Cada vez que alguien arrancaba los pequeños ceibos que había sembrado frente a su vivienda, él regresaba con una pala y los volvía a colocar en el mismo lugar.Las calles todavía eran de tierra y los árboles apenas alcanzaban cerca de un metro de altura. Nadie imaginaba que décadas después esos mismos ejemplares llamarían la atención de vecinos, visitantes y hasta de quienes se detienen unos minutos para buscar una curiosa silueta dibujada en uno de sus troncos.El legado de Luis Clementino GirónWashington Girón recuerda esa historia porque quien sembró aquellos árboles fue su abuelo, Luis Clementino Girón, quien fue jardinero del Municipio de Guayaquil. Han pasado más de 75 años desde entonces y dos de esos ceibos continúan de pie en la intersección de las calles Guaranda y San Martín, en el centro sur de la ciudad.Publicidad“Eso es lo bonito, el legado que él dejó. Nosotros nos iremos algún día y ellos seguirán aquí”, dice mientras observa las ramas que cubren buena parte de la calle.Cuenta que su abuelo, ya fallecido, plantó originalmente tres árboles. Uno terminó siendo retirado cuando comenzó a inclinarse hacia la calzada, pero los dos restantes permanecen donde su abuelo decidió sembrarlos hace varias décadas.Según recuerda, los vecinos de aquella época caminaban sobre ellos o los dañaban cuando todavía eran pequeños. Su abuelo insistía en recuperarlos una y otra vez hasta que lograron crecer.PublicidadPublicidad“Él era jardinero y le gustaba sembrar árboles, los respetaba. Los volvía a poner porque la gente los dañaba cuando eran pequeños. Ya cuando crecieron nadie pudo moverlos”, recuerda.Un refugio verde en medio del barrioCon el paso de los años, aquellos ceibos comenzaron a formar parte de la vida cotidiana del sector. Bajo su sombra jugaron varias generaciones de niños, descansaron vecinos durante las tardes y encontraron refugio distintas especies de aves que todavía llegan cada mañana.Wimper Banchén, de 51 años, los observa desde hace aproximadamente 25 años, cuando llegó desde la provincia de Los Ríos para establecerse en el barrio.“Yo vengo del campo y los árboles me encantan. En la mañana uno escucha los pájaros, ve los loros y eso me recuerda de dónde vengo”, comenta.Recuerda que durante varios años las ramas servían para proteger del sol a quienes jugaban fútbol en la calle o se reunían a conversar después del trabajo.“Aquí jugábamos pelota bajo la sombra. Era bonito sentarse un rato cuando hacía calor”, dice.PublicidadRecuerdos de infancia y una silueta misteriosaLos árboles tampoco pasan desapercibidos para quienes crecieron en el sector. Cecilia Ponce, de 37 años, asegura que buena parte de su infancia transcurrió alrededor de esos ceibos. Sus abuelos todavía viven frente a ellos y cada visita termina despertando los mismos recuerdos.“Para mí representan tradición. Primero por mis abuelos, luego por mis padres y ahora por mí. Jugábamos aquí con mis hermanos y con los vecinos”, cuenta.Entre esos recuerdos hay uno que todavía la hace sonreír. Cuando era niña, los adultos del barrio le decían que observara con atención el tronco del ceibo ubicado junto a la avenida principal.Ella obedecía y encontraba una figura que, según asegura, parecía dibujar unos ojos, una nariz y una boca. “Yo veía esa cara y me ponía a llorar del susto. Ya de grande le agarré cariño y quisiera que nunca lo corten”, dice mientras señala la figura que todavía alcanza a distinguirse en la corteza.Washington explica que, además de la sombra, los árboles producen la conocida lana de ceibo. Sin embargo, comenta que actualmente resulta poco frecuente verla porque varias aves consumen las semillas antes de que el fruto complete su ciclo.Aun así, asegura que cada temporada observa cómo loros y otras especies llegan a alimentarse en las ramas.“Antes alcanzábamos a recoger la lana. Ahora las aves se comen las semillas antes de que caigan”, explica.Protección como patrimonio de GuayaquilLos dos ejemplares forman parte del arbolado patrimonial de Guayaquil, una categoría que contempla protección para determinadas especies debido a su valor ambiental e histórico. La normativa municipal establece sanciones económicas para quienes afecten estos árboles sin la autorización técnica correspondiente.Washington considera que ese cuidado resulta necesario, aunque cree que los árboles necesitan una poda técnica que permita orientar mejor el crecimiento de sus ramas.Mientras tanto, cada mañana vuelve a encontrarlos en el mismo lugar donde su abuelo los sembró hace más de siete décadas. Para él, los ceibos ya dejaron de ser únicamente árboles.Son el recuerdo permanente de una persona que encontró en la tierra una manera de permanecer en el barrio mucho tiempo después. (I)