma del éxito de la campaña; arte y paisaje juegan un pulso por la perpetuidad que, en realidad, es un fraternal apretón de manos. La rendición de Breda, de Velázquez, sobre el polideportivo de El Puente de Sanabria o Venus y Adonis, de Veronés, en el ayuntamiento de Mombuey, ya forman parte, aunque sea de manera efímera, de ese escenario. El verdadero protagonista sigue siendo el territorio. Sanabria es hija y madre del éxodo. Las pequeñas producciones ganaderas y las laderas cultivadas alimentaron durante siglos una comarca cada día más dependiente del turismo. La población se multiplica en verano y convive con aquellos que tratan de que exista durante todo el año. Aunque la inclinación hacia el sector servicios es inevitable, Sanabria mantiene la impronta de un lugar donde la tierra aún ofrece sustento, y preservarla se convierte en una cuestión vital. Dos turistas observan 'El caballero de la mano en el pecho' de El Greco en Puebla de Sanabria (Zamora). (D.R.S.) En Puebla de Sanabria, capital, una pareja de turistas madrileños conversa frente a El caballero de la mano en el pecho de El Greco. Destacan el silencio, la lentitud en el ritmo. “Acuérdate de cuando lo vimos en el propio museo —le recuerda ella—, era imposible. Y hoy, que es también sábado, aquí, sin ningún problema”. Él afirma con la cabeza y se gira para vislumbrar la iglesia de Santa María del Azogue en lo alto del pueblo. Detrás de ella, el castillo. Puebla de Sanabria se erige en un promontorio desde donde vigila la comarca, una capital medieval custodiada por un castillo construido a finales del siglo XV y cuya silueta, junto a la torre de la iglesia y la muralla, se refleja en el cauce del río Tera. Desde la otra orilla, se puede disfrutar de este cuadro perenne de roca sobre agua. Por la calle de subida principal, donde los viernes se apostillan los puestos del mercado, se aparece, imponente, Carlos V a caballo en la batalla de Mühlberg, de Tiziano. La obra, de descomunales proporciones, deja al primero de los Austrias a apenas unos metros del castillo donde se alojaron sus padres Felipe (el Hermoso) y Juana (la Loca). Felices coincidencias que ofrece el arte allí donde no se le espera. En 2025, el Prado recibió más de 3,5 millones de visitantes. Según el último censo, las comarcas de Sanabria y La Carballeda albergan algo más de 8.000 vecinos. El museo expone 4.900 cuadros y las comarcas suman alrededor de 130 localidades, entre pueblos y pedanías. Las cifras también suman peso en este juego de contrastes, como ver La maja vestida de Goya en la fachada de granito del Ayuntamiento de Asturianos —y consultorio médico—, o Santa Isabel de Portugal, de Zurbarán, en Otero. En septiembre los cuadros volverán al museo y los bañistas a su rutina. Las vacas bajarán de la sierra, Conchi seguirá pintando tejas de pizarra y volverá también el frío, incluso la nieve. En líneas generales, nada causará una gran sensación y, quizás, ese sea otro síntoma de éxito. “Seguramente les sorprenda verlo y digan: ¡Hala, viene del Prado! ¡De Madrid! —afirma el camarero de uno de los tres bares del pueblo sobre sus vecinos— ¡La gran ciudad!”. A cien metros yace el cuerpo del delito: Las hilanderas de Velázquez reposa sobre una de las fachadas que angostan la calle América en Villardeciervos, Zamora. Esta anomalía escenográfica, que conecta el callejón de un pueblo con el centro de la capital, surge de la propuesta del Museo del Prado de trasladar quince réplicas de cuadros a trece localidades de las comarcas de Sanabria y La Carballeda, para “acercar el arte a un territorio de incalculable valor ambiental”. Porque aquí, las salas de exposición hablan por sí solas.