Durante más de un mes, Nuria Victoria Escalera, de 50 años, no tuvo agua corriente en su comunidad de Piñones, un barrio costero de Loíza, Puerto Rico, a unos 15 minutos del aeropuerto de San Juan, conocido por sus buñuelos, sus playas de color turquesa y la danza afropuertorriqueña, la bomba. Escalera se abastece de agua en cuanto llega a su puerta. Algunos días, son los camiones cisterna del municipio; otras, son paquetes de agua embotellada del gobierno local. Según ella, el comedor social no puede garantizar el suministro de agua para quienes lo necesitan. El campamento de verano comunitario depende de donaciones a fin de comprar agua para los asistentes. Algunos comerciantes han pagado sus propios camiones cisterna para ayudar a sus vecinos.

Cuando por fin llega el agua a los grifos de la región, la presión es demasiado baja como para que salga más que un chorrito. Los residentes se han visto obligados a elegir entre lavar los platos, ducharse o llenar baldes para tirar de la cadena del inodoro. Durante el último año, la región de San Juan, afectada por los cortes de agua y con casi un millón de habitantes, ha sufrido interrupciones en el suministro y problemas de baja presión. En junio, más de 120 mil usuarios de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados de Puerto Rico (Prasa) se quedaron sin agua tras detectarse tres importantes rupturas en una tubería crítica. Las autoridades gubernamentales atribuyen los problemas a años de mantenimiento deficiente y a la antigüedad de la infraestructura.